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sábado, 27 de abril de 2013

Unos miserables fragmentos.


 Me agito en el desespero de las cuerdas flojas de tus huesos. Anhelo. Las vibraciones del desconsuelo no son la gesta de este cuerpo. Silencios. Murmullos promiscuos que afilan su lengua con la intención de dañar la vanidad. Momentos. Olvidos de encuentros que recortaron tus sentimientos entre otros vientos. Escondidos. Acciones que se disfrazan ante los ojos de jueces poco cuerdos. Engañamos. Desde los más honorables hasta los más miserables rasgan la verdad con cuentos. Sentimientos. Nadie quiere hacerse cargo de las letras que emborronan el libro de tus miedos.
 Anhelo los silencios de los momentos en que escondidos engañamos a nuestros sentimientos.




Esteban N. Santos.

lunes, 22 de abril de 2013

Cíclica evasión.


 Tampoco es que tenga mucho que escribir en este día. Tampoco es que tenga mucho que decir de mis horas. Tampoco. Hice sangrar mis pulsos internos creando complejos círculos que nunca alcanzaban un fin eterno. Propósitos incompletos. Salpican mí rostro en forma de agua salada los pesimismos que me abrazan, me enrojecen los ojos, desorientan mi mirada.  Adormecen mi mente jaquecas inesperadas, entran a través de mis pupilas dilatadas, se escabullen entre mis párpados sellados. Nada importa la posición del sol en este reincidente camino en pos de la esperanza, puesto que calca su final en la turbia y agónica desesperanza.
 Se contradicen mis palabras con mis acciones cuando las nubes avanzan, no las controlo, ellas de por sí solas se entrelazan, se entorpecen y nunca avanzan. Mis horas se lamentan de mi inactividad corporal, y mis segundos se aturden como neuronas alcoholizadas y apagadas. Persigo esta línea abstracta tratando de darle alcance, sé a donde conduce, más engaño a mi racionalidad con mentiras superfluas que sirven para calmar mis dudas sobre su finalidad. 








Esteban N. Santos.

lunes, 15 de abril de 2013

Petulantes adjetivos.


 Petulantes adjetivos de tu boca inmortal, se elevan y diseñan escenas que mi imaginación nunca habría podido adivinar. Sincera e hiriente es la proclamación de la verdad, aunque a veces se debilita por culpa de las fantasías, sueños y deseos del hombre mortal.
 Petulantes adjetivos de tu boca inmoral, se adentran en mis venas como una morfina del mal. La perspectiva de la bondad nunca deja de variar, colocándose a menudo de tu lado: insaciable y animal. Los enfoques del apuesto karma no me dejan de asombrar, así como los de los mortales que lo manipulan para su saciedad.
 Petulantes adjetivos de nuestras bocas inmorales y mortales; recorremos juntos, sin quererlo, los caminos que nos elevan del placer y del sufrimiento.





Esteban N. Santos.

domingo, 14 de abril de 2013

Los propósitos de Clay. Capítulo 3.

 Queen me mantuvo unos minutos expectante, mientras mi pregunta seguía bailando en la habitación, haciéndome sentir el dolor de la ignorancia. Sus ojos grises no tiemblan ni un ápice, se ha vuelto todavía más dura desde la última vez que la vi. Ni si quiera parpadea.
 - No, Clay – bajó la vista con sus palabras, y la levantó de nuevo  mientras se colocaba el Marlboro entre sus labios -. Otra se fue de Noches Frías durante el tiempo en que tú has estado ausente, y ahora Castle nos mantiene más vigiladas que nunca – levantó su pierna izquierda y la coloca sobre el edredón rojizo que cubría la cama. Su pierna desnuda me provocó una excitación instantánea, pero esta se fue de golpe cuando terminé de recorrer su pierna con mí mirada, desde su ingle hasta su tobillo, envuelto este en una especie de reloj negro -. Es un localizador – me aclaró ella ante mi asombro -. No podemos estar a más de un kilómetro del Noches frías, no podemos salir del desierto de Bates sin que Castle se entere.
 Una irá que bien pude reconocer recorrió todo mi cuerpo, al paso que mi cabeza pensaba algún modo para liberar a Queen de ese tormento.
 - Antes no tenía el valor ni la posibilidad de huir contigo. Pero puedo asegurarte que he ganado valor en estos últimos meses… - Queen me escuchaba sin ninguna ilusión, como quien escucha a un viejo amigo que siempre dice lo que nunca hace, pero que siempre encuentra una curiosa excusa para disculpar sus deficiencias -.  A ella no le quedarán muchos días de vida, aunque me hará pagar un alto precio por mi venganza  - llegados a este punto, esperaba su asombro, y eso fue lo que me regaló -. Ya me lo está haciendo pagar, pero seguiré encontrando el modo de lidiar con sus ataques.
 Queen no quería seguir escuchándome, y yo supe que no debería seguir hablando.
 Pasé muchas noches envuelto entre esa colcha rojiza, y también entre su cuerpo, sintiendo en mis labios el sudor que impregnaba su pecho, y desee férreamente volver a sentir las sensaciones que sólo ella es capaz de provocar en mí. Pero aparto de inmediato eses pensamientos de mi cabeza, sé que debo irme, aunque es lo último que me apetece hacer. Me giro hacia la puerta, ella no dice nada, y yo no quiero romper el silencio. Salgo al pasillo y sujeto la manilla de la puerta entrecerrándola lentamente.
 - Volveré -. Sentencio, y sin esperar su respuesta ni su mirada cierro suave y rápidamente la puerta.

 Llegó hasta el diminuto Ford Ka, sigue solitario en el aparcamiento frontal del Noches Frías,  tan solitario como yo. En pleno silencio alguien se suma a nosotros y se posa sobre el techo del coche mientras me dedica una mirada inquisitiva.
 - Guíame hasta ellos, Heraldo, aún quedan balas para alguno más.
 Heraldo emite un graznido de felicidad, levanta el vuelo y se posa en un poste de electricidad. Uno los cables adecuados para despertar al vehículo de su letargo, ruge de forma ahogada. Suelto el freno de mano, pero antes de hacerlo circular, dedico una última mirada a una de las ventanas altas del Noches Frías. Con su albornoz blanco me deslumbra desde la oscuridad de su cuarto. Arranco violentamente, sé que no le impresiona, pero maldita sea, sé que me está mirando.
 Continuó mi hazaña.















Esteban N. Santos.

jueves, 11 de abril de 2013

Reflejos de una podredumbre que inunda los movimientos.

 Siempre veo el mismo paisaje agonizante, en el que pocas veces se perfilan figuras que no sean delirios de una mente enfermiza y distante. He sentido una diminuta fuga en la ilusión, que va creciendo hasta transformarse en una incesante frustración. Motivos y causas no me faltan, pero a la vez descansan en aciagos estantes de la desesperanza.
 He topado un ancla que no me regala estabilidad sobre estas aguas, y me castiga con movimientos infaustos que de un momento a otro me lanzarán a un hoyo de espanto. No me asusta, ni tampoco me conmueve esta predicción, y naturalmente la espero con una absoluta apatía que me hace creer que efectivamente, se ha escapado la ilusión que en mí residía.
 Son vaivenes del tiempo, de las horas y de los momentos. Incluso de las demostraciones de esos monstruos que nunca se lleva el viento, y ahí permanecen, disfrazados de hombres, a punto de sobresalir en cualquier momento. Y sí, todos llevamos uno dentro. Castigo a mis emociones y a mis remordimientos, haciéndoles rememorar siempre funestos recuerdos.
 Sonrío, y tal vez tú también, presas del pánico ambos en algunos momentos. No soy yo un ejemplo para imitar en ningún tiempo, más tampoco tú lo eres y te sobrepones sobre cualquier caminante del universo. No doy lecciones de moral, porque mi moral puede que en alguna ocasión sea la propia para juzgar según mis descubrimientos, aun así tampoco esperes que reconozca tus hechos como hijos de un realeza de la bondad de comunes sentimientos.
 Me despido con prisa mientras busco el abanico del renacimiento, observo el paisaje agonizante, y elevo anclas en este preciado momento. Miro atrás curioso, para cerciorarme de que mis recuerdos siguen en el equipaje, elevo los pies sobre las aguas turbulentas, e inspiro una bocanada de este aire infecto.








Esteban N. Santos.