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martes, 24 de diciembre de 2013

Leyes del subconsciente.

 No abandono el lamento con cada uno de tus movimientos, no. He firmado un trato con la distancia, para mantenerme lejos siempre de mi anhelo.

 Suspira en su decoro, sin tener conciencia del pasado, y acabo yo vagando por un sinfín de caminos que me aparcan en el olvido.

 La melodía de tus ojos me señala en una oscuridad que he programado sin pretenderlo, distancia y lamento. Aislado en mi perdición, sin el consuelo del tinte de tus labios, con la sinfonía de tu apresurada despedida. El rastro de tu esencia pulula a mi alrededor mientras tú te recortas por la siguiente esquina.

 Ha olvidado la herida que causó en un tiempo pasado, sin embargo danza en mi memoria como una advertencia del rencor que me doblega. Con sus palabras y sus constantes muestras de apego llama a las puertas de mi constante caída.

 Desvelo, es lo que me causa la expectativa de tu encuentro. Aunque la verdad siempre difiera, tu estridente voz es morfina para este esperpento. Mis caricias te golpean como agua fría, para que busques cobijo en la intemperie huyendo sin tu camisa.

 Silencio, es mi más cordial respuesta a la premisa de asaltar sus sabanas en esta desdicha. Perseverancia ante una iniciativa que surgió con la distancia, y me hace pensar que sólo se mantendrá si permanezco en esta rígida posición. Sus propósitos simulan claros, sin embargo antaño también semejaron serlo.

 No soy hombre de acción, primero me amparo en larga meditación. He firmado un trato con la razón, que me castiga cuando hago cualquier endeble infracción.
 





Esteban N. Santos.

lunes, 23 de diciembre de 2013

El hielo es parte del atrezzo.

 Estudió su reflejo en el espejo del baño, sobre el mismo retrete, y no le gustó lo que veía. Arrancó, con sus huesudos dedos, una tira de piel helada. Como cristal. Dejando una larga yaga roja, nacía en la comisura de sus labios y moría en sus parpados legañosos. Sonrió, pues la sangre no escapaba de la herida, se mantenía firme, como ella.
 Salió del baño, danzando al son de una música que sólo sus oídos percibían, esquivando las masculinas estatuas de hielo que por todo el pasillo se extendían. En el fondo del corredor una puerta de latón la esperaba, era roja como la sangre. La abrió, manteniendo esa enigmática sonrisa que tanto la caracterizaba.
 Ella baila sola, y también trabaja sola.
 La habitación del fondo estaba repleta de figuras de hielo, como las del pasillo, todas ellas eran varones. O lo fueron algún día. Continuó su danza alrededor de éstas, hasta llegar a un gramófono dorado, lo accionó y el sonido de su piano resonó por toda la estancia. Su danza continuaba ahora con música audible.
 Un foco colgaba del techo, apuntando directamente al centro de la habitación. Le gustaba iluminar a sus víctimas. Y él la esperaba ansioso, amordazado a una silla de metal.
 - Me llaman la mujer de hielo –resonó una estridente carcajada de su garganta-. Tonterías… El hielo es tan sólo mi talento, nunca llegué a contraer matrimonió con él.
 Posó su mano sobre la rodilla del hombre, y la subió lentamente hasta su ingle.
 - Espero que el frío sea digno de tu excitación.




Esteban N. Santos

martes, 10 de diciembre de 2013

Suplica su segunda humanidad.




 El tinte rojo de las sábanas no se ha ido. Todavía se huele en la habitación el olor de la sangre de la víctima. Por las calles hablan de su poesía, sus amantes hablan de su osadía. Mientras tanto, él rompe el silencio nocturno con el coche de su última amiga.
 El tinte rojo de las sábanas sigue intacto.
 La huida había sido el único arte que él conocía, arreglándoselas noche y día para robar el talento de todo aquel que estuviese en su punto de mira.
 Ladrón violento, escapista raudo, asesino inepto. Todo en su vida señalaría a un final de tormento, pero aplazaba ese momento con su continua huida.
 El olor de su sangre se adhiere a todas las esquinas, ella era arte en movimiento, ahora el cobarde le arrebató su talento con una caja de cemento.
 La injusticia es la reina regente en esta civilización demente. Los dementes se suceden con más celeridad que las hormigas de verdad. Es el ocaso de la especie, y ella reclama al cosmos una segunda oportunidad para poder satisfacer sus ojos verdes con el dolor del prófugo del servicio moral.
 El tinte rojo de las sábanas está pegado a la piel pálida de la última amiga. Se aprecia un movimiento en la habitación del asesino, el cosmos a ella ha atendido. Ahora el cosmos interfiere en los sinsabores de la humanidad.
 Los ojos verdes de la última amante rompen el sellado que el asesino había causado. Las heridas de su cabeza se curan al son del latir de su renacido órgano motor, mientras aparta las sábanas de su cuerpo arrancando, sin pretenderlo, leves tiras de piel ensangrentada.
 El coche en el que viaja el escapista no se mantendrá en funcionamiento mucho más tiempo, el motor ya se empieza a quejar, y en su fuero interno él advierte la proximidad de su final.

 El universo a merced de la dama se ha postrado. Tañerán juntos los próximos réquiems, repartiendo la justicia del cosmos que muchos parecían haber olvidado. 



 [Ilustración: Masoume Rezaei]




Esteban N. Santos.