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sábado, 21 de septiembre de 2013

Días lentos.

Respiro un aire cargado de hipocresías,
 así es que la desconfianza me domina en estos días lentos,
insustanciales. Secos.

Espero a que las piedras estén mojadas,
 así me comprenderá el ambiente.
Al menos el ambiente.

Me retuerzo entre pesadillas opresivas,
 respirando este aire cargado de ignorancia. Ignorante ignorado
soy en estos días lentos.

La tierra se mueve a la misma velocidad
 Y mi percepción se ralentiza, recreándose
así en todas las mentiras.

No me conmueve vuestra felicidad,
 tan variable e insustancial. Todos se prostituyen
ante una mejor oportunidad.

Palpita mi órgano motor a una velocidad descabellada,
 dándome la sensación de querer hacer estallar
esta mi opresión martirizada.

Suena la melodía entre las paredes.
 Siento el silencio en las sienes, mientras planteo
todas las hipótesis existentes.

Sufro de paranoia y rencor.
 Son mis males y mis bienes, aún espero a que caigan
esas gotas de verdades en ciernes.

Sequedad. Distancia desasosegante
 que atraviesa las fronteras racionales,
así golpeo las paredes invisibles, irrompibles.

Respiro este aire cargado de hipocresías,
 y desconfío de todas las miradas sencillas.
Esas ladillas que amarías…

Silencio opresivo en estos días lentos,
 yo respiro aire de prostíbulo y lamento,
con hipótesis, secretos, y miedos.







Esteban N. Santos.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Un nudo en la garganta.

 Tengo un nudo en la garganta. Siento un escalofrío nauseabundo que recorre todas las extremidades de mi cuerpo. Enjuto, uniforme, pálido. Palidezco con cada gemido del reloj anunciado otra hora mal invertida en la empresa de la autocompasión. Me aprieta, este nudo, con fuerza, hasta el crucial punto de creer que me ahogaré en el próximo segundo. Ahora escucho atento en el adusto silencio de mi habitáculo, y siento un grito interno que hace tambalearse a todo mi cuerpo. Solo grito por dentro. La desazón que me produce esta pasividad me produce desproporcionales ganas de emitir un grito profundo, que nazca en mi garganta y se pierda con el viento. Sin embargo sólo grito por dentro, sólo por dentro. El nudo, sí, me aprieta, lo escucho y me advierte de que no sólo quiero gritar, también necesito descargar vacuas lágrimas de mis ojos muertos.

 Pálido, como el sin vida. Uniforme, como la bestia indefensa e inofensiva… y que sin embargo ofende.

 Porqué, me pregunto con un susurro; pues tengo una falta de energía corpórea que no me permite alzar la voz más allá de esta nota sorda. Escupo, una y otra vez, pero las palabras, los gritos y las lágrimas continúan resguardándose en este maldito nudo que no ceja en su empeño de cortarme la transmisión de oxígeno. Cierro los ojos y respiro, lo hago con calma, inspiro por la nariz, espiro por la boca. Y admito que siento cierta calma mientras trato a duras penas de descargar mi mente de todas sus aspiraciones, miedos, deseos y paranoias. Lo peor de esta autocompasiva empresa es que cuando todo comienza a teñirse de un blanco puro, se lanza cual avalancha toda la negrura que mi mente enferma abarca.

 Tengo un nudo en la garganta. No sé cuándo se ha instalado ahí, e ignoro si querrá quedarse mucho más tiempo. Siento la prisión que es este cuerpo, no me deja expandir mis extremidades más allá de lo lógico y cuerdo. Advierto todos los límites que me impiden avanzar con ansia en esta escabrosa existencia, los advierto todos, no sorteo ninguno. Me grita una molesta y monstruosa voz dentro de mi cabeza, como si estuviese a mi lado, pero no… está más cerca. Se debate dentro de mí una lucha interna entre dos voces que desconozco. Una molesta y monstruosa, la otra sensible y miedosa. No hay equilibrio en mí. Paranoias, obsesiones, miedos, inseguridades y debilidades. ¿Así qué es esto todo lo que me conforma? Dime entonces qué clase de enfermo soy… ¿Un incapaz de la sensibilidad? Seguramente, pero más seguro es que sea un autocompasivo trastornado.

 Tengo un nudo en la garganta, y no me libro de él con estas malditas palabras. 






Esteban N. Santos.