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domingo, 31 de marzo de 2013

Retratos difusos.

 Veo muchas caras, algunas llenas de sonrisas vagas, otras con pinceladas de la vanidad humana. En cualquier lugar por el que me mueva topo yo con seres desconocidos, y cada cual manifestando en su ser su historia. ¿Y qué son nuestras historias, si no  el reflejo de unos deseos inacabados?
 Me inquieta a mí la certeza de que entre esos cuerpos existe una variedad ilimitada de pensamientos. ¿Diferentes?, me pregunto, pero dejo de lado ese interrogante ante la imposibilidad de hallar una respuesta que me complazca. Es inquietante, insisto, pensar en la posibilidad de estar cruzándote con un futuro dictador, con un psicótico violador, o por qué no, con el próximo genio de la ciencia moderna.
 Tantas caras, tantas cuerpos, ¿cuántos pensamientos?





Esteban N. Santos.

jueves, 28 de marzo de 2013

La huida de Clay. Capítulo 2.


 Sopesé las posibilidades que tendría ahora, lo que espera detrás de esa puerta es demasiado grande ahora mismo para mí. Me muevo meticulosamente por toda la estancia en busca de alguna salida que nadie hubiese advertido, pero no hallo nada. Me quedo unos segundos sumido en mis pensamientos observando mi arma, cuando escucho un cristal que se rompe en algún lugar a mis espaldas. Me vuelvo alarmado, y apunto con el arma con el fin de disuadir a mi oponente fantasma cuando escucho resonar por toda la sala un graznido demasiado familiar para mí, Heraldo. Da un rodeo por toda la sala para terminar aterrizando sobre mi hombro, como tantas veces ha hecho antes. Me saluda, a su manera, y yo asiento. Mueve la cabeza para indicarme por donde deberé de emprender mi huida, me sonríe – vosotros no podríais distinguir su sonrisa. Camino apresuradamente hacia la diminuta ventana por la que él ha entrado, muy pequeña y muy alta, pero sé que Heraldo me ofrece mi única escapatoria. Subo hasta ese hueco minúsculo y consigo llevar mi olfato hacia un aire más limpio que el que respiraba segundos atrás. Miro hacia abajo, no hay mucha distancia, me dejo caer desde la ventana, esos escasos cinco metros. Caigo de pie, y mis piernas se flexionan haciéndome terminar besando el suelo. Me levanto lentamente, la caída no ha sido fortuita y mi pierna izquierda no contesta con su acostumbrada educación. Camino aun así hasta el primer coche que encuentro. Me alivia el hecho de comprobar que no hay ojos cerca que me miren juiciosos mientras fuerzo la fácil cerradura de este Ford Ka del 96. Arranco con un destino claro.
 He tenido la suerte de que el idiota propietario de esta carroza haya dejado el depósito lleno hasta el tope. Un privilegio en los tiempos que corren. Cojo la segundo salida hacia el desierto de Bates. Recorro un placentero kilómetro antes de llegar a mí destino, degusto con mis ojos un paisaje delicioso: tierra seca, árboles aislados, reptiles hambrientos… y ni rastro de humanidad. El motor del Ford ronronea mientras presiono el acelerador hasta su tope.
 Ahí está, con sus luces de neón, llamando a todas las bestias moribundas y solitarias que anden al acecho de un cobijo caliente. Las luces de neón me siguen llamando, pero no necesitan hacerlo, este era mi ansiado destino. Las luces rezan: Noches frías. Allá voy. Dejo el coche en la parte delantera. El Ford Ka que he robado hace unas horas, es el único en este lado del local. Asomo la vista al parking para furtivos, y allí hay una docena de coches caros y lujosos. Malditos.
 Entro en el Noches Frías empujando la puerta cual vaquero del viejo oeste, llevo unas horas sintiéndome un Clint Eastwood actualizado. Me acerco a la barra y pido un McCallan, aquí tienen buena vitamina. Llamo a Rosa, digo a Ros. Prefiere que la llamemos, Ros, la muy estúpida se cree más sofisticada de ese modo. Viene a trompicones dibujando una sonrisa en su grasiento rostro, tumba un par de sillas, la gran Ros siempre arrasa por donde pasa, literalmente. Pregunto por Queen, me dice que está ocupada, y sonríe.
 - La quiero ya, Ros – la miro desafiante -. No querrás hacerme esperar. Si está ocupada con alguna hiena, de las que veo que hay aquí esta noche, le dices que si la hiena no se va, Clay la hará desaparecer.
 Ros capta al vuelo mi mensaje. No es tan tonta. Tres minutos después estoy subiendo por un estrecho pasillo con luces rojas y paredes sucias.
 Queen está sentada en su tocador, está admirando su belleza frente al espejo mientras fuma un Marlboro, no parece muy contenta. Viste únicamente un albornoz blanco, que hace contraste con su melena negra.
 - Creía que no volverías – me dice con una voz apagada, sin volverse.
- ¿Vendrías ahora conmigo?











Esteban N. Santos

miércoles, 20 de marzo de 2013

Ignorancia entre mareas tormentosas.


No sé si llueve de verdad, o si
el sol me habla de amar.
 Tal vez nunca halle una verdad,
tú ves, que yo construyo mi realidad.
 Donde estés, a ti te da igual,
yo observo como te fugas en el mar.
 Mar en calma que nunca te buscó,
otros ansiaron lo que nunca se les concedió.
 Quizás tú no quieras engañar,
ya ves, es culpa de cierta sensibilidad.

 No sé si amar es una verdad,
verdad es, que huyes al despertar.
 La evasión me provoca cierta convulsión,
yo me labro siempre mi peor situación.
 Mi ignorancia es la madre de mi distancia,
situación bien cierta, que no huye entre tormentas.
 Tormentoso es pensar en la inmensidad,
inmensidad que nunca podré verbalizar.
 Dilato yo pequeños acontecimientos,
en los que ningún humano quiere intervenir.
 Intervengo yo y comparto espasmos cesados,
 mientras tú cesas mis fantasías, raptos humanos.

 No sé si vivo de verdad, o si
todo es una fantasía de la que no se puede hablar.
 Te encuentro entre viejos fantasmas,
y los fantasmas se convierten en mi mayor verdad.
 Verdad es que no existe de verdad,
una definición para todo lo que quiero no callar.






Esteban N. Santos.

lunes, 18 de marzo de 2013

Homenaje a un fantasma presencial.


 Tengo el corazón hecho un puño, la sangre corre por mis venas con exagerada prisa, no sé de quién huye. Mis manos están nerviosas, y mi memoria futura me dice que me dé prisa, ¿más prisa aún? Necesito calma, me gusta también la tranquilidad.
 Las letras empiezan a desdibujarse en mi cabeza, me cuesta encontrarlas y rodearlas con una nube imaginaria. Enciendo otro cigarrillo, y acciono la melodía de la tranquilidad – una de ellas -, pero insisten en esconderse de mi vanidad.
 Pienso en las musas olvidadas, pero claro, ya no me dicen nada. Pienso en las musas encontradas, pero claro, ahora quieren estar calladas. Y pienso en la soledad, pero claro, no es momento de dramatizar en exceso.

 Tengo el corazón hecho un puño, la cabeza llena de electricidad inerte que me confunde con ansias y me atemoriza cuando duermo, también cuando despierto. Piedras inamovibles y diamantes alejados de mi paso. La lluvia y el frío se mezclan con una nicotina que no tiene precio, pero sí destino. Y llego a su voz.
 Melodía estridente encadenada a una mirada colérica, no había visto nada tan dulce y tan lujurioso a su vez. Pero pronto se difumina y desaparece de mi vista, de mi recuerdo, de mi alcance.
 Me enfrento a un peso sin cuerpo, sé que está ahí, pero no puedo vencerlo. Se escabulle cuando estoy a punto de darle caza, y así me gana, así vuelvo a caer entre depredadores hambrientos.

 Tengo el corazón hecho un puño, la sangre… se calma y parece que no quiere continuar con su circulación mucho más tiempo. Mis manos siempre estarán nerviosas, y mi memoria futura se ha teñido de un color tan oscuro que no puedo divisar, ni tan siquiera, las advertencias que me manda. Cierro los ojos y sujeto mi corazón en el puño. No te muevas, le susurro.






Esteban N. Santos.

viernes, 8 de marzo de 2013

En la clave de tus labios.



 Fue un silencio angustioso, y unas palabras de tu boca que me hostigaron. Te desplazaste a un lugar lejano, pero seguías ahí, a mi lado. Poco a poco te distorsionaste entre una bruma inexistente.
 Sonreíste de pronto, y en tu rostro se perfilaron mil líneas que resaltaron una perturbadora y cautivadora luz en ti. Con una mirada fija, una voz que nunca tiembla, y unos pasos que siempre parecen saber a dónde ir, nos conviertes a todos en tus esclavos. Tu libertad no se compra, ni tampoco se vende, tienen sin embargo tus labios dueño, y así me convierto en prisionero. En una sombra oscura donde no te alcanzo, esa es la prisión donde debo vivir en estos días helados, y tu cuerpo no visita mi cama ni esta noche ni ninguna, pero aún lo espero. Me confieso aquí y ahora como un fantasioso engendro.






[Imagen: Zooey Deschanel]





Esteban N. Santos

jueves, 7 de marzo de 2013

Falsas esperanzas.

Me siento al amparo de una vela rota, escucho su melodía y me resguardo en el diminuto calor que despliega. Aquí todo es más seguro, ahí fuera está todo lleno de una especie de macabros leones que desean devorarte. No tengo armas para combatir en esta guerra, la munición es escasa, y las lágrimas caen en el olvido. A tu lado no tengo compañía, sólo una soledad real, y una pasión imaginaria, aquí todo es más seguro.
 Dicen algunos que los golpes nos hacen levantarnos con más fuerza, pero pocos hablan de los buenos gestos que nos hacen insistir con más ansias en la empresa de la supervivencia, y aquí todo sigue siendo más seguro.
  Desconecto de la realidad, porque he sentido buitres que me querían devorar. He desconectado, es cierto, pero la realidad aún sigue ahí, y por más que yo duerma y sueñe que la calma ha llegado, sé que es no es real.
 He creado esta esférica protección, donde puedo sentirme mejor, pero cuando salgo de ella me golpea una ráfaga helada que me hace caer con más fuerza, y levantarme con menos insistencia.
 Me siento al amparo de una vela rota, escucho su melodía y me resguardo en el diminuto calor que despliega. Aquí todo es más seguro.










Esteban N. Santos.