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jueves, 28 de noviembre de 2013

No robes el rubí.

 Su nervioso pestañeo me pone alerta. Su tez pálida y tersa me seduce en esta contienda. Sus labios carmesí me hacen esperar lo peor del sí.
 Y digo .
 Su boca entreabierta. Su lengua rodeando sus labios color carmesí. He recordado que he robado un rubí.
 Y digo .
 Mis ojos se deslizan de sus cuencas. Mis nervios siguen alerta. Mi tez pálida y mugrienta se agrieta. Mis labios sangran entre la contienda.
 Y dice no.
 Mi boca entreabierta. Mis dientes entorpecen mi lengua. Ha recordado que mi mente es funesta.
 Y dice no.
 Sus piernas escapan por la salida de emergencia. Mis convulsiones atropellan mi persecución de la perla. Su fragancia era un arma disfrazada de seducción discreta. Mi aparato respiratorio se colapsa con un veneno que olía a la esperanza perfecta.
 Y dice desde las tinieblas:
                               “No pido disculpas porque me había confundido de puerta.”





Esteban N. Santos.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Señales del próximo conflicto.

 El café se ha derramado, ya nos hemos distanciado.
Sobre fantasías es mi obra, así como las vidas de estos habitantes.
 Los nudos se han fugado, ya nos hemos olvidado.
Se refugian en palacios de Cristal, ignoran que se rompen con facilidad.
 La espada se ha desatado, ya comienza lo esperado.
Sobre el pasado no hemos aprendido, sentiremos de nuevo el filo.
 Las aguas se han agitado, ya la tormenta han alcanzado.
Se empieza con piedras despuntadas, y acaba de escarlata el silo.



Esteban N. Santos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Sin.

 No hay libertad más necia que aquella que se acuesta con los garrotes en la puerta. Y se ahogaba a solas y a escondidas, con un reflujo de emociones invalidadas por las circunstancias de una vida que se escapaba entre distancias.

 Distancias de ahogos, ciertos apegos a causas siempre perdidas, bajo ese manto de estrellas apagadas. Dos entes se repelen, imanes mal tejidos a las comisuras de esta materia, y los garrotes impedirán que la distancia se rompa como el cristal.

 El cristal sólo le dejaba mirar, y pese a romperlo con facilidad nunca lo pudo atravesar. No tenía libertad y, una vez más, anochecía con los garrotes en sus posiciones indicadas, sin ser acertadas.
 





Esteban N. Santos.