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sábado, 27 de julio de 2013

Silencio solitario.

 En el silencio solitario hablo con voces que pocos conocen. Unas mutilan mis creencias,  otras alaban mis falsas creencias, pocas me hablan con sinceridad de la realidad. La vela se vuelve larga, y la noche se torna a veces corta; dame un suspiro para el Requiem, que aún ondean en el cielo las banderas rotas. Discuto en silencio con todas mis voces,  les grito en ocasiones con los ojos, y también las golpeo con mi quietud. Son mis más cercanas consejeras, no son fiables ni sinceras, pero son las que mejor me conocen, y las que mejor torturan todas mis sentencias. El humo a veces las perfila, y dibuja sus desfigurados rostros, extensiones fantasmales de mis más tortuosos pensamientos.
 En el silencio solitario hablo con mis voces que nadie conoce. Tú has de tener las tuyas, también las mías son secretas para ti. Baúl sellado de falsas certezas. Su don es la tortura, todos lo hemos de saber. Conversar con estas voces pone en entredicho mi cordura, pende de un hilo. Cual hilo me separa de caer en la más brillante verdad no lo sé, y no topo brillos, ni melodías, ni colores en este solitario silencio que envuelve otra muerte de la luz. Hemos discutido noches cortas y largas sin llegar a un acuerdo común. Ya pierdo la esperanza de alienarlas a todas en un mismo fin. La destrucción es terrible, sobre todo cuando avanza dentro de ti, es un alud incontenible, pero aún ondean las banderas rotas en el cielo añil.
 En el silencio solitario hablo con mis consejeras voces. Es el momento de libertad para el hombre común, mientras todos duermen en su lecho, cuando todos sueñan con un buen porvenir. Seguiremos este discurso hasta que el cielo se dibuje azul, y en cielo ondeen las banderas rotas, así comenzará otro día de la lucha con fin. 





Esteban N. Santos.

lunes, 22 de julio de 2013

Los negocios de Clay. Capítulo 5.

 Aún se revuelven mis entrañas recordando el atroz espectáculo que se celebraba en el interior del Tiffany’s. Me alegra haber dejado atrás Ratcans, y ya diviso Zaratustra, otro síntoma de mi repentina felicidad. Es una pequeña y elegante ciudad –en su mayor parte-, repleta de casas vitorianas, y otros edificios de arquitectura gótica que se combinan con los anteriores con una sutileza majestuosa. Viro a la derecha, y el Ford Ka empieza a trastabillar sobre el adoquinado de piedra, giro nuevamente para alcanzar una enorme explanada, perfectamente asfaltada. Es el Parking principal, en Zaratustra no hay lugar para los automóviles modernos. Estaciono en un diminuto hueco que hay en medio de dos elegantes vehículos de los años 40. A lo largo del kilómetro de parking no hay sino vehículos como los que custodian mi moderno Ford Ka, ¡que coche tan futurista he robado! Me río cual loco, mientras Heraldo se posa en mi hombro. Está entusiasmado.
 Retorno al camino de piedra, y camino por Retorno, la calle principal –y la más amplia- de Zaratustra. Los hombres visten, en su gran mayoría, abrigos largos y oscuros, sombreros de copa –también oscuros-, y bastones con puño de oro. Las mujeres visten corsés ajustados, y faldas de enorme tamaño que han de ir levantando a cada paso con sus manos; y todas estas ropas lucen colores de lo más vivos. Pero a mi poco me preocupa este detalle, estoy ya acostumbrado a las gentes de Zaratustra, les gusta vivir en el pasado, a mí a menudo también me gustaría fantasear con ello.
 Sorteo, con un salto inesperado, a un hombre que se ha interpuesto mi camino, mientras trataba de entrar en la calle marginal de la ciudad. Son los suburbios de Zaratustra, la calle fue etiquetada mucho tiempo atrás con el nombre de Eterno. Los edificios son altos, y no dejan aire entre unos y otros, además todos parecen deteriorados, pero sólo es la fachada, aquí todos saben secretos que el resto de los humanos desconocen. Muchos artistas viven en el interior de los edificios que me rodean, tratando de rememorar una época anterior y creyendo que con ello despertarán al Wilde que creen llevar dentro. Llegan a mis sucios oídos melodías de lo más dispares; salen por las ventanas y se combinan en la larga calle creando una caótica banda sonora.
 Pero no me interesa topar ningún artista. En el fondo de la calle está la zona más lúgubre, y cerrando Eterno está un alto y estrechísimo edificio que parece en ruinas, he ahí mi destino. En esta zona están los llamados Alquimistas, Brujos, Hechiceros… Cada cual los llama a su modo, pero todos saben que son maestros de las artes oscuras. Yo busco a la más temida de ellos; entre susurros la llaman Devi, aún sin saber por qué, y yo también lo hago ya que su nombre es un misterio para todos. Me acerco a la puerta, en ella hay grabada una calavera amenazadora, y bajo este grabado golpeo tres veces con mis nudillos. La puerta se abre lentamente y nadie me recibe desde el interior. “Entra”- me ordena una voz infantil y perversa. – “Ya sabes dónde estoy, sube. No tengo todo el día” -. Obedezco sus órdenes, nadie es tan estúpido como para desobedecerlas. Subo por unas monstruosas escaleras hasta llegar a un pasillo largo y estrecho. Una mortecina luz sale de la última puerta a la izquierda, es la única que está abierta. Sigo hasta ella y entro con precaución.
  Devi está sentada tras un enorme escritorio adornado con figuras tenebrosas por doquier. A mi derecha se extiende una estantería que ocupa todo el largo de la pared, y está repleta de libros, que a mis ojos diría que están desordenados. A mi izquierda se extiende otra estantería de las mismas dimensiones que la anterior, pero ésta está llena de frascos repletos de líquidos de multitud de colores, y todos están meticulosamente ordenados y etiquetados. No hay ninguna ventana en la habitación. Detrás del escritorio hay un cuadro que ocupa casi toda la pared. Me pararía a describirlo, pero me llevaría mucho tiempo, y ni yo entiendo que son todos esos confusos grabados. Como he dicho, Devi está sentada tras su escritorio, lleva unas elegantes gafas negras y parece estar estudiando alguna fórmula nueva y secreta de un libro en apariencia antiguo.
 En cuanto cruzo el umbral de la puerta cierra el objeto de su estudio, levanta la cabeza y me observa con una larga y sincera sonrisa. Se levanta de inmediato a darme la bienvenida. Su pelo es rojo y largo, aunque tiene reflejos azules que me hacen recordar el fuego. Llega velozmente a  mi lado, sin dejar de apuntarme con sus ojos escarlata. Se mueve como una bailarina equilibrista, siempre parece estar moviéndose al son de una melodía que nadie más escucha.
 - ¡Cuánto tiempo, Hombre Perdido! – Me llama así desde que me vio por vez primera - ¿Ya has encontrado tu camino?
 - Estoy caminando sobre él.
 Me mira con una sonrisa confidencial, y me abraza con sus pequeños y blanquecinos brazos. Me señala la silla en que debo sentarme, y ella danza velozmente hacia su posición inicial.
 - ¿Qué andas buscando, Hombre Perdido? ¿Hay alguien que deba morir? Debes de ser más discreto – me tiende un periódico abierto -, ¡dejas un rastro enorme!
 - Fue un desliz… Ahora actuaré con más cautela. He estado en un lugar, y... debo volver. Necesito algo que aniquile discretamente en masa, pero sólo a un determinado tipo de seres.
 - Me interesa - su rostro, alegre y jovial se torna serio y calculador, mientras se ajusta las gafas sobre su diminuta y puntiaguda nariz -. Continúa. 










Esteban N. Santos.

jueves, 18 de julio de 2013

Realidades ajenas.

 Las realidades están suspendidas en una galaxia lejana, todas ellas se evaporan y buscan su lugar lejos de éste. Nunca se adaptan. En los fondos submarinos sobreviven algunas ufanas, creyendo que su realidad es más poderosa que las otras. Todas las realidades están suspendidas en algún lugar. No hay verdad.
 Te suspendes en el viento de la noche, te zarandea a placer hasta llegar a una superficie sólida. Otra verdad. Mi verdad estaba en el viento. El aire que entra en nuestros pulmones está formado por realidades ajenas a la propia, y se adentran con poderío en nuestro cuerpo ocupando esos huecos vacíos que aún no querías ocupar. No es tu verdad.
 Me suspendo en ésta agua oscura, me mueve con suavidad mientras me arrastra a su interior para que por mis fosas nasales entre, como un alud, esas realidades que tratan de sobrevivir. Me impulso a la superficie en busca de aire para respirar. Nunca respiramos sin que entre una realidad ajena a nosotros en nuestro cuerpo. No es mi verdad.







Esteban N. Santos.

jueves, 4 de julio de 2013

Una revelación inaplazable.

 Deambulaba por un camino rodeado de árboles a ambos lados. Pensaba en el orgulloso león, tan fiero y sin debilidad alguna, ¡cuánto me gustaría ser un león! Es una banal ilusión, incrementada gracias a continuados sueños que tuve en los que éstos se habían presentado, seguro que sólo era eso.
 Miré hacia atrás, había una calma tenebrosa, y eso me inquietaba. Los árboles que custodiaban el camino se estaban cerrando a mis espaldas, unían sus brazos allá en lo alto, cubriendo el cielo azul del verano.
 Un mal augurio, habrían dicho los viejos sabios.
 Pero los ignoré; puesto reinaba una calor abrasadora, en el cielo no había ninguna nube, ni blanca ni gris, y el cielo vestía ese azul celeste propio de las celebraciones del Oeste.
 Algunos decían que los días de verano como este jamás eran símbolo de mal augurio. Algunos siempre tienen que hablar sin motivos ni razón.
 Alcancé un arroyo de agua dulce, me refresqué cuanto pude en él. Después de dejar a un lado los mareos que me produce el incesante Sol, dejé que el agua del arroyo se calmara, y esperé con cautela a que su reflejo apareciera. Pero nada sucedió. No apareció entre esas aguas tranquilas. Entonces lo supe con seguridad.
 Había sido un espejismo, debería de haberlo sabido, sólo había sido un espejismo. Y ya se había ido.





Esteban N. Santos.