Blogger templates

Pages

jueves, 17 de octubre de 2013

El Heroico Clay. Capítulo 6.

  Me gustaría seguir en Zaratustra, mucho, pero he vuelto a este pueblo singular al que llaman Ratcans. Pero mi estancia aquí será breve. 
 He dejado mi flamante vehículo en un camino pedregoso que hay antes de cruzar el pueblo. Quería entrar caminando, analizo mejor la situación cuando camino sobre mis piernas y no sobre ruedas. Llevo una mochila negra y marrón que se enlaza en mi pecho con un “cierre de seguridad”. Un regalo de Devi. Heraldo planea sobre los edificios de Ratcans, tantea el terreno delante de mí.
 Me adentro en el último edificio deteriorado por el fuego y el abandono. No tiene ventanas, y la puerta de la entrada era de madera podrida, además estaba entreabierta. Lo he considerado una invitación. Hay ciertas y vagas divisiones entre una y otra habitación, son de ladrillo rojo como si quedaran a medio construir. Hay amagos de muebles, aquí y allá, y también de electrodomésticos, todos ellos llenos de arañas, polvo y una larga serie de excrementes inidentificados. Por la esquina izquierda del edificio sube una escalera de cemento sin pasamos a ninguno de los lados, y custodiada por la pared y sus grandes ventanas sin cristales a la izquierda. Subo hasta el piso más alto. Registro todo el piso, no hay nadie, buen lugar para establecerse. Me siento en el suelo, frente a las escaleras, y saco de la mochila unos prismáticos.

 Cae la noche. Nadie ha subido, ni siquiera entrado en este edificio. Sin embargo veo una tenue luz en el edificio de enfrente que proviene de un pequeño fuego. A su alrededor hay tres hombres y dos mujeres, comen ansiosos al calor del fuego. Tienen los brazos llenos de magulladuras y las ropas hechas jirones. En la oscuridad vislumbro cinco formas caninas, aunque con la distancia y la oscuridad ni los prismáticos me sirven para detallarlos más. Aunque no hará falta, bien sé lo que son.  Espero paciente a que todos los ojos de Ratcans duerman, incluso los de los caninos. La última luz en desaparecer es la de mis vecinos del edificio de enfrente. Perfecto, ahora Ratcans está a mi merced.
Cabalgo la mochila a mis espaldas y a Heraldo a mi hombro derecho, y bajo hasta la calle desierta. Realizo mi ruta lentamente, debo pararme cada vez que me topé con uno de esos tubos salientes de los desagües, no te voy a decir lo que estoy haciendo es sorpresa de alquimia. Llego hasta el Tiffany’s y siento náuseas sólo con ver la desvencijada puerta del bar. Heraldo tampoco está a gusto y se revolotea inquieto sobre mi hombro. Saco del bolsillo de mis pantalones un par de hierros oxidados y los introduzco en la cerradura. Demasiado fácil. El interior del bar presenta el mismo deterioro que la última vez, un día les comerá toda esta mierda. Sonrío. Me dirijo hacia la puerta metálica, para mi sorpresa no está cerrada, y entro en el coliseo.

 Amanece un día nuevo y caluroso en Ratcans. Hacía tiempo que no me levantaba tan contento. Me paso la mañana en el edificio donde me había estancado el día anterior, es un sitio tranquilo, y me preparo para la noche grande del coliseo. He tenido suerte, debo admitir, según rezaban los panfletos que cubrían las paredes de los edificio, hoy es la Noche Grande. Espero ansioso, observando desde las alturas a los perversos habitantes de Ratcans con sus deformes caninos, hasta que suenan unas sirenas en todo el pueblo y todos se lanzan con sus bestias a la calle. Espero a que todos hayan entrado, y una vez han entrado continuo esperando.
 Dos horas después del sonido de las sirenas llego a Tiffany’s, y al coliseo. Empujo la puerta metálica violentamente y no me sorprende que nadie me preste atención. Las luces del coliseo no se han apagado, y veo a todos los habitantes en sus butacas con sus trozos de carne bañando sus ropas. En la arena están todos los caninos, no falta ninguno, se miran unos a otros amenazadoramente. Bajo por unas escaleras estrechas hasta llegar al pie del coliseo, subo por el alambre de espino y me dejo caer en la arena. La caída es fortuita esta vez, empiezo a ser un especialista en saltos de gran altura. Los caninos están confusos, me miran todos a una vez.
 - Hescans no más.
 El canino más grande comienza a aullar, y todos los demás le siguen, creando un armonioso coro. Me saco la máscara de gas y la sujeto con mi mano derecha, cuando entra en la arena uno de los castigadores de caninos. Se sujeta a las paredes para no caer al suelo, pero todo esfuerzo es poco, y me dedica una última mirada incriminatoria antes de caer muerto al suelo, como el resto de los habitantes de Ratcans que yacen muertos en sus asientos.
 Conduzco al exterior a los caninos, y todos me siguen cual líder. Llegamos hasta la frontera de Ratcans, haciendo una especie de ceremonia de liberación. El canino más grande se acerca a mí, hasta tener su cara a un aliento de la mía, se tumba en suelo y baja la cabeza. Los demás le imitan.
 - Hescans no más. Ratcans es vuestra – digo yo, inspirado por la situación.
 El canino más grande rompe el silencio con un aullido, y los demás le vuelven a imitar. Ahora soy su líder.
 Salgo de los límites del pueblo hasta alcanzar el coche, y dedico una última mirada a Ratcans. Un enorme ejército de caninos me mira agradecido.
 Miro a Heraldo orgulloso, y me devuelve la mirada complacido.
 - Farrah no durará mucho más –le digo a mi compañero.
 Heraldo alza el vuelo, rompiendo el viento con un graznido demencial.




Esteban N. Santos.