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martes, 15 de enero de 2013

La culpabilidad y la conciencia.

 La culpabilidad y la conciencia se guían mutuamente dentro de tu cabeza para crear unos singulares torbellinos que harían débil al más feroz de los leones. Salvajes son las aventuras terrestres, en las que la civilización tendrá que verse envuelta en más de una ocasión en sus miserables vidas. Y ahí están esas dos mellizas, la culpabilidad y la conciencia, para hacerte la vida un poco más funesta. Son clavos, a veces trampas de una sangre que no se mueve de forma adecuada cuando debiera.
 Retuerces tus dedos calmando tu ansiedad, aprietas el cigarro en tus labios con la misma intención. Ansiedad que crea la conciencia. Pierdes la concentración en momentos cruciales y cuidado, porque podrían ser vitales. Minutos y segundos que forjan la historia de tu vida, una historia de la que eludirás muchos capítulos, esquivando tu protagonismo en escenas que no querrías volver a ver representadas pero que se suceden una y otra vez dentro de tu memoria, a veces impulsándote a caer en los mismos baches que un día te labraste.
 Y así son, esas dos singulares hermanas, viles seguramente, pero que son necesarias, un recordatorio para que dejes de rasgar en superficies que no tienen que ser tocadas, para que no escupas sobre ciudades habitadas, para que no huyas cuando todo está desmoronándose, para que te quedes y cambies las cosas.
 Pero nunca nada es suficiente con desearlo, y ahí aparece otro gran obstáculo, la vanidad, esa que te impedirá salvar tus errores, modificarlos, y crearlos en un apreciable capítulo que contar en algún futuro.
 Siendo así todo para mi escasa comprensión, no espero nunca que nadie coincida con mis palabras, de todos modos, supongo que todos coincidiremos en que la culpabilidad y la conciencia sumándole a la vanidad, son tres ingredientes que pueden ser catastróficos, o muy prósperos a la larga.










 Esteban N. Santos.

martes, 8 de enero de 2013

Siendo todo dañino con estos laberintos infinitos.


Toda daña. Las convulsiones imaginarias con esos intentos suicidas también. Todo daña. Incluso las paradojas existenciales que intentan abrir tu cerrada percepción.  Buscar más allá de la ciencia y de las palabras, y rebuscar dentro y fuera al mismo tiempo con el fin de descubrir que una mota de polvo tiene sentimientos. Muchos fines se explayan ante tal búsqueda, preguntas y respuestas, preguntas sin respuesta. Porque nos moriremos preguntando y siendo terriblemente necios, y porque vale la pena rebuscar ya que sólo nos han brindado unos cuantos días para empresa tan compleja. Abrir la mente, dejar que todo te llene y que nada entre como aire sin vida; susurrar tus creencias para conocerlas con más cuidado, conocer todos esos entresijos de tu imaginación humana. Fantasías reales. Abre tu cerrada percepción y deja entrar todo ese cúmulo de piedras que parece que no van aportarte nada. Todo daña. Saber no ocupa, conocer no culpa, aprender enseña, juzgar perjudica y volando creces. Volar es complicado, es cierto, sobre todo si cerramos la puerta que permite levitar sobre nuestra cama – dormidos o despiertos -, si cerramos la ventana que enseñó una vez que imposible es tan sólo una palabra creada por los humanos. Dominación y control desde tiempos ancestrales por seres jerárquicos y vanidosos. Porque uno dijo que era imposible y le creísteis, le creímos. Y todo daña, porque queremos cerrar los ojos a revelaciones de las que nuestras mentes no saben nada palpable. Esperando la aprobación de masas, escuchando las críticas irreverentes de seres inteligentes pero con un ego demasiado creciente. Cada uno tiene la libre elección, puedes mirar y no ver, y puedes carecer de tal facultad y ver todo con más detalle, y conocer a su vez la realidad que se levanta dentro de ti, a tu lado, también lejos de ti.
 No usaré un finalmente para concluir, porque no busco coherencia en estas desordenadas letras,  unos querrán entender la finalidad, y otros me tomaran por el ignorante que soy, pero lo cierto es que espero seguir alejándome de las realidades destructivas para seguir adentrándome en realidades más extremas. Somos diminutos, y muy grandes, con todas nuestras particularidades podemos ser lo que queremos, pese a que nacemos muchas veces limitados por la naturaleza de nuestra genética o de nuestra suerte. Todo fluye tratando de no tropezar, desde el cosmos hasta las hojas que caen en otoño, pero siempre hay un roce que no está ahí por casualidad y puede desplazarte a un lugar que escapaba de tu anterior percepción. Todo daña.










Esteban N. Santos.