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lunes, 8 de agosto de 2016

El no-saber no ocupa lugar en los tejidos

            Inyectas en la particularidad de la mugre que crece en este tejido del submundo, crecemos como anatemas anti-reproductivos, condenados a una inevitable reproducción mística. No hemos elegido, sólo hemos aparecido inyectas y conscientes, vivos e inmóviles, y con la apática sentimentalidad, rasgo fundamental de nuestra especie.
           
<<Ha sido la inyección>>, dijo Ocb en un tiempo, <<la información de nuestra constitución no dejaba elección: sólo egoísmo y narcisismo y terror>>.
            Los sonidos de Ocb apartaron a tods del letargo meditativo, y alguien le preguntó (he olvidado quién) a qué se refería con el terror. Lo cierto es que yo tampoco había comprendido el concepto. “Terror” era un simple sonido, monemas unidos para una pronunciación fonética carente de significado. Era como decir hoezthiahtoa o parto, sexo o yxao, maternidad o thzlñka, romanticismo o paternidad.  Por lo que a mí respectaba esos sonidos podrían no significar nada o significar un todo. Sólo eran sonidos vacíos, no como la mugre creciente.
 Pero Ocb había hecho uso de la pronunciación mística, que implicaba toda la intención de nuestra apática sentimentalidad, y tods nos sobrecogimos ante su voz como si fuese la letanía. Ocb nos premió con el adusto silencio penal, sumiéndonos en la más profunda (y perenne) de las reflexiones sin respuestas.

            Tiempo pasó, apenas detenido en la estación de nuestra temporalidad. Hubimos de esperar hasta que la mugre creciente estuvo a punto de concluir su magnánima estructura entre los tejidos del submundo, creando el espacio para la continuidad de nuestra especie, y sólo entonces comenzamos a comprender (excepto Ocb, que parecía haberlo sabido siempre, y siempre nos había recordado que su talento era una falla de su inyección).
            Sin previo aviso la mugre creciente de nuestro tejido comenzó a resquebrajarse y a henchirse de un hedor denso (que podría ser lo que hoy reconozco como sudor), una especie de fragancia tóxica que penetraba sin pausa entre las grietas crecientes y, cada vez más, profundas. Pronto invadió todos los tejidos y se asentó entre la mugre creciente, y cuando pensamos que podríamos vivir con ello, comenzó a fecundarnos para una reproducción más imprevista que indeseada, sin misticismos ni gloria, y expulsándonos a la inmensidad que se encontraba más allá de los tejidos, y más allá del submundo.
           
<<Terror>>, dijo Ocb, <<sapiencia de que Tods somos la Insignificancia, ni instrumentales ni necesaries, sin finalidad ni sentido ni sensibilidad, individues independientes vagando por los tejidos mugrientos de la no-salvación, de la existencia sin sí misma>>.
            Entre la Desorientación provocada por la destrucción de nuestro hábitat (los tejidos y la mugre creciente), el tóxico hedor reproductivo, y los pedantes discursos fatalistas del Gran Sabedor Ocb, tods aquelles entes que todavía sobrevivíamos como anatemas inyectas en el submundo sentimos la vacuidad de nuestra significancia.
             Pronto sentí el odio, el odio hacia la Gran Sabedor Ocb, como si sus pronunciaciones hubiesen destrozado nuestro espacio existencial.
           
<<No-carne>>, dije (más bien lo grité), lleno de una ira sin contenido.
            Mi negación causó un gran estupor entre los anatemas que todavía soportaban las embestidas de la destrucción, anclados a los restos de la mugre creciente y a los resquebrajados tejidos. Ocb fue el más afectado, sentí su percepción invadiéndome acusatoria, como si mis palabras hubiesen sido peor que sus pedanterías.
            No pasó tiempo y tods desaparecieron, dejándome solitario en nuestro espacio. Evos después les seguí entre los restos podridos de lo que fuera nuestro hábitat, que todavía oscilaban en la inmensidad. No buscaba a mi especie, habían sido débiles y me habían abandonado (como buenos y buenas anatemas). Partí en busca de la especie de la no-carne, desprendiéndome de la inmovilidad y de la sentimentalidad, pero terminé en la llamada Tierra, y aquí no hay nada más que carne formada por la mugre decreciente y  anatemas descompuestos.



Esteban N. Santos

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