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sábado, 8 de febrero de 2014

Conversé con el genio.



 - Una relación de deseos inconfesos que se presentan en tu estado más inconsciente... Frágil humano... Las palabras han hecho mella en tu cuerpo, y surcan tu piel miles de cicatrices silenciosas. No respires en vano. Tampoco te dejes ahogar entre cuerpos mortales.
 Aplastó un insecto con la yema de su dedo índice mientras ensayaba una mueca de desagrado. Alzó su dedo hasta dejarlo a la altura de mis ojos, mostrándome así al insecto que había aniquilado.
 - Esto no es algo que me guste hacer, pero algunas veces tengo que hacerlo para haceros comprender a los humanos vuestra fragilidad. Sois iguales a ellos, a los insectos más indefensos, expuestos a toda clase de peligros y obstáculos, y siempre estáis cayendo, muriendo cada día un poco más. Habéis nacido para eso. Pero nunca lo comprendisteis bien, y siempre habéis aplastado a vuestro igual, creyéndoos superiores a ellos. Tú también lo haces, no me mires así, como si no supieras de lo que te hablo.
 Se levantó lentamente, y se acercó hasta la ventana más próxima. Una luz anaranjada se filtraba por entre las cortinas andrajosas, el claro del atardecer. Todavía llevaba al insecto muerto en la yema de su dedo. Cerró los ojos breve momento, buscando algo en su interior, quizás recitando algún conjuro que no quiso compartir conmigo. Abrió los ojos y sopló suavemente sobre la yema de su dedo, sobre el insecto aniquilado, expuesto a esa bella luz del atardecer.
 Esperé inquieto en mi asiento, ansioso por resolver lo que acontecería.
 Y el insecto se tornó grande y fuerte, reconstruyendo sus pedazos y adquiriendo rápidamente nuevas cualidades en su físico, antaño frágil e indecoroso, ahora fuerte y hermoso. Desplegó unas alas verdes, y alzó su vuelo hasta toparse con la mirada del genio. El genio asintió, y el insecto huyó hacia la luz anaranjada.
 - Encontrar la fuerza para continuar, encontrar el aliciente para insistir…
 Dijo con la mirada todavía perdida en el claro del atardecer.
 - Solitarios. He así como sois, frágil humano, y de vosotros depende la reconstrucción de vuestra propia naturaleza.
 Sólo hice un leve parpadeo, lo prometo, y al momento estaba el genio a mi lado. Alcé la vista para observarlo cuan alto era. Posó sus manos grietas sobre mi cuello.
 - Cae.
 Con un paternalismo que yo nunca había conocido me declaró la sentencia. Caer. Su afable rostro se tornó en una máscara de ira mientras sus dedos se retorcían con fiereza en torno a mi frágil cuello.
 - Despertar es dolor.




Esteban N. Santos.

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