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domingo, 23 de junio de 2013

Hedor.

 Soy el abandono putrefacto que cubre mi viento de clausura, el viento de partida. El desinterés me domina, no manifiesta mi ser ansias por ninguna partida.
 ¿Qué es ser? Yo soy ceniza. Mi corazón palpita lentamente, mis manos se convulsionan estrepitosamente. No siento nada.
 El viento está aquí encerrado, como al comienzo de la partida, no lo dejo huir, mientras se agotan los cigarrillos en esta maquinaria perdida. Toda está podrido, desde mi piel, hasta el aire que todos estos cuerpos respiran.
 Las preguntas me invaden, noche y día. Respuestas me faltan, y ya siento en mi piel sobresalir los huesos quebradizos que sostienen esta marioneta. Los hilos ya no me guían.
 Soy un abandono, y el viento que me rodea lo clausuro, como si fuese a crear magia con esta bruma. Huelo la putrefacción, pero no topo ansias para limpiar este continuado hedor.
 ¿Qué es ser? Yo soy humo. El tiempo gobierna la vida, no he hallado a ese ser que tanto nos esclaviza. Mi mayor torturador es esta mente mal entretejida. 






Esteban N. Santos.

miércoles, 12 de junio de 2013

El escapista vengado.

 Rehúyo del amor, es mi fobia, por eso estoy corriendo por este desierto. La arena rasga mis dedos protegiendo su lugar en el mundo, mientras yo la remuevo con mis pies, tan tuertos y feos, alejando cada granito de su posición de felicidad. Comprendo ahora las tormentas de arena. Y no puedo más que disculparme, si pudiera volar no tocaría nada, no os tocaría y levitaría entre el viento. Ese es mi sueño. Mi boca se seca mientras camino, con los pies en la arena, y con la cabeza perturbada por el insistente sol. Pierdo la estabilidad, y amenazo con abalanzar mi obsceno cuerpo sobre la inocente arena, lo controlo aun así  a trompicones mientras arrastro los pies en una línea recta e irregular. Los granitos de arena comienzan a planear su venganza sobre mí.
 Mi boca, entreabierta, me pide agua, mis ojos entrecerrados divisan toda clase de espejismos, el desierto es una venganza. Puedo caminar entre este absoluto vacío con los ojos sellados, está demostrado, nada entorpece mi paso, y así continúo largo rato – no puedo precisar cuánto-. En un arrebato de valor abro mis sensibles ojos grises, el sol me azota con fuerza por el frente, y mis ojos proyectan imágenes borrosas frente a mis pies, que descansan ahora como plantados en la arena. Llevo mi cabeza al cielo, esperando quizás, una muerte más rápida que esta, pero no viene y soy un cobarde. Miro al frente, esperando poder ver una fuente repleta de agua, y como un regalo –o un castigo- del destino, vislumbro un pequeño Oasis a poca distancia de mis pies ensangrentados. Apuro entonces mis pies hacia ese ansiado destino con los granitos de arena filtrándose entre las yagas de mis pies. Sonrío por dentro, porque no tengo fuerzas para obligar a mis labios a alzarse, y goza mientras tanto mi imaginación con la expectativa. Siento ya la hierba en mis pies, y mis ojos vislumbran un pequeño y extravagante manantial, dejo caer mi cuerpo sobre él.
 He debido de ser muy lento en mi descenso, ya que sólo siento bajo mi cuerpo la caliente arena del desierto. Lloro por dentro, porque ya no tengo lágrimas que mis ojos puedan evacuar. Alzo levemente la cabeza del suelo, sabía que si caía no toparía fuerzas para levantarme de nuevo, y escucho mientras observo, un furioso rugido del tiempo. Los granitos de arena se arremolinan con el viento, su venganza ha llegado y sin pausa vienen a echarme de los colindes de su reino. Topo ahora, con el goce del fin bien cerca, las lágrimas y la sonrisa que aguardaban este preciso instante en la trastienda.
 He sido un escapista y he caído en mis trampas, el desierto se ha vengado en honor a todos aquellos a cuantos he engañado. Tal vez sienta algún dolor, pero no puedo ahora descifrarlo, me gustaría confesarlo si ese fuera el caso.  Quizás aún lo haga, mientras realizó ahora mi última treta.






Esteban N. Santos.

martes, 11 de junio de 2013

A medio camino.

 No existe entre estos cuerpos clemencia, sólo una insana benevolencia.
 Me observé con una lupa milimétrica, y me hallé vagando por una carretera vacía, respirando el contaminante aire de la ciudad. Los árboles, aislados en el arcén, me susurraron, con sus casi inaudibles voces, una oración que jamás había escuchado. Los abandoné a mi paso, para adentrarme en un infeccioso vehículo. Accioné el motor, y pisé el acelerador en busca de una ansiada huida.
 Mi fantasiosa imaginación buscaba un lugar alejado de mi mundo, un lugar donde desaparecer para encontrarme. Dejé que las ruedas desfilaran heroicas hacia un destino que yo mismo desconocía, que yo bien sabía que no existía. Me sentí valiente unos minutos, escuché las voces de un coro angelical cantar mi gran logro, pero sólo era el eco que reina en mi cabeza. El vehículo me pidió de comer, y paré a alimentarlo. Llevé mis ojos al cielo, las estrellas señalaban un camino incoherente, la luna menguante como mis pasiones, el cielo negro y sin nubes, debiera haber sido una noche perfecta. Debiera. Retorné al vehículo. Pero mi valor menguó al son de la luna, las voces del coro habían cesado su canto, mi ansiada huida se había convertido en pasto de buitres. Accioné el motor, y retorné al origen.
 Mi valor sigue menguando al son de la luna, ya casi no lo encuentro en mí ser, mi paciencia decrece también. El olvido comienza a absorberme con su infatigable ansia de almas, la solitaria soledad llama a las puertas. Me han amputado las garras.
 Y ahora estoy a medio camino entre el olvido, y el espejismo.






Esteban Neira Santos.