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lunes, 27 de mayo de 2013

Tiemblo.

 Janis Joplin. Una página en blanco. Un cigarro en la boca. Es momento de tranquilizarse, de desahogarse. Tiemblo. No tengo tiempo para muchas cosas, no tengo tiempo para muchas historias. No tengo historias. Tengo pasado, miedo,  y piezas rotas. Mentiras, y el olor de sus pupilas rojas. El viento me sacude, y la lluvia me avisa de que soy su esclavo. Invisible, apacible, decrépito gusano de corazón estrecho. Recorro un kilómetro, mis piernas se mueven a la velocidad más alta a la que ahora pueden alcanzar. Paro. Mi corazón se revuelve, trata de arrancarme el pecho. Falla. Trata de huir por mi boca. Falla. Me sacudo el sudor aliviado. Decrépito gusano. Resuena el eco de una voz extraña en mis oídos.
 He leído incontables historias distintas, pero me faltan muchas aún por amar. El olor de las páginas de un libro nuevo. Lo disfruto, me consuela; tengo alguien que no me dejará por otros mejores. No tiene piernas. Pero exclamo toda clase de sentimientos con sus letras. Camel, me hace sentir como el jinete de Gilead, por eso agoto cada una de esas balas. Pero trato de evitarlo. Lo intento, insisto. Pierdo. Me miran con tal pasión que no puedo resistirme a sus encantos. Son como las mujeres. Llegan, me hacen feliz, se cansan, se van. Me matan. El proceso continúa. No frena, nunca se detiene. Los acontecimientos, los cigarros, los libros, las historias. El miedo. La vergüenza. Mi cruel asesina, me arranca las tripas y decolora mi piel blanca de un nítido rojo. Frena mis palabras, tiemblan mis manos. El primer beso. El cuerpo siempre contesta con recursos similares. Nunca iguales. Boca, ojos, nariz, orejas, manos. Cinco elementos, cinco. Reducidos, pero pensando que somos más de lo que somos. Pero sólo veo un guión, resta. Somos menos que lo que tenemos, me grita mi almohada. La quiero, nos abrazamos todas las noches, supongo que es otra de mis amadas.
 Lo he apagado, el cigarro. Es el último, pienso. No lo siento. No siento los dedos, pero sigo sintiendo los miedos. Cajas de cristal, muñecos de cristal, vasos de cristal. Sueños de cristal. Piezas, puzzles, respuestas.
 Silencio. Acuéstate, déjame sentir tus cinco sentidos. Silencio. Tiembla. Tiemblo.


Esteban N. Santos.

(Publicado en Falsaria previamente. 16/10/2012)


domingo, 26 de mayo de 2013

La indignación de Clay. Capítulo 4.



 Heraldo me ha llevado lejos del desierto de Bates. Crucé hace unos instantes la frontera de este pueblo, Ratcans – me anunció una valla desgastada -. El pueblo tiene un claro aspecto de abandono en todas sus facetas. Me aventuro a pensar que comenzaba a gozar de cierta importancia hasta que su fuente de suministro social decidió abandonarlo. No es difícil figurarse esa hipótesis. La calle por la que circulo persiguiendo a Heraldo está repleta de edificios altos y deteriorados, pocos presentan un aspecto que incite a pensar que hay vida ahí dentro. Sin embargo, en el interior de algunos de esos deteriorados edificios centellea una luz en su interior, más propia de un fuego que de una bombilla. A medida que avanzamos por esta carretera – con cierta dificultad gracias a la gran cantidad de desniveles con los que las ruedas se topan -, dejamos atrás los edificios y cruzamos por una zona en apariencia residencial. Arrogantes casas se alzan a ambos lados de la vía, algunas mejor cuidadas que otras, pero todas cuentan con un jardín amarillento en su parte delantera, y todas estas casas, sin excepción, son blancas, en claro contraste con los edificios que tenían el aspecto de haber sufrido algún incendio en el pasado.
 Pero no es esto lo que más me sorprende, si no que durante toda esta travesía me he cruzado con algunas personas de aspecto marginal en su mayoría, y todos llevaban entre correas voraces a musculosos caninos con el hocico aplastado, envueltos en férreos bozales negros. Y no sólo entre los viandantes, sino también en los jardines amarillentos de las casas burguesas, y en los edificios del populacho.
 Una vez dejada la última casa atrás, Heraldo gira a la derecha, para sumergirse de nuevo entre edificios del mismo aspecto que los que nos daban la bienvenida, mucho más pegados unos de otros, sin aire entre edificio y edificio. Parece la zona céntrica de Ratcans.
 Finalmente Heraldo se escabulle por una estrecha callejuela y se posa sobre un cartel medio descolgado. Es negro, y en su interior hay unas letras casi ilegibles, aunque consigo descifrar al momento. Tiffany’s, rezan esas descuidadas letras. Mi instinto me dice sin embargo que no voy a toparme una joyería lujosa tras esa puerta mugrienta. Aparco el coche frente a dicha puerta, bajo del coche y Heraldo se precipita sobre mi hombro. Cruzo con desconfianza la puerta, y me topo con un bar desierto y cochambroso. Botellas a medio terminar, vasos llenos hasta el tope de algún whisky barato, excrementos bailotean también por el suelo. Escucho unos gritos de júbilo que proceden de una puerta metálica situada en la parte más aislada del bar. Se abre de pronto la puerta, y hurgo el arma en el interior de la chaqueta. Pero no es más que una anciana en apariencia inocente, entra en el bar sin reparar en mi presencia, riendo a carcajadas. - ¿Vienes a la ceremonia? – me pregunta mirando una botella lujosa que se encuentra detrás de la barra –. Nunca he visto a nadie venir con un cuervo, pero apresúrate, o llegarás al final, no más -. La anciana se adentra tras la barra, echa mano de la botella y se vuelve nuevamente hacia la puerta, yo me apresuro a seguirla.
 ¡Vaya espectáculo más atroz! Heraldo se acobija sobre mi hombro, inquieto y temeroso. Los habitantes de Ratcans han traído consigo sus mejores galas para la “ceremonia”, sentados todos en lujosas butacas que rodean un campo de arena, propio del coliseo. Todos gritan de júbilo mientras engullen enormes trozos de carne repletos de una salsa espesa y rojiza. Me siento en una butaca, tratando de no llamar la atención, cumplo mi objetivo, todos tienen la vista clavada en la arena o en sus trozos de carne. Suena un grito a través de los incontables altavoces que se encuentran por todo el coliseo, no consigo entender lo que dice, pero suena algo así como: “¡Hescan!”, y todo se callan al unísono mientras las luces que iluminaban las butacas se apagan, y unos enormes focos señalan la arena. Los altavoces cantan de nuevo, esta vez parece ser el nombre de alguien o algo, mientras suenan unos estruendosos pasos en la arena, y aparece tras una puerta de enormes dimensiones un perro colérico y musculoso. Nunca había visto un canino tan grande. Lo sujetan dos hombres robustos. Suenan de nuevo los altavoces anunciando, intuyo, al oponente de esta bestia. No diviso desde mi posición la puerta, pero advierto que será como la anterior, ya que el perro que camina ahora por la arena supera con creces el tamaño del anterior, y llega sujetado por tres hombres, también robustos. Los altavoces suenan de nuevo - ¡Gura Hescans! -. Los espectadores gritan jubilosos. Mientras tanto en la arena, los hombres robustos desatan a los perros de sus amarres que los reducen. Una vez los sueltan, corren hacia las puertas por las que minutos antes se presentaban imponentes. Los perros se observan desafiantes, retándose con sus temibles ojos, se olfatean, gruñen, patalean la arena, parecen dos toros a punto de envestirse. El perro de menor tamaño se abalanza primero sobre su rival, ejerciendo un inteligente ataque por la parte baja del cuello, pero no surte gran efecto, y el otro le aparta con una facilidad asombrosa. Todos vitorean, aplauden, gritan, hasta se olvidado de su carne, y observan sin parpadear a las dos bestias que se enfrentan en la arena. Heraldo llora sobre mi hombro mientras mis tripas se revuelven impacientes. Me apresuro a la puerta metálica, la abro con facilidad, y cruzo corriendo el bar, pero resbalo en los excrementos que bañan el suelo y caigo sobre ellos, me levanto aun así asombrosamente rápido y salgo al exterior. Me apoyo sobre la pared del bar y vomito todo lo que llevo dentro, pero el estómago esta vez se mantiene, Frank ha hecho un buen trabajo.  Heraldo se posa sobre el coche, esperándome. Me limpió la boca con la manga de la chaqueta y me vuelvo colérico hacia el coche. Antes de adentrarme en el interior del Ford Ka, dedico una mirada a Heraldo: “Sé lo que hay que hacer, Heraldo, esas bestias sufrirán el castigo que se merecen”.






Esteban N. Santos.

sábado, 25 de mayo de 2013

El paria.


  La crueldad está en el aire, y tú flotas en el mar.
 Me elevo mientras duermo y bailo entre planetas desconocidos, respiro libertad.
 Eres una ninfa y yo soy un paria, y juntos no vamos a volar.
 La traición está en los huesos, y tú eres sinceridad.
 Huyo de las mentiras y bailo con tus criaturas marinas, respiro libertad.
 Eres una ninfa.

 Retomo. El paria no confiesa que no tiene talento para luchar contra los bondadosos que le rodean, no puede ascender del subsuelo, por eso lo sueña todo en la oscuridad. Yo soy el paria, y tú una ninfa, no nos vamos amar.
 Te susurro mi historia, escúchala sin vacilar porque me cuesta hablar.

  La brújula no es real, y a todos engaña su falsa realidad.
 Sospecho de los humanos, y me acuesto con los fantasmas, sólo por su verdad.
 Soy el paria, ahora ya puedes juzgar mi identidad.
 La carne no es real, y a todos engaña con su disfraz.
 Sospecho de tú palabra, y me acuesto con tu sinfonía, simple y plebeya vanidad.
 Soy el paria, y no me dejo vencer con facilidad.

 Retomo. El paria se confiesa sólo en mundos fantásticos, le aterran los gansos que le quieren aniquilar. Aun así se levanta con ganas de otro ataque, ninguno de ellos falla y le hacen sangrar. Yo soy el paria, y tú una ninfa, no nos vamos amar.
 Te susurro mi historia, escúchala sin vacilar porque me cuesta hablar.

  La crueldad está en el aire, y las yagas en la carne.
 Me sumerjo en tus aguas y busco tu piedad.
 Eres una ninfa y yo soy un paria, rehúye de mi maldad.
 La crueldad está en el aire y me escondo en tu mar.
 Me elevo mientras duermo y creo poder volar.
 Eres una ninfa.







Esteban N. Santos.