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domingo, 24 de febrero de 2013

Permisos denegados.




 Permite que te observe desde más cerca. Déjame ahora perfilar el contorno de tus labios con mis dedos. Mírame a los ojos. Quédate así, y no te muevas, déjame entonces sostener este momento en un tiempo inconcreto. Tú. Pide todos tus deseos en la noche del fin. No voy a abrir el baúl de esos deseos, pero te los concedo. Permite que te observe desde más cerca. Déjame ahora mover mis dedos entre la piel de tu inocente rostro. Y mírame a los ojos, porque no quiero dejar de mirarlos. Muévete con tu rebeldía nocturna entre mis manos desnudas. No te pierdas entre el murmullo, no desaparezcas entre otras manos que no sean estas. Pero no, pido algo que se aleja de lo que está a mi alcance. Tú. Envíame una mirada a través de este cristal invisible, deja que perdure este hilo que me une a ti un momento más. Sonríe, tus labios fueron hechos para sonreír, por eso tu rostro despega ese brillo cuando efectúas ese movimiento ascendente con tu boca.  Permite que te observe desde más cerca. Déjame jugar con tus dedos entre mis manos. La lluvia desvía el maquillaje que perfila tus ojos negros, y te otorga un aire de cierto dramatismo que aumenta tu magnetismo. Puedes moverte entre agujas, como lo haces entre arena de ceniza, y sigue resultando tu caminar de una simbólica belleza que no paro de admirar. Tú. Desvías las miradas, las manos escondidas en algún lugar recóndito, tu cuello envuelto entre la lana de esa bufanda, tus pasos dirigidos en contraposición a mi encuentro.
 Permite que te observe desde más cerca.







Esteban N. Santos.

lunes, 11 de febrero de 2013

Microgénesis temporal


Las imágenes se movía hacia adelante, y hacia atrás, como si estuviesen rebobinando una película para punto seguido correr de nuevo las imágenes hacia delante. Y así continuamente. El humo entraba y salía del cigarrillo, la cama se hacía y se deshacía con un parpadeo fugaz, la lluvia mojaba, y al instante todo se secaba, la bala salía y entraba de nuevo en la recámara. Todo era uniforme y confuso. Las cadenas, las llaves, las puertas rojas, los cristales negros, las hojas arrancadas, el fuego apagado. Los sonidos atravesaban cualquier barrera, hiriendo a todo ser vivo que los escuchara. Los animales se escondían, las personas gritaban y se sujetaban sus sucias orejas. Incluso los árboles se balanceaban furiosos, como queriendo escapar de ese despreciable sonido. Después llegó el silencio, pero no para todos, algunos seguían gritando aun cuando todo sonido externo se había apagado.
 Fue posiblemente el momento más confuso de la historia de la humanidad. No dudo de que todos se sigan preguntando que es lo que sucedió en aquel momento para que en todas las regiones de la esfera terrestre el tiempo se rebobinara y se adelantara seguidamente.
 Yo lo sigo haciendo, me lo sigo preguntando, a veces incluso espero que vuelva a suceder para cambiar algo que he hecho mal, y poder resolverlo a una velocidad digna de un superman. Pero la vida no funciona así, y al margen de que una vez hubiese ocurrido, no me alienta a seguir anhelando que vuelva a suceder. No controlo mi vida, no controlo mis fallos, y no controlo lo que sucederá dentro de dos minutos si quiera. Pero las imágenes de aquel día vuelven una y otra vez a mi memoria, no quieren irse, no se irán. Sueño con ellas mientras duermo, y también lo hago cuando estoy despierto.
 Y después de ese acontecimiento, yo, al igual que todos no he vuelto a hablar del tema hasta ahora. Y yo, al igual que algunos, ahora me siento más pequeño que antes, menos dueño de mis actos, menos dueño de mi vida. Es la consciencia de sentir que alguien te controla, lo que me hace temer por mí, y por los que me rodean. Es la consciencia de sentirte víctima de una película donde un espectador te está observando, y piensa rebobinar la cinta para recrearse en algo que probablemente no te concierna.
 Porque podemos ser más diminutos de lo que creemos.








Esteban N. Santos.

domingo, 10 de febrero de 2013

Transparencias de un amor inocuo.


 La conocí en una situación extraña, ella llevaba una rosa y yo latigazos en la espalda, ella estaba impecable con sus vestiduras, yo sucio y casi desnudo. Su piel era pálida y sus ojos se avergonzaron de verme; mi piel era oscura y mis ojos se avergonzaban de ser vistos. Había huido al paso del bosque para que nadie pudiese verme, y ella también, pero para encontrarse con su amante. Que no era yo.  Escondió con un impulso la rosa detrás de su vestido azul, lejos de mis ojos; y yo cubrí mi cuerpo con los brazos y bajé la cabeza, ocultándolo de los suyos. No había nadie más en kilómetros, seguramente el amante de la chica, pero estaría escondido en algún lugar del bosque que se levantaba a mi espalda. Me resultaba desagradable el sol que hurgaban incansable entre las yagas recién abiertas de mí espalda, y me hacía sudar llenándome de un hedor que incluso a mí me resultaba repulsivo. En cambio a ella, el sol la hacía todavía más deslumbrante, era como las hadas que me había imaginado de los cuentos que me había contado mi madre años atrás. Fue un momento pequeño en el tiempo, casi inexistente, pero preservé su figura, perfilada con tal delicadeza que debilitaría al más fuerte de los hombres, así la preservé en mi memoria.
 Ella se fue, siguió su camino y desapareció entre el bosque. Yo la seguí con la mirada, agazapado al amparo de una solitaria roca, allí me quedé, observando como se iba, y así me quedé una vez la hube perdido de vista. Creí ver sus ojos mirándome desde la maleza del bosque, pero seguramente fue producto de mi aciaga imaginación. Seguramente.






Esteban N. Santos.

sábado, 9 de febrero de 2013

Un millón de logros desconocidos.


 A través de la ambigua realeza de tu alma, y de las hipocresías de tu lengua, tal vez aparezca una desdichada respuesta a todas las incógnitas, y tal vez no quieras escucharlas. Con tus oídos sordos, con mis manos ensangrentadas, con tus ojos ciegos, con mis pies revueltos.
 Mientras la llama preserva su fuerza a lo largo de la cerilla que sostienen tus dedos, la observas como un símbolo de tu vida. Porque no estás hecho sólo de agua, también de llamas, es por eso que en ciertas ocasiones explotas y escupes las brasas que tu lengua quería apagar.
 Detrás de la fila desfilas, pero sigues desfilando, siguiendo un objetivo que nunca te hubo concernido, pero si tus oídos siguen también siendo sordos, y tus ojos ciegos, no existe de ningún modo la probabilidad de que encuentres el rumbo acertado para tu neófita causa, ni tampoco a ella misma, tampoco esa causa.
 Y ahí estás de nuevo, dibujando una sonrisa sin comprender por qué. Alzándote en un podio, sin conocer cual ha sito tu nuevo logro, pero desde la explanada, en dónde se alza el podio, miles de cuerpos te aplauden y vitorean. Has tardado, pero ahora lo ves con un poco más de luz, con un poco más de claridad, todos tus seguidores visten tu cara.









Esteban N. Santos.

viernes, 8 de febrero de 2013

Búsquedas sin fin en un fin irreal.



-Te lo presento-. - ¿Quién es? – preguntaste sinceramente. - Un cuerpo ausente -. No lo veías, me aclaraste de inmediato. Me tomaste por loco y te fugaste como un relámpago entre el cielo descubierto de Septiembre.
 -Te lo presento-. - Ya lo conozco – respondiste antes de que mi lengua rematase esa o. - ¿Por qué me mientes? – me suplicaste la respuesta, pero no la tenía, no había mentira en mi voz, ni tampoco en mis ojos. – Déjame, no quiero volver a verte, ni tampoco a escucharte -. Desapareciste de nuevo, pero esta vez como un arroyo desbordado de agua revuelta, revoltoso, impetuoso. Triste.
 - ¿Por qué me encuentras? – Indignada me preguntaste. – Porque soy indigno de que tú me busques. – No quiero hablar con dementes. – No soy ningún loco, ni tampoco ningún demente, es tu mente que no deja ver a tus ojos lo que tiene enfrente -. Me esfume, como el humo en el viento de Junio.
 - Puedo ver -. Me dijiste, sinceros eran tus ojos mientras hablabas. – Todos podemos ver. Me has buscado y encontrado, eso es de lo más extraño viniendo de tus pasos, ellos están perdidos y no saben si han acertado tomando este camino, ¿lo ves ahora, ya puedo presentártelo? -. Miraste decidida, clavaste tus ojos discontinuos en el aire extenso que se movía a mi derecha. Lo hiciste con tal ahínco, que creí que tus ojos saltarían de sus órbitas. –No -. Contestaste al fin, con una tristeza desconocida en ti. – Porque no miras como debes, y no es sólo deber, es el sentimiento de querer. El deber es un gran paso, pero no es el final. – ¿Y cuál es el final? – Imploraste nuevamente una respuesta que mi voz no podía darte. – El final no existe, es sólo un título, una etiqueta, el final es decir, objetivo querido, objetivo cumplido. Pero ahora quieres ver, y lo sientes como un deber. El siguiente paso es dibujarlo como un sentimiento. Sólo sabiendo que el deber es querer, el querer es sentir, y que el final no es real, podrás ver más de lo que tus ojos quieren que veas.












Esteban N. Santos.