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domingo, 2 de marzo de 2014

Grita suavemente.

 Escucharon el frustrante grito de la mujer ahogada. Se quedaron inmóviles en sus asientos, en sus butacas. El televisor les reclamaba, la noticia más morbosa de la temporada estaba a dos minutos de cortinillas, spots, y palomitas caducadas.
 En la habitación contigua también escucharon el grito de la mujer. Hicieron caso omiso, pensando que otro atendería al aviso. Elton John sonaba en vinilo, las copas de vino tintineaban, y la expectativa del final era lo único en lo que pensaban.
 Al ático también llegó el grito de la ahogada. Se aseguraron de pensar que había algún fan de Wes Craven en el edificio. Continuaron con su disputa, matrimonio e hijos, un batiburrillo de palabras que no conducía a ningún destino. Todos los días lo mismo.
 En la habitación contigua escucharon el grito. Corrieron hasta la cama y los dos pequeños se escondieron entre las sábanas. Los padres salen de cena en noches como ésta, pero no todas las noches se escucha aullidos reales tan cerca.

 Ella muere ahogada, delante de la puerta de su casa. Los vecinos no prestan su ayuda, pues nadie quiere alterar los innatos planes de sus vidas. 





Esteban N. Santos.

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