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martes, 24 de diciembre de 2013

Leyes del subconsciente.

 No abandono el lamento con cada uno de tus movimientos, no. He firmado un trato con la distancia, para mantenerme lejos siempre de mi anhelo.

 Suspira en su decoro, sin tener conciencia del pasado, y acabo yo vagando por un sinfín de caminos que me aparcan en el olvido.

 La melodía de tus ojos me señala en una oscuridad que he programado sin pretenderlo, distancia y lamento. Aislado en mi perdición, sin el consuelo del tinte de tus labios, con la sinfonía de tu apresurada despedida. El rastro de tu esencia pulula a mi alrededor mientras tú te recortas por la siguiente esquina.

 Ha olvidado la herida que causó en un tiempo pasado, sin embargo danza en mi memoria como una advertencia del rencor que me doblega. Con sus palabras y sus constantes muestras de apego llama a las puertas de mi constante caída.

 Desvelo, es lo que me causa la expectativa de tu encuentro. Aunque la verdad siempre difiera, tu estridente voz es morfina para este esperpento. Mis caricias te golpean como agua fría, para que busques cobijo en la intemperie huyendo sin tu camisa.

 Silencio, es mi más cordial respuesta a la premisa de asaltar sus sabanas en esta desdicha. Perseverancia ante una iniciativa que surgió con la distancia, y me hace pensar que sólo se mantendrá si permanezco en esta rígida posición. Sus propósitos simulan claros, sin embargo antaño también semejaron serlo.

 No soy hombre de acción, primero me amparo en larga meditación. He firmado un trato con la razón, que me castiga cuando hago cualquier endeble infracción.
 





Esteban N. Santos.

lunes, 23 de diciembre de 2013

El hielo es parte del atrezzo.

 Estudió su reflejo en el espejo del baño, sobre el mismo retrete, y no le gustó lo que veía. Arrancó, con sus huesudos dedos, una tira de piel helada. Como cristal. Dejando una larga yaga roja, nacía en la comisura de sus labios y moría en sus parpados legañosos. Sonrió, pues la sangre no escapaba de la herida, se mantenía firme, como ella.
 Salió del baño, danzando al son de una música que sólo sus oídos percibían, esquivando las masculinas estatuas de hielo que por todo el pasillo se extendían. En el fondo del corredor una puerta de latón la esperaba, era roja como la sangre. La abrió, manteniendo esa enigmática sonrisa que tanto la caracterizaba.
 Ella baila sola, y también trabaja sola.
 La habitación del fondo estaba repleta de figuras de hielo, como las del pasillo, todas ellas eran varones. O lo fueron algún día. Continuó su danza alrededor de éstas, hasta llegar a un gramófono dorado, lo accionó y el sonido de su piano resonó por toda la estancia. Su danza continuaba ahora con música audible.
 Un foco colgaba del techo, apuntando directamente al centro de la habitación. Le gustaba iluminar a sus víctimas. Y él la esperaba ansioso, amordazado a una silla de metal.
 - Me llaman la mujer de hielo –resonó una estridente carcajada de su garganta-. Tonterías… El hielo es tan sólo mi talento, nunca llegué a contraer matrimonió con él.
 Posó su mano sobre la rodilla del hombre, y la subió lentamente hasta su ingle.
 - Espero que el frío sea digno de tu excitación.




Esteban N. Santos

martes, 10 de diciembre de 2013

Suplica su segunda humanidad.




 El tinte rojo de las sábanas no se ha ido. Todavía se huele en la habitación el olor de la sangre de la víctima. Por las calles hablan de su poesía, sus amantes hablan de su osadía. Mientras tanto, él rompe el silencio nocturno con el coche de su última amiga.
 El tinte rojo de las sábanas sigue intacto.
 La huida había sido el único arte que él conocía, arreglándoselas noche y día para robar el talento de todo aquel que estuviese en su punto de mira.
 Ladrón violento, escapista raudo, asesino inepto. Todo en su vida señalaría a un final de tormento, pero aplazaba ese momento con su continua huida.
 El olor de su sangre se adhiere a todas las esquinas, ella era arte en movimiento, ahora el cobarde le arrebató su talento con una caja de cemento.
 La injusticia es la reina regente en esta civilización demente. Los dementes se suceden con más celeridad que las hormigas de verdad. Es el ocaso de la especie, y ella reclama al cosmos una segunda oportunidad para poder satisfacer sus ojos verdes con el dolor del prófugo del servicio moral.
 El tinte rojo de las sábanas está pegado a la piel pálida de la última amiga. Se aprecia un movimiento en la habitación del asesino, el cosmos a ella ha atendido. Ahora el cosmos interfiere en los sinsabores de la humanidad.
 Los ojos verdes de la última amante rompen el sellado que el asesino había causado. Las heridas de su cabeza se curan al son del latir de su renacido órgano motor, mientras aparta las sábanas de su cuerpo arrancando, sin pretenderlo, leves tiras de piel ensangrentada.
 El coche en el que viaja el escapista no se mantendrá en funcionamiento mucho más tiempo, el motor ya se empieza a quejar, y en su fuero interno él advierte la proximidad de su final.

 El universo a merced de la dama se ha postrado. Tañerán juntos los próximos réquiems, repartiendo la justicia del cosmos que muchos parecían haber olvidado. 



 [Ilustración: Masoume Rezaei]




Esteban N. Santos.

jueves, 28 de noviembre de 2013

No robes el rubí.

 Su nervioso pestañeo me pone alerta. Su tez pálida y tersa me seduce en esta contienda. Sus labios carmesí me hacen esperar lo peor del sí.
 Y digo .
 Su boca entreabierta. Su lengua rodeando sus labios color carmesí. He recordado que he robado un rubí.
 Y digo .
 Mis ojos se deslizan de sus cuencas. Mis nervios siguen alerta. Mi tez pálida y mugrienta se agrieta. Mis labios sangran entre la contienda.
 Y dice no.
 Mi boca entreabierta. Mis dientes entorpecen mi lengua. Ha recordado que mi mente es funesta.
 Y dice no.
 Sus piernas escapan por la salida de emergencia. Mis convulsiones atropellan mi persecución de la perla. Su fragancia era un arma disfrazada de seducción discreta. Mi aparato respiratorio se colapsa con un veneno que olía a la esperanza perfecta.
 Y dice desde las tinieblas:
                               “No pido disculpas porque me había confundido de puerta.”





Esteban N. Santos.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Señales del próximo conflicto.

 El café se ha derramado, ya nos hemos distanciado.
Sobre fantasías es mi obra, así como las vidas de estos habitantes.
 Los nudos se han fugado, ya nos hemos olvidado.
Se refugian en palacios de Cristal, ignoran que se rompen con facilidad.
 La espada se ha desatado, ya comienza lo esperado.
Sobre el pasado no hemos aprendido, sentiremos de nuevo el filo.
 Las aguas se han agitado, ya la tormenta han alcanzado.
Se empieza con piedras despuntadas, y acaba de escarlata el silo.



Esteban N. Santos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Sin.

 No hay libertad más necia que aquella que se acuesta con los garrotes en la puerta. Y se ahogaba a solas y a escondidas, con un reflujo de emociones invalidadas por las circunstancias de una vida que se escapaba entre distancias.

 Distancias de ahogos, ciertos apegos a causas siempre perdidas, bajo ese manto de estrellas apagadas. Dos entes se repelen, imanes mal tejidos a las comisuras de esta materia, y los garrotes impedirán que la distancia se rompa como el cristal.

 El cristal sólo le dejaba mirar, y pese a romperlo con facilidad nunca lo pudo atravesar. No tenía libertad y, una vez más, anochecía con los garrotes en sus posiciones indicadas, sin ser acertadas.
 





Esteban N. Santos.

jueves, 17 de octubre de 2013

El Heroico Clay. Capítulo 6.

  Me gustaría seguir en Zaratustra, mucho, pero he vuelto a este pueblo singular al que llaman Ratcans. Pero mi estancia aquí será breve. 
 He dejado mi flamante vehículo en un camino pedregoso que hay antes de cruzar el pueblo. Quería entrar caminando, analizo mejor la situación cuando camino sobre mis piernas y no sobre ruedas. Llevo una mochila negra y marrón que se enlaza en mi pecho con un “cierre de seguridad”. Un regalo de Devi. Heraldo planea sobre los edificios de Ratcans, tantea el terreno delante de mí.
 Me adentro en el último edificio deteriorado por el fuego y el abandono. No tiene ventanas, y la puerta de la entrada era de madera podrida, además estaba entreabierta. Lo he considerado una invitación. Hay ciertas y vagas divisiones entre una y otra habitación, son de ladrillo rojo como si quedaran a medio construir. Hay amagos de muebles, aquí y allá, y también de electrodomésticos, todos ellos llenos de arañas, polvo y una larga serie de excrementes inidentificados. Por la esquina izquierda del edificio sube una escalera de cemento sin pasamos a ninguno de los lados, y custodiada por la pared y sus grandes ventanas sin cristales a la izquierda. Subo hasta el piso más alto. Registro todo el piso, no hay nadie, buen lugar para establecerse. Me siento en el suelo, frente a las escaleras, y saco de la mochila unos prismáticos.

 Cae la noche. Nadie ha subido, ni siquiera entrado en este edificio. Sin embargo veo una tenue luz en el edificio de enfrente que proviene de un pequeño fuego. A su alrededor hay tres hombres y dos mujeres, comen ansiosos al calor del fuego. Tienen los brazos llenos de magulladuras y las ropas hechas jirones. En la oscuridad vislumbro cinco formas caninas, aunque con la distancia y la oscuridad ni los prismáticos me sirven para detallarlos más. Aunque no hará falta, bien sé lo que son.  Espero paciente a que todos los ojos de Ratcans duerman, incluso los de los caninos. La última luz en desaparecer es la de mis vecinos del edificio de enfrente. Perfecto, ahora Ratcans está a mi merced.
Cabalgo la mochila a mis espaldas y a Heraldo a mi hombro derecho, y bajo hasta la calle desierta. Realizo mi ruta lentamente, debo pararme cada vez que me topé con uno de esos tubos salientes de los desagües, no te voy a decir lo que estoy haciendo es sorpresa de alquimia. Llego hasta el Tiffany’s y siento náuseas sólo con ver la desvencijada puerta del bar. Heraldo tampoco está a gusto y se revolotea inquieto sobre mi hombro. Saco del bolsillo de mis pantalones un par de hierros oxidados y los introduzco en la cerradura. Demasiado fácil. El interior del bar presenta el mismo deterioro que la última vez, un día les comerá toda esta mierda. Sonrío. Me dirijo hacia la puerta metálica, para mi sorpresa no está cerrada, y entro en el coliseo.

 Amanece un día nuevo y caluroso en Ratcans. Hacía tiempo que no me levantaba tan contento. Me paso la mañana en el edificio donde me había estancado el día anterior, es un sitio tranquilo, y me preparo para la noche grande del coliseo. He tenido suerte, debo admitir, según rezaban los panfletos que cubrían las paredes de los edificio, hoy es la Noche Grande. Espero ansioso, observando desde las alturas a los perversos habitantes de Ratcans con sus deformes caninos, hasta que suenan unas sirenas en todo el pueblo y todos se lanzan con sus bestias a la calle. Espero a que todos hayan entrado, y una vez han entrado continuo esperando.
 Dos horas después del sonido de las sirenas llego a Tiffany’s, y al coliseo. Empujo la puerta metálica violentamente y no me sorprende que nadie me preste atención. Las luces del coliseo no se han apagado, y veo a todos los habitantes en sus butacas con sus trozos de carne bañando sus ropas. En la arena están todos los caninos, no falta ninguno, se miran unos a otros amenazadoramente. Bajo por unas escaleras estrechas hasta llegar al pie del coliseo, subo por el alambre de espino y me dejo caer en la arena. La caída es fortuita esta vez, empiezo a ser un especialista en saltos de gran altura. Los caninos están confusos, me miran todos a una vez.
 - Hescans no más.
 El canino más grande comienza a aullar, y todos los demás le siguen, creando un armonioso coro. Me saco la máscara de gas y la sujeto con mi mano derecha, cuando entra en la arena uno de los castigadores de caninos. Se sujeta a las paredes para no caer al suelo, pero todo esfuerzo es poco, y me dedica una última mirada incriminatoria antes de caer muerto al suelo, como el resto de los habitantes de Ratcans que yacen muertos en sus asientos.
 Conduzco al exterior a los caninos, y todos me siguen cual líder. Llegamos hasta la frontera de Ratcans, haciendo una especie de ceremonia de liberación. El canino más grande se acerca a mí, hasta tener su cara a un aliento de la mía, se tumba en suelo y baja la cabeza. Los demás le imitan.
 - Hescans no más. Ratcans es vuestra – digo yo, inspirado por la situación.
 El canino más grande rompe el silencio con un aullido, y los demás le vuelven a imitar. Ahora soy su líder.
 Salgo de los límites del pueblo hasta alcanzar el coche, y dedico una última mirada a Ratcans. Un enorme ejército de caninos me mira agradecido.
 Miro a Heraldo orgulloso, y me devuelve la mirada complacido.
 - Farrah no durará mucho más –le digo a mi compañero.
 Heraldo alza el vuelo, rompiendo el viento con un graznido demencial.




Esteban N. Santos.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Días lentos.

Respiro un aire cargado de hipocresías,
 así es que la desconfianza me domina en estos días lentos,
insustanciales. Secos.

Espero a que las piedras estén mojadas,
 así me comprenderá el ambiente.
Al menos el ambiente.

Me retuerzo entre pesadillas opresivas,
 respirando este aire cargado de ignorancia. Ignorante ignorado
soy en estos días lentos.

La tierra se mueve a la misma velocidad
 Y mi percepción se ralentiza, recreándose
así en todas las mentiras.

No me conmueve vuestra felicidad,
 tan variable e insustancial. Todos se prostituyen
ante una mejor oportunidad.

Palpita mi órgano motor a una velocidad descabellada,
 dándome la sensación de querer hacer estallar
esta mi opresión martirizada.

Suena la melodía entre las paredes.
 Siento el silencio en las sienes, mientras planteo
todas las hipótesis existentes.

Sufro de paranoia y rencor.
 Son mis males y mis bienes, aún espero a que caigan
esas gotas de verdades en ciernes.

Sequedad. Distancia desasosegante
 que atraviesa las fronteras racionales,
así golpeo las paredes invisibles, irrompibles.

Respiro este aire cargado de hipocresías,
 y desconfío de todas las miradas sencillas.
Esas ladillas que amarías…

Silencio opresivo en estos días lentos,
 yo respiro aire de prostíbulo y lamento,
con hipótesis, secretos, y miedos.







Esteban N. Santos.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Un nudo en la garganta.

 Tengo un nudo en la garganta. Siento un escalofrío nauseabundo que recorre todas las extremidades de mi cuerpo. Enjuto, uniforme, pálido. Palidezco con cada gemido del reloj anunciado otra hora mal invertida en la empresa de la autocompasión. Me aprieta, este nudo, con fuerza, hasta el crucial punto de creer que me ahogaré en el próximo segundo. Ahora escucho atento en el adusto silencio de mi habitáculo, y siento un grito interno que hace tambalearse a todo mi cuerpo. Solo grito por dentro. La desazón que me produce esta pasividad me produce desproporcionales ganas de emitir un grito profundo, que nazca en mi garganta y se pierda con el viento. Sin embargo sólo grito por dentro, sólo por dentro. El nudo, sí, me aprieta, lo escucho y me advierte de que no sólo quiero gritar, también necesito descargar vacuas lágrimas de mis ojos muertos.

 Pálido, como el sin vida. Uniforme, como la bestia indefensa e inofensiva… y que sin embargo ofende.

 Porqué, me pregunto con un susurro; pues tengo una falta de energía corpórea que no me permite alzar la voz más allá de esta nota sorda. Escupo, una y otra vez, pero las palabras, los gritos y las lágrimas continúan resguardándose en este maldito nudo que no ceja en su empeño de cortarme la transmisión de oxígeno. Cierro los ojos y respiro, lo hago con calma, inspiro por la nariz, espiro por la boca. Y admito que siento cierta calma mientras trato a duras penas de descargar mi mente de todas sus aspiraciones, miedos, deseos y paranoias. Lo peor de esta autocompasiva empresa es que cuando todo comienza a teñirse de un blanco puro, se lanza cual avalancha toda la negrura que mi mente enferma abarca.

 Tengo un nudo en la garganta. No sé cuándo se ha instalado ahí, e ignoro si querrá quedarse mucho más tiempo. Siento la prisión que es este cuerpo, no me deja expandir mis extremidades más allá de lo lógico y cuerdo. Advierto todos los límites que me impiden avanzar con ansia en esta escabrosa existencia, los advierto todos, no sorteo ninguno. Me grita una molesta y monstruosa voz dentro de mi cabeza, como si estuviese a mi lado, pero no… está más cerca. Se debate dentro de mí una lucha interna entre dos voces que desconozco. Una molesta y monstruosa, la otra sensible y miedosa. No hay equilibrio en mí. Paranoias, obsesiones, miedos, inseguridades y debilidades. ¿Así qué es esto todo lo que me conforma? Dime entonces qué clase de enfermo soy… ¿Un incapaz de la sensibilidad? Seguramente, pero más seguro es que sea un autocompasivo trastornado.

 Tengo un nudo en la garganta, y no me libro de él con estas malditas palabras. 






Esteban N. Santos.

sábado, 27 de julio de 2013

Silencio solitario.

 En el silencio solitario hablo con voces que pocos conocen. Unas mutilan mis creencias,  otras alaban mis falsas creencias, pocas me hablan con sinceridad de la realidad. La vela se vuelve larga, y la noche se torna a veces corta; dame un suspiro para el Requiem, que aún ondean en el cielo las banderas rotas. Discuto en silencio con todas mis voces,  les grito en ocasiones con los ojos, y también las golpeo con mi quietud. Son mis más cercanas consejeras, no son fiables ni sinceras, pero son las que mejor me conocen, y las que mejor torturan todas mis sentencias. El humo a veces las perfila, y dibuja sus desfigurados rostros, extensiones fantasmales de mis más tortuosos pensamientos.
 En el silencio solitario hablo con mis voces que nadie conoce. Tú has de tener las tuyas, también las mías son secretas para ti. Baúl sellado de falsas certezas. Su don es la tortura, todos lo hemos de saber. Conversar con estas voces pone en entredicho mi cordura, pende de un hilo. Cual hilo me separa de caer en la más brillante verdad no lo sé, y no topo brillos, ni melodías, ni colores en este solitario silencio que envuelve otra muerte de la luz. Hemos discutido noches cortas y largas sin llegar a un acuerdo común. Ya pierdo la esperanza de alienarlas a todas en un mismo fin. La destrucción es terrible, sobre todo cuando avanza dentro de ti, es un alud incontenible, pero aún ondean las banderas rotas en el cielo añil.
 En el silencio solitario hablo con mis consejeras voces. Es el momento de libertad para el hombre común, mientras todos duermen en su lecho, cuando todos sueñan con un buen porvenir. Seguiremos este discurso hasta que el cielo se dibuje azul, y en cielo ondeen las banderas rotas, así comenzará otro día de la lucha con fin. 





Esteban N. Santos.

lunes, 22 de julio de 2013

Los negocios de Clay. Capítulo 5.

 Aún se revuelven mis entrañas recordando el atroz espectáculo que se celebraba en el interior del Tiffany’s. Me alegra haber dejado atrás Ratcans, y ya diviso Zaratustra, otro síntoma de mi repentina felicidad. Es una pequeña y elegante ciudad –en su mayor parte-, repleta de casas vitorianas, y otros edificios de arquitectura gótica que se combinan con los anteriores con una sutileza majestuosa. Viro a la derecha, y el Ford Ka empieza a trastabillar sobre el adoquinado de piedra, giro nuevamente para alcanzar una enorme explanada, perfectamente asfaltada. Es el Parking principal, en Zaratustra no hay lugar para los automóviles modernos. Estaciono en un diminuto hueco que hay en medio de dos elegantes vehículos de los años 40. A lo largo del kilómetro de parking no hay sino vehículos como los que custodian mi moderno Ford Ka, ¡que coche tan futurista he robado! Me río cual loco, mientras Heraldo se posa en mi hombro. Está entusiasmado.
 Retorno al camino de piedra, y camino por Retorno, la calle principal –y la más amplia- de Zaratustra. Los hombres visten, en su gran mayoría, abrigos largos y oscuros, sombreros de copa –también oscuros-, y bastones con puño de oro. Las mujeres visten corsés ajustados, y faldas de enorme tamaño que han de ir levantando a cada paso con sus manos; y todas estas ropas lucen colores de lo más vivos. Pero a mi poco me preocupa este detalle, estoy ya acostumbrado a las gentes de Zaratustra, les gusta vivir en el pasado, a mí a menudo también me gustaría fantasear con ello.
 Sorteo, con un salto inesperado, a un hombre que se ha interpuesto mi camino, mientras trataba de entrar en la calle marginal de la ciudad. Son los suburbios de Zaratustra, la calle fue etiquetada mucho tiempo atrás con el nombre de Eterno. Los edificios son altos, y no dejan aire entre unos y otros, además todos parecen deteriorados, pero sólo es la fachada, aquí todos saben secretos que el resto de los humanos desconocen. Muchos artistas viven en el interior de los edificios que me rodean, tratando de rememorar una época anterior y creyendo que con ello despertarán al Wilde que creen llevar dentro. Llegan a mis sucios oídos melodías de lo más dispares; salen por las ventanas y se combinan en la larga calle creando una caótica banda sonora.
 Pero no me interesa topar ningún artista. En el fondo de la calle está la zona más lúgubre, y cerrando Eterno está un alto y estrechísimo edificio que parece en ruinas, he ahí mi destino. En esta zona están los llamados Alquimistas, Brujos, Hechiceros… Cada cual los llama a su modo, pero todos saben que son maestros de las artes oscuras. Yo busco a la más temida de ellos; entre susurros la llaman Devi, aún sin saber por qué, y yo también lo hago ya que su nombre es un misterio para todos. Me acerco a la puerta, en ella hay grabada una calavera amenazadora, y bajo este grabado golpeo tres veces con mis nudillos. La puerta se abre lentamente y nadie me recibe desde el interior. “Entra”- me ordena una voz infantil y perversa. – “Ya sabes dónde estoy, sube. No tengo todo el día” -. Obedezco sus órdenes, nadie es tan estúpido como para desobedecerlas. Subo por unas monstruosas escaleras hasta llegar a un pasillo largo y estrecho. Una mortecina luz sale de la última puerta a la izquierda, es la única que está abierta. Sigo hasta ella y entro con precaución.
  Devi está sentada tras un enorme escritorio adornado con figuras tenebrosas por doquier. A mi derecha se extiende una estantería que ocupa todo el largo de la pared, y está repleta de libros, que a mis ojos diría que están desordenados. A mi izquierda se extiende otra estantería de las mismas dimensiones que la anterior, pero ésta está llena de frascos repletos de líquidos de multitud de colores, y todos están meticulosamente ordenados y etiquetados. No hay ninguna ventana en la habitación. Detrás del escritorio hay un cuadro que ocupa casi toda la pared. Me pararía a describirlo, pero me llevaría mucho tiempo, y ni yo entiendo que son todos esos confusos grabados. Como he dicho, Devi está sentada tras su escritorio, lleva unas elegantes gafas negras y parece estar estudiando alguna fórmula nueva y secreta de un libro en apariencia antiguo.
 En cuanto cruzo el umbral de la puerta cierra el objeto de su estudio, levanta la cabeza y me observa con una larga y sincera sonrisa. Se levanta de inmediato a darme la bienvenida. Su pelo es rojo y largo, aunque tiene reflejos azules que me hacen recordar el fuego. Llega velozmente a  mi lado, sin dejar de apuntarme con sus ojos escarlata. Se mueve como una bailarina equilibrista, siempre parece estar moviéndose al son de una melodía que nadie más escucha.
 - ¡Cuánto tiempo, Hombre Perdido! – Me llama así desde que me vio por vez primera - ¿Ya has encontrado tu camino?
 - Estoy caminando sobre él.
 Me mira con una sonrisa confidencial, y me abraza con sus pequeños y blanquecinos brazos. Me señala la silla en que debo sentarme, y ella danza velozmente hacia su posición inicial.
 - ¿Qué andas buscando, Hombre Perdido? ¿Hay alguien que deba morir? Debes de ser más discreto – me tiende un periódico abierto -, ¡dejas un rastro enorme!
 - Fue un desliz… Ahora actuaré con más cautela. He estado en un lugar, y... debo volver. Necesito algo que aniquile discretamente en masa, pero sólo a un determinado tipo de seres.
 - Me interesa - su rostro, alegre y jovial se torna serio y calculador, mientras se ajusta las gafas sobre su diminuta y puntiaguda nariz -. Continúa. 










Esteban N. Santos.

jueves, 18 de julio de 2013

Realidades ajenas.

 Las realidades están suspendidas en una galaxia lejana, todas ellas se evaporan y buscan su lugar lejos de éste. Nunca se adaptan. En los fondos submarinos sobreviven algunas ufanas, creyendo que su realidad es más poderosa que las otras. Todas las realidades están suspendidas en algún lugar. No hay verdad.
 Te suspendes en el viento de la noche, te zarandea a placer hasta llegar a una superficie sólida. Otra verdad. Mi verdad estaba en el viento. El aire que entra en nuestros pulmones está formado por realidades ajenas a la propia, y se adentran con poderío en nuestro cuerpo ocupando esos huecos vacíos que aún no querías ocupar. No es tu verdad.
 Me suspendo en ésta agua oscura, me mueve con suavidad mientras me arrastra a su interior para que por mis fosas nasales entre, como un alud, esas realidades que tratan de sobrevivir. Me impulso a la superficie en busca de aire para respirar. Nunca respiramos sin que entre una realidad ajena a nosotros en nuestro cuerpo. No es mi verdad.







Esteban N. Santos.

jueves, 4 de julio de 2013

Una revelación inaplazable.

 Deambulaba por un camino rodeado de árboles a ambos lados. Pensaba en el orgulloso león, tan fiero y sin debilidad alguna, ¡cuánto me gustaría ser un león! Es una banal ilusión, incrementada gracias a continuados sueños que tuve en los que éstos se habían presentado, seguro que sólo era eso.
 Miré hacia atrás, había una calma tenebrosa, y eso me inquietaba. Los árboles que custodiaban el camino se estaban cerrando a mis espaldas, unían sus brazos allá en lo alto, cubriendo el cielo azul del verano.
 Un mal augurio, habrían dicho los viejos sabios.
 Pero los ignoré; puesto reinaba una calor abrasadora, en el cielo no había ninguna nube, ni blanca ni gris, y el cielo vestía ese azul celeste propio de las celebraciones del Oeste.
 Algunos decían que los días de verano como este jamás eran símbolo de mal augurio. Algunos siempre tienen que hablar sin motivos ni razón.
 Alcancé un arroyo de agua dulce, me refresqué cuanto pude en él. Después de dejar a un lado los mareos que me produce el incesante Sol, dejé que el agua del arroyo se calmara, y esperé con cautela a que su reflejo apareciera. Pero nada sucedió. No apareció entre esas aguas tranquilas. Entonces lo supe con seguridad.
 Había sido un espejismo, debería de haberlo sabido, sólo había sido un espejismo. Y ya se había ido.





Esteban N. Santos.

domingo, 23 de junio de 2013

Hedor.

 Soy el abandono putrefacto que cubre mi viento de clausura, el viento de partida. El desinterés me domina, no manifiesta mi ser ansias por ninguna partida.
 ¿Qué es ser? Yo soy ceniza. Mi corazón palpita lentamente, mis manos se convulsionan estrepitosamente. No siento nada.
 El viento está aquí encerrado, como al comienzo de la partida, no lo dejo huir, mientras se agotan los cigarrillos en esta maquinaria perdida. Toda está podrido, desde mi piel, hasta el aire que todos estos cuerpos respiran.
 Las preguntas me invaden, noche y día. Respuestas me faltan, y ya siento en mi piel sobresalir los huesos quebradizos que sostienen esta marioneta. Los hilos ya no me guían.
 Soy un abandono, y el viento que me rodea lo clausuro, como si fuese a crear magia con esta bruma. Huelo la putrefacción, pero no topo ansias para limpiar este continuado hedor.
 ¿Qué es ser? Yo soy humo. El tiempo gobierna la vida, no he hallado a ese ser que tanto nos esclaviza. Mi mayor torturador es esta mente mal entretejida. 






Esteban N. Santos.

miércoles, 12 de junio de 2013

El escapista vengado.

 Rehúyo del amor, es mi fobia, por eso estoy corriendo por este desierto. La arena rasga mis dedos protegiendo su lugar en el mundo, mientras yo la remuevo con mis pies, tan tuertos y feos, alejando cada granito de su posición de felicidad. Comprendo ahora las tormentas de arena. Y no puedo más que disculparme, si pudiera volar no tocaría nada, no os tocaría y levitaría entre el viento. Ese es mi sueño. Mi boca se seca mientras camino, con los pies en la arena, y con la cabeza perturbada por el insistente sol. Pierdo la estabilidad, y amenazo con abalanzar mi obsceno cuerpo sobre la inocente arena, lo controlo aun así  a trompicones mientras arrastro los pies en una línea recta e irregular. Los granitos de arena comienzan a planear su venganza sobre mí.
 Mi boca, entreabierta, me pide agua, mis ojos entrecerrados divisan toda clase de espejismos, el desierto es una venganza. Puedo caminar entre este absoluto vacío con los ojos sellados, está demostrado, nada entorpece mi paso, y así continúo largo rato – no puedo precisar cuánto-. En un arrebato de valor abro mis sensibles ojos grises, el sol me azota con fuerza por el frente, y mis ojos proyectan imágenes borrosas frente a mis pies, que descansan ahora como plantados en la arena. Llevo mi cabeza al cielo, esperando quizás, una muerte más rápida que esta, pero no viene y soy un cobarde. Miro al frente, esperando poder ver una fuente repleta de agua, y como un regalo –o un castigo- del destino, vislumbro un pequeño Oasis a poca distancia de mis pies ensangrentados. Apuro entonces mis pies hacia ese ansiado destino con los granitos de arena filtrándose entre las yagas de mis pies. Sonrío por dentro, porque no tengo fuerzas para obligar a mis labios a alzarse, y goza mientras tanto mi imaginación con la expectativa. Siento ya la hierba en mis pies, y mis ojos vislumbran un pequeño y extravagante manantial, dejo caer mi cuerpo sobre él.
 He debido de ser muy lento en mi descenso, ya que sólo siento bajo mi cuerpo la caliente arena del desierto. Lloro por dentro, porque ya no tengo lágrimas que mis ojos puedan evacuar. Alzo levemente la cabeza del suelo, sabía que si caía no toparía fuerzas para levantarme de nuevo, y escucho mientras observo, un furioso rugido del tiempo. Los granitos de arena se arremolinan con el viento, su venganza ha llegado y sin pausa vienen a echarme de los colindes de su reino. Topo ahora, con el goce del fin bien cerca, las lágrimas y la sonrisa que aguardaban este preciso instante en la trastienda.
 He sido un escapista y he caído en mis trampas, el desierto se ha vengado en honor a todos aquellos a cuantos he engañado. Tal vez sienta algún dolor, pero no puedo ahora descifrarlo, me gustaría confesarlo si ese fuera el caso.  Quizás aún lo haga, mientras realizó ahora mi última treta.






Esteban N. Santos.

martes, 11 de junio de 2013

A medio camino.

 No existe entre estos cuerpos clemencia, sólo una insana benevolencia.
 Me observé con una lupa milimétrica, y me hallé vagando por una carretera vacía, respirando el contaminante aire de la ciudad. Los árboles, aislados en el arcén, me susurraron, con sus casi inaudibles voces, una oración que jamás había escuchado. Los abandoné a mi paso, para adentrarme en un infeccioso vehículo. Accioné el motor, y pisé el acelerador en busca de una ansiada huida.
 Mi fantasiosa imaginación buscaba un lugar alejado de mi mundo, un lugar donde desaparecer para encontrarme. Dejé que las ruedas desfilaran heroicas hacia un destino que yo mismo desconocía, que yo bien sabía que no existía. Me sentí valiente unos minutos, escuché las voces de un coro angelical cantar mi gran logro, pero sólo era el eco que reina en mi cabeza. El vehículo me pidió de comer, y paré a alimentarlo. Llevé mis ojos al cielo, las estrellas señalaban un camino incoherente, la luna menguante como mis pasiones, el cielo negro y sin nubes, debiera haber sido una noche perfecta. Debiera. Retorné al vehículo. Pero mi valor menguó al son de la luna, las voces del coro habían cesado su canto, mi ansiada huida se había convertido en pasto de buitres. Accioné el motor, y retorné al origen.
 Mi valor sigue menguando al son de la luna, ya casi no lo encuentro en mí ser, mi paciencia decrece también. El olvido comienza a absorberme con su infatigable ansia de almas, la solitaria soledad llama a las puertas. Me han amputado las garras.
 Y ahora estoy a medio camino entre el olvido, y el espejismo.






Esteban Neira Santos.

lunes, 27 de mayo de 2013

Tiemblo.

 Janis Joplin. Una página en blanco. Un cigarro en la boca. Es momento de tranquilizarse, de desahogarse. Tiemblo. No tengo tiempo para muchas cosas, no tengo tiempo para muchas historias. No tengo historias. Tengo pasado, miedo,  y piezas rotas. Mentiras, y el olor de sus pupilas rojas. El viento me sacude, y la lluvia me avisa de que soy su esclavo. Invisible, apacible, decrépito gusano de corazón estrecho. Recorro un kilómetro, mis piernas se mueven a la velocidad más alta a la que ahora pueden alcanzar. Paro. Mi corazón se revuelve, trata de arrancarme el pecho. Falla. Trata de huir por mi boca. Falla. Me sacudo el sudor aliviado. Decrépito gusano. Resuena el eco de una voz extraña en mis oídos.
 He leído incontables historias distintas, pero me faltan muchas aún por amar. El olor de las páginas de un libro nuevo. Lo disfruto, me consuela; tengo alguien que no me dejará por otros mejores. No tiene piernas. Pero exclamo toda clase de sentimientos con sus letras. Camel, me hace sentir como el jinete de Gilead, por eso agoto cada una de esas balas. Pero trato de evitarlo. Lo intento, insisto. Pierdo. Me miran con tal pasión que no puedo resistirme a sus encantos. Son como las mujeres. Llegan, me hacen feliz, se cansan, se van. Me matan. El proceso continúa. No frena, nunca se detiene. Los acontecimientos, los cigarros, los libros, las historias. El miedo. La vergüenza. Mi cruel asesina, me arranca las tripas y decolora mi piel blanca de un nítido rojo. Frena mis palabras, tiemblan mis manos. El primer beso. El cuerpo siempre contesta con recursos similares. Nunca iguales. Boca, ojos, nariz, orejas, manos. Cinco elementos, cinco. Reducidos, pero pensando que somos más de lo que somos. Pero sólo veo un guión, resta. Somos menos que lo que tenemos, me grita mi almohada. La quiero, nos abrazamos todas las noches, supongo que es otra de mis amadas.
 Lo he apagado, el cigarro. Es el último, pienso. No lo siento. No siento los dedos, pero sigo sintiendo los miedos. Cajas de cristal, muñecos de cristal, vasos de cristal. Sueños de cristal. Piezas, puzzles, respuestas.
 Silencio. Acuéstate, déjame sentir tus cinco sentidos. Silencio. Tiembla. Tiemblo.


Esteban N. Santos.

(Publicado en Falsaria previamente. 16/10/2012)


domingo, 26 de mayo de 2013

La indignación de Clay. Capítulo 4.



 Heraldo me ha llevado lejos del desierto de Bates. Crucé hace unos instantes la frontera de este pueblo, Ratcans – me anunció una valla desgastada -. El pueblo tiene un claro aspecto de abandono en todas sus facetas. Me aventuro a pensar que comenzaba a gozar de cierta importancia hasta que su fuente de suministro social decidió abandonarlo. No es difícil figurarse esa hipótesis. La calle por la que circulo persiguiendo a Heraldo está repleta de edificios altos y deteriorados, pocos presentan un aspecto que incite a pensar que hay vida ahí dentro. Sin embargo, en el interior de algunos de esos deteriorados edificios centellea una luz en su interior, más propia de un fuego que de una bombilla. A medida que avanzamos por esta carretera – con cierta dificultad gracias a la gran cantidad de desniveles con los que las ruedas se topan -, dejamos atrás los edificios y cruzamos por una zona en apariencia residencial. Arrogantes casas se alzan a ambos lados de la vía, algunas mejor cuidadas que otras, pero todas cuentan con un jardín amarillento en su parte delantera, y todas estas casas, sin excepción, son blancas, en claro contraste con los edificios que tenían el aspecto de haber sufrido algún incendio en el pasado.
 Pero no es esto lo que más me sorprende, si no que durante toda esta travesía me he cruzado con algunas personas de aspecto marginal en su mayoría, y todos llevaban entre correas voraces a musculosos caninos con el hocico aplastado, envueltos en férreos bozales negros. Y no sólo entre los viandantes, sino también en los jardines amarillentos de las casas burguesas, y en los edificios del populacho.
 Una vez dejada la última casa atrás, Heraldo gira a la derecha, para sumergirse de nuevo entre edificios del mismo aspecto que los que nos daban la bienvenida, mucho más pegados unos de otros, sin aire entre edificio y edificio. Parece la zona céntrica de Ratcans.
 Finalmente Heraldo se escabulle por una estrecha callejuela y se posa sobre un cartel medio descolgado. Es negro, y en su interior hay unas letras casi ilegibles, aunque consigo descifrar al momento. Tiffany’s, rezan esas descuidadas letras. Mi instinto me dice sin embargo que no voy a toparme una joyería lujosa tras esa puerta mugrienta. Aparco el coche frente a dicha puerta, bajo del coche y Heraldo se precipita sobre mi hombro. Cruzo con desconfianza la puerta, y me topo con un bar desierto y cochambroso. Botellas a medio terminar, vasos llenos hasta el tope de algún whisky barato, excrementos bailotean también por el suelo. Escucho unos gritos de júbilo que proceden de una puerta metálica situada en la parte más aislada del bar. Se abre de pronto la puerta, y hurgo el arma en el interior de la chaqueta. Pero no es más que una anciana en apariencia inocente, entra en el bar sin reparar en mi presencia, riendo a carcajadas. - ¿Vienes a la ceremonia? – me pregunta mirando una botella lujosa que se encuentra detrás de la barra –. Nunca he visto a nadie venir con un cuervo, pero apresúrate, o llegarás al final, no más -. La anciana se adentra tras la barra, echa mano de la botella y se vuelve nuevamente hacia la puerta, yo me apresuro a seguirla.
 ¡Vaya espectáculo más atroz! Heraldo se acobija sobre mi hombro, inquieto y temeroso. Los habitantes de Ratcans han traído consigo sus mejores galas para la “ceremonia”, sentados todos en lujosas butacas que rodean un campo de arena, propio del coliseo. Todos gritan de júbilo mientras engullen enormes trozos de carne repletos de una salsa espesa y rojiza. Me siento en una butaca, tratando de no llamar la atención, cumplo mi objetivo, todos tienen la vista clavada en la arena o en sus trozos de carne. Suena un grito a través de los incontables altavoces que se encuentran por todo el coliseo, no consigo entender lo que dice, pero suena algo así como: “¡Hescan!”, y todo se callan al unísono mientras las luces que iluminaban las butacas se apagan, y unos enormes focos señalan la arena. Los altavoces cantan de nuevo, esta vez parece ser el nombre de alguien o algo, mientras suenan unos estruendosos pasos en la arena, y aparece tras una puerta de enormes dimensiones un perro colérico y musculoso. Nunca había visto un canino tan grande. Lo sujetan dos hombres robustos. Suenan de nuevo los altavoces anunciando, intuyo, al oponente de esta bestia. No diviso desde mi posición la puerta, pero advierto que será como la anterior, ya que el perro que camina ahora por la arena supera con creces el tamaño del anterior, y llega sujetado por tres hombres, también robustos. Los altavoces suenan de nuevo - ¡Gura Hescans! -. Los espectadores gritan jubilosos. Mientras tanto en la arena, los hombres robustos desatan a los perros de sus amarres que los reducen. Una vez los sueltan, corren hacia las puertas por las que minutos antes se presentaban imponentes. Los perros se observan desafiantes, retándose con sus temibles ojos, se olfatean, gruñen, patalean la arena, parecen dos toros a punto de envestirse. El perro de menor tamaño se abalanza primero sobre su rival, ejerciendo un inteligente ataque por la parte baja del cuello, pero no surte gran efecto, y el otro le aparta con una facilidad asombrosa. Todos vitorean, aplauden, gritan, hasta se olvidado de su carne, y observan sin parpadear a las dos bestias que se enfrentan en la arena. Heraldo llora sobre mi hombro mientras mis tripas se revuelven impacientes. Me apresuro a la puerta metálica, la abro con facilidad, y cruzo corriendo el bar, pero resbalo en los excrementos que bañan el suelo y caigo sobre ellos, me levanto aun así asombrosamente rápido y salgo al exterior. Me apoyo sobre la pared del bar y vomito todo lo que llevo dentro, pero el estómago esta vez se mantiene, Frank ha hecho un buen trabajo.  Heraldo se posa sobre el coche, esperándome. Me limpió la boca con la manga de la chaqueta y me vuelvo colérico hacia el coche. Antes de adentrarme en el interior del Ford Ka, dedico una mirada a Heraldo: “Sé lo que hay que hacer, Heraldo, esas bestias sufrirán el castigo que se merecen”.






Esteban N. Santos.

sábado, 25 de mayo de 2013

El paria.


  La crueldad está en el aire, y tú flotas en el mar.
 Me elevo mientras duermo y bailo entre planetas desconocidos, respiro libertad.
 Eres una ninfa y yo soy un paria, y juntos no vamos a volar.
 La traición está en los huesos, y tú eres sinceridad.
 Huyo de las mentiras y bailo con tus criaturas marinas, respiro libertad.
 Eres una ninfa.

 Retomo. El paria no confiesa que no tiene talento para luchar contra los bondadosos que le rodean, no puede ascender del subsuelo, por eso lo sueña todo en la oscuridad. Yo soy el paria, y tú una ninfa, no nos vamos amar.
 Te susurro mi historia, escúchala sin vacilar porque me cuesta hablar.

  La brújula no es real, y a todos engaña su falsa realidad.
 Sospecho de los humanos, y me acuesto con los fantasmas, sólo por su verdad.
 Soy el paria, ahora ya puedes juzgar mi identidad.
 La carne no es real, y a todos engaña con su disfraz.
 Sospecho de tú palabra, y me acuesto con tu sinfonía, simple y plebeya vanidad.
 Soy el paria, y no me dejo vencer con facilidad.

 Retomo. El paria se confiesa sólo en mundos fantásticos, le aterran los gansos que le quieren aniquilar. Aun así se levanta con ganas de otro ataque, ninguno de ellos falla y le hacen sangrar. Yo soy el paria, y tú una ninfa, no nos vamos amar.
 Te susurro mi historia, escúchala sin vacilar porque me cuesta hablar.

  La crueldad está en el aire, y las yagas en la carne.
 Me sumerjo en tus aguas y busco tu piedad.
 Eres una ninfa y yo soy un paria, rehúye de mi maldad.
 La crueldad está en el aire y me escondo en tu mar.
 Me elevo mientras duermo y creo poder volar.
 Eres una ninfa.







Esteban N. Santos.

sábado, 27 de abril de 2013

Unos miserables fragmentos.


 Me agito en el desespero de las cuerdas flojas de tus huesos. Anhelo. Las vibraciones del desconsuelo no son la gesta de este cuerpo. Silencios. Murmullos promiscuos que afilan su lengua con la intención de dañar la vanidad. Momentos. Olvidos de encuentros que recortaron tus sentimientos entre otros vientos. Escondidos. Acciones que se disfrazan ante los ojos de jueces poco cuerdos. Engañamos. Desde los más honorables hasta los más miserables rasgan la verdad con cuentos. Sentimientos. Nadie quiere hacerse cargo de las letras que emborronan el libro de tus miedos.
 Anhelo los silencios de los momentos en que escondidos engañamos a nuestros sentimientos.




Esteban N. Santos.

lunes, 22 de abril de 2013

Cíclica evasión.


 Tampoco es que tenga mucho que escribir en este día. Tampoco es que tenga mucho que decir de mis horas. Tampoco. Hice sangrar mis pulsos internos creando complejos círculos que nunca alcanzaban un fin eterno. Propósitos incompletos. Salpican mí rostro en forma de agua salada los pesimismos que me abrazan, me enrojecen los ojos, desorientan mi mirada.  Adormecen mi mente jaquecas inesperadas, entran a través de mis pupilas dilatadas, se escabullen entre mis párpados sellados. Nada importa la posición del sol en este reincidente camino en pos de la esperanza, puesto que calca su final en la turbia y agónica desesperanza.
 Se contradicen mis palabras con mis acciones cuando las nubes avanzan, no las controlo, ellas de por sí solas se entrelazan, se entorpecen y nunca avanzan. Mis horas se lamentan de mi inactividad corporal, y mis segundos se aturden como neuronas alcoholizadas y apagadas. Persigo esta línea abstracta tratando de darle alcance, sé a donde conduce, más engaño a mi racionalidad con mentiras superfluas que sirven para calmar mis dudas sobre su finalidad. 








Esteban N. Santos.

lunes, 15 de abril de 2013

Petulantes adjetivos.


 Petulantes adjetivos de tu boca inmortal, se elevan y diseñan escenas que mi imaginación nunca habría podido adivinar. Sincera e hiriente es la proclamación de la verdad, aunque a veces se debilita por culpa de las fantasías, sueños y deseos del hombre mortal.
 Petulantes adjetivos de tu boca inmoral, se adentran en mis venas como una morfina del mal. La perspectiva de la bondad nunca deja de variar, colocándose a menudo de tu lado: insaciable y animal. Los enfoques del apuesto karma no me dejan de asombrar, así como los de los mortales que lo manipulan para su saciedad.
 Petulantes adjetivos de nuestras bocas inmorales y mortales; recorremos juntos, sin quererlo, los caminos que nos elevan del placer y del sufrimiento.





Esteban N. Santos.

domingo, 14 de abril de 2013

Los propósitos de Clay. Capítulo 3.

 Queen me mantuvo unos minutos expectante, mientras mi pregunta seguía bailando en la habitación, haciéndome sentir el dolor de la ignorancia. Sus ojos grises no tiemblan ni un ápice, se ha vuelto todavía más dura desde la última vez que la vi. Ni si quiera parpadea.
 - No, Clay – bajó la vista con sus palabras, y la levantó de nuevo  mientras se colocaba el Marlboro entre sus labios -. Otra se fue de Noches Frías durante el tiempo en que tú has estado ausente, y ahora Castle nos mantiene más vigiladas que nunca – levantó su pierna izquierda y la coloca sobre el edredón rojizo que cubría la cama. Su pierna desnuda me provocó una excitación instantánea, pero esta se fue de golpe cuando terminé de recorrer su pierna con mí mirada, desde su ingle hasta su tobillo, envuelto este en una especie de reloj negro -. Es un localizador – me aclaró ella ante mi asombro -. No podemos estar a más de un kilómetro del Noches frías, no podemos salir del desierto de Bates sin que Castle se entere.
 Una irá que bien pude reconocer recorrió todo mi cuerpo, al paso que mi cabeza pensaba algún modo para liberar a Queen de ese tormento.
 - Antes no tenía el valor ni la posibilidad de huir contigo. Pero puedo asegurarte que he ganado valor en estos últimos meses… - Queen me escuchaba sin ninguna ilusión, como quien escucha a un viejo amigo que siempre dice lo que nunca hace, pero que siempre encuentra una curiosa excusa para disculpar sus deficiencias -.  A ella no le quedarán muchos días de vida, aunque me hará pagar un alto precio por mi venganza  - llegados a este punto, esperaba su asombro, y eso fue lo que me regaló -. Ya me lo está haciendo pagar, pero seguiré encontrando el modo de lidiar con sus ataques.
 Queen no quería seguir escuchándome, y yo supe que no debería seguir hablando.
 Pasé muchas noches envuelto entre esa colcha rojiza, y también entre su cuerpo, sintiendo en mis labios el sudor que impregnaba su pecho, y desee férreamente volver a sentir las sensaciones que sólo ella es capaz de provocar en mí. Pero aparto de inmediato eses pensamientos de mi cabeza, sé que debo irme, aunque es lo último que me apetece hacer. Me giro hacia la puerta, ella no dice nada, y yo no quiero romper el silencio. Salgo al pasillo y sujeto la manilla de la puerta entrecerrándola lentamente.
 - Volveré -. Sentencio, y sin esperar su respuesta ni su mirada cierro suave y rápidamente la puerta.

 Llegó hasta el diminuto Ford Ka, sigue solitario en el aparcamiento frontal del Noches Frías,  tan solitario como yo. En pleno silencio alguien se suma a nosotros y se posa sobre el techo del coche mientras me dedica una mirada inquisitiva.
 - Guíame hasta ellos, Heraldo, aún quedan balas para alguno más.
 Heraldo emite un graznido de felicidad, levanta el vuelo y se posa en un poste de electricidad. Uno los cables adecuados para despertar al vehículo de su letargo, ruge de forma ahogada. Suelto el freno de mano, pero antes de hacerlo circular, dedico una última mirada a una de las ventanas altas del Noches Frías. Con su albornoz blanco me deslumbra desde la oscuridad de su cuarto. Arranco violentamente, sé que no le impresiona, pero maldita sea, sé que me está mirando.
 Continuó mi hazaña.















Esteban N. Santos.

jueves, 11 de abril de 2013

Reflejos de una podredumbre que inunda los movimientos.

 Siempre veo el mismo paisaje agonizante, en el que pocas veces se perfilan figuras que no sean delirios de una mente enfermiza y distante. He sentido una diminuta fuga en la ilusión, que va creciendo hasta transformarse en una incesante frustración. Motivos y causas no me faltan, pero a la vez descansan en aciagos estantes de la desesperanza.
 He topado un ancla que no me regala estabilidad sobre estas aguas, y me castiga con movimientos infaustos que de un momento a otro me lanzarán a un hoyo de espanto. No me asusta, ni tampoco me conmueve esta predicción, y naturalmente la espero con una absoluta apatía que me hace creer que efectivamente, se ha escapado la ilusión que en mí residía.
 Son vaivenes del tiempo, de las horas y de los momentos. Incluso de las demostraciones de esos monstruos que nunca se lleva el viento, y ahí permanecen, disfrazados de hombres, a punto de sobresalir en cualquier momento. Y sí, todos llevamos uno dentro. Castigo a mis emociones y a mis remordimientos, haciéndoles rememorar siempre funestos recuerdos.
 Sonrío, y tal vez tú también, presas del pánico ambos en algunos momentos. No soy yo un ejemplo para imitar en ningún tiempo, más tampoco tú lo eres y te sobrepones sobre cualquier caminante del universo. No doy lecciones de moral, porque mi moral puede que en alguna ocasión sea la propia para juzgar según mis descubrimientos, aun así tampoco esperes que reconozca tus hechos como hijos de un realeza de la bondad de comunes sentimientos.
 Me despido con prisa mientras busco el abanico del renacimiento, observo el paisaje agonizante, y elevo anclas en este preciado momento. Miro atrás curioso, para cerciorarme de que mis recuerdos siguen en el equipaje, elevo los pies sobre las aguas turbulentas, e inspiro una bocanada de este aire infecto.








Esteban N. Santos.

domingo, 31 de marzo de 2013

Retratos difusos.

 Veo muchas caras, algunas llenas de sonrisas vagas, otras con pinceladas de la vanidad humana. En cualquier lugar por el que me mueva topo yo con seres desconocidos, y cada cual manifestando en su ser su historia. ¿Y qué son nuestras historias, si no  el reflejo de unos deseos inacabados?
 Me inquieta a mí la certeza de que entre esos cuerpos existe una variedad ilimitada de pensamientos. ¿Diferentes?, me pregunto, pero dejo de lado ese interrogante ante la imposibilidad de hallar una respuesta que me complazca. Es inquietante, insisto, pensar en la posibilidad de estar cruzándote con un futuro dictador, con un psicótico violador, o por qué no, con el próximo genio de la ciencia moderna.
 Tantas caras, tantas cuerpos, ¿cuántos pensamientos?





Esteban N. Santos.

jueves, 28 de marzo de 2013

La huida de Clay. Capítulo 2.


 Sopesé las posibilidades que tendría ahora, lo que espera detrás de esa puerta es demasiado grande ahora mismo para mí. Me muevo meticulosamente por toda la estancia en busca de alguna salida que nadie hubiese advertido, pero no hallo nada. Me quedo unos segundos sumido en mis pensamientos observando mi arma, cuando escucho un cristal que se rompe en algún lugar a mis espaldas. Me vuelvo alarmado, y apunto con el arma con el fin de disuadir a mi oponente fantasma cuando escucho resonar por toda la sala un graznido demasiado familiar para mí, Heraldo. Da un rodeo por toda la sala para terminar aterrizando sobre mi hombro, como tantas veces ha hecho antes. Me saluda, a su manera, y yo asiento. Mueve la cabeza para indicarme por donde deberé de emprender mi huida, me sonríe – vosotros no podríais distinguir su sonrisa. Camino apresuradamente hacia la diminuta ventana por la que él ha entrado, muy pequeña y muy alta, pero sé que Heraldo me ofrece mi única escapatoria. Subo hasta ese hueco minúsculo y consigo llevar mi olfato hacia un aire más limpio que el que respiraba segundos atrás. Miro hacia abajo, no hay mucha distancia, me dejo caer desde la ventana, esos escasos cinco metros. Caigo de pie, y mis piernas se flexionan haciéndome terminar besando el suelo. Me levanto lentamente, la caída no ha sido fortuita y mi pierna izquierda no contesta con su acostumbrada educación. Camino aun así hasta el primer coche que encuentro. Me alivia el hecho de comprobar que no hay ojos cerca que me miren juiciosos mientras fuerzo la fácil cerradura de este Ford Ka del 96. Arranco con un destino claro.
 He tenido la suerte de que el idiota propietario de esta carroza haya dejado el depósito lleno hasta el tope. Un privilegio en los tiempos que corren. Cojo la segundo salida hacia el desierto de Bates. Recorro un placentero kilómetro antes de llegar a mí destino, degusto con mis ojos un paisaje delicioso: tierra seca, árboles aislados, reptiles hambrientos… y ni rastro de humanidad. El motor del Ford ronronea mientras presiono el acelerador hasta su tope.
 Ahí está, con sus luces de neón, llamando a todas las bestias moribundas y solitarias que anden al acecho de un cobijo caliente. Las luces de neón me siguen llamando, pero no necesitan hacerlo, este era mi ansiado destino. Las luces rezan: Noches frías. Allá voy. Dejo el coche en la parte delantera. El Ford Ka que he robado hace unas horas, es el único en este lado del local. Asomo la vista al parking para furtivos, y allí hay una docena de coches caros y lujosos. Malditos.
 Entro en el Noches Frías empujando la puerta cual vaquero del viejo oeste, llevo unas horas sintiéndome un Clint Eastwood actualizado. Me acerco a la barra y pido un McCallan, aquí tienen buena vitamina. Llamo a Rosa, digo a Ros. Prefiere que la llamemos, Ros, la muy estúpida se cree más sofisticada de ese modo. Viene a trompicones dibujando una sonrisa en su grasiento rostro, tumba un par de sillas, la gran Ros siempre arrasa por donde pasa, literalmente. Pregunto por Queen, me dice que está ocupada, y sonríe.
 - La quiero ya, Ros – la miro desafiante -. No querrás hacerme esperar. Si está ocupada con alguna hiena, de las que veo que hay aquí esta noche, le dices que si la hiena no se va, Clay la hará desaparecer.
 Ros capta al vuelo mi mensaje. No es tan tonta. Tres minutos después estoy subiendo por un estrecho pasillo con luces rojas y paredes sucias.
 Queen está sentada en su tocador, está admirando su belleza frente al espejo mientras fuma un Marlboro, no parece muy contenta. Viste únicamente un albornoz blanco, que hace contraste con su melena negra.
 - Creía que no volverías – me dice con una voz apagada, sin volverse.
- ¿Vendrías ahora conmigo?











Esteban N. Santos

miércoles, 20 de marzo de 2013

Ignorancia entre mareas tormentosas.


No sé si llueve de verdad, o si
el sol me habla de amar.
 Tal vez nunca halle una verdad,
tú ves, que yo construyo mi realidad.
 Donde estés, a ti te da igual,
yo observo como te fugas en el mar.
 Mar en calma que nunca te buscó,
otros ansiaron lo que nunca se les concedió.
 Quizás tú no quieras engañar,
ya ves, es culpa de cierta sensibilidad.

 No sé si amar es una verdad,
verdad es, que huyes al despertar.
 La evasión me provoca cierta convulsión,
yo me labro siempre mi peor situación.
 Mi ignorancia es la madre de mi distancia,
situación bien cierta, que no huye entre tormentas.
 Tormentoso es pensar en la inmensidad,
inmensidad que nunca podré verbalizar.
 Dilato yo pequeños acontecimientos,
en los que ningún humano quiere intervenir.
 Intervengo yo y comparto espasmos cesados,
 mientras tú cesas mis fantasías, raptos humanos.

 No sé si vivo de verdad, o si
todo es una fantasía de la que no se puede hablar.
 Te encuentro entre viejos fantasmas,
y los fantasmas se convierten en mi mayor verdad.
 Verdad es que no existe de verdad,
una definición para todo lo que quiero no callar.






Esteban N. Santos.

lunes, 18 de marzo de 2013

Homenaje a un fantasma presencial.


 Tengo el corazón hecho un puño, la sangre corre por mis venas con exagerada prisa, no sé de quién huye. Mis manos están nerviosas, y mi memoria futura me dice que me dé prisa, ¿más prisa aún? Necesito calma, me gusta también la tranquilidad.
 Las letras empiezan a desdibujarse en mi cabeza, me cuesta encontrarlas y rodearlas con una nube imaginaria. Enciendo otro cigarrillo, y acciono la melodía de la tranquilidad – una de ellas -, pero insisten en esconderse de mi vanidad.
 Pienso en las musas olvidadas, pero claro, ya no me dicen nada. Pienso en las musas encontradas, pero claro, ahora quieren estar calladas. Y pienso en la soledad, pero claro, no es momento de dramatizar en exceso.

 Tengo el corazón hecho un puño, la cabeza llena de electricidad inerte que me confunde con ansias y me atemoriza cuando duermo, también cuando despierto. Piedras inamovibles y diamantes alejados de mi paso. La lluvia y el frío se mezclan con una nicotina que no tiene precio, pero sí destino. Y llego a su voz.
 Melodía estridente encadenada a una mirada colérica, no había visto nada tan dulce y tan lujurioso a su vez. Pero pronto se difumina y desaparece de mi vista, de mi recuerdo, de mi alcance.
 Me enfrento a un peso sin cuerpo, sé que está ahí, pero no puedo vencerlo. Se escabulle cuando estoy a punto de darle caza, y así me gana, así vuelvo a caer entre depredadores hambrientos.

 Tengo el corazón hecho un puño, la sangre… se calma y parece que no quiere continuar con su circulación mucho más tiempo. Mis manos siempre estarán nerviosas, y mi memoria futura se ha teñido de un color tan oscuro que no puedo divisar, ni tan siquiera, las advertencias que me manda. Cierro los ojos y sujeto mi corazón en el puño. No te muevas, le susurro.






Esteban N. Santos.

viernes, 8 de marzo de 2013

En la clave de tus labios.



 Fue un silencio angustioso, y unas palabras de tu boca que me hostigaron. Te desplazaste a un lugar lejano, pero seguías ahí, a mi lado. Poco a poco te distorsionaste entre una bruma inexistente.
 Sonreíste de pronto, y en tu rostro se perfilaron mil líneas que resaltaron una perturbadora y cautivadora luz en ti. Con una mirada fija, una voz que nunca tiembla, y unos pasos que siempre parecen saber a dónde ir, nos conviertes a todos en tus esclavos. Tu libertad no se compra, ni tampoco se vende, tienen sin embargo tus labios dueño, y así me convierto en prisionero. En una sombra oscura donde no te alcanzo, esa es la prisión donde debo vivir en estos días helados, y tu cuerpo no visita mi cama ni esta noche ni ninguna, pero aún lo espero. Me confieso aquí y ahora como un fantasioso engendro.






[Imagen: Zooey Deschanel]





Esteban N. Santos

jueves, 7 de marzo de 2013

Falsas esperanzas.

Me siento al amparo de una vela rota, escucho su melodía y me resguardo en el diminuto calor que despliega. Aquí todo es más seguro, ahí fuera está todo lleno de una especie de macabros leones que desean devorarte. No tengo armas para combatir en esta guerra, la munición es escasa, y las lágrimas caen en el olvido. A tu lado no tengo compañía, sólo una soledad real, y una pasión imaginaria, aquí todo es más seguro.
 Dicen algunos que los golpes nos hacen levantarnos con más fuerza, pero pocos hablan de los buenos gestos que nos hacen insistir con más ansias en la empresa de la supervivencia, y aquí todo sigue siendo más seguro.
  Desconecto de la realidad, porque he sentido buitres que me querían devorar. He desconectado, es cierto, pero la realidad aún sigue ahí, y por más que yo duerma y sueñe que la calma ha llegado, sé que es no es real.
 He creado esta esférica protección, donde puedo sentirme mejor, pero cuando salgo de ella me golpea una ráfaga helada que me hace caer con más fuerza, y levantarme con menos insistencia.
 Me siento al amparo de una vela rota, escucho su melodía y me resguardo en el diminuto calor que despliega. Aquí todo es más seguro.










Esteban N. Santos.

domingo, 24 de febrero de 2013

Permisos denegados.




 Permite que te observe desde más cerca. Déjame ahora perfilar el contorno de tus labios con mis dedos. Mírame a los ojos. Quédate así, y no te muevas, déjame entonces sostener este momento en un tiempo inconcreto. Tú. Pide todos tus deseos en la noche del fin. No voy a abrir el baúl de esos deseos, pero te los concedo. Permite que te observe desde más cerca. Déjame ahora mover mis dedos entre la piel de tu inocente rostro. Y mírame a los ojos, porque no quiero dejar de mirarlos. Muévete con tu rebeldía nocturna entre mis manos desnudas. No te pierdas entre el murmullo, no desaparezcas entre otras manos que no sean estas. Pero no, pido algo que se aleja de lo que está a mi alcance. Tú. Envíame una mirada a través de este cristal invisible, deja que perdure este hilo que me une a ti un momento más. Sonríe, tus labios fueron hechos para sonreír, por eso tu rostro despega ese brillo cuando efectúas ese movimiento ascendente con tu boca.  Permite que te observe desde más cerca. Déjame jugar con tus dedos entre mis manos. La lluvia desvía el maquillaje que perfila tus ojos negros, y te otorga un aire de cierto dramatismo que aumenta tu magnetismo. Puedes moverte entre agujas, como lo haces entre arena de ceniza, y sigue resultando tu caminar de una simbólica belleza que no paro de admirar. Tú. Desvías las miradas, las manos escondidas en algún lugar recóndito, tu cuello envuelto entre la lana de esa bufanda, tus pasos dirigidos en contraposición a mi encuentro.
 Permite que te observe desde más cerca.







Esteban N. Santos.

lunes, 11 de febrero de 2013

Microgénesis temporal


Las imágenes se movía hacia adelante, y hacia atrás, como si estuviesen rebobinando una película para punto seguido correr de nuevo las imágenes hacia delante. Y así continuamente. El humo entraba y salía del cigarrillo, la cama se hacía y se deshacía con un parpadeo fugaz, la lluvia mojaba, y al instante todo se secaba, la bala salía y entraba de nuevo en la recámara. Todo era uniforme y confuso. Las cadenas, las llaves, las puertas rojas, los cristales negros, las hojas arrancadas, el fuego apagado. Los sonidos atravesaban cualquier barrera, hiriendo a todo ser vivo que los escuchara. Los animales se escondían, las personas gritaban y se sujetaban sus sucias orejas. Incluso los árboles se balanceaban furiosos, como queriendo escapar de ese despreciable sonido. Después llegó el silencio, pero no para todos, algunos seguían gritando aun cuando todo sonido externo se había apagado.
 Fue posiblemente el momento más confuso de la historia de la humanidad. No dudo de que todos se sigan preguntando que es lo que sucedió en aquel momento para que en todas las regiones de la esfera terrestre el tiempo se rebobinara y se adelantara seguidamente.
 Yo lo sigo haciendo, me lo sigo preguntando, a veces incluso espero que vuelva a suceder para cambiar algo que he hecho mal, y poder resolverlo a una velocidad digna de un superman. Pero la vida no funciona así, y al margen de que una vez hubiese ocurrido, no me alienta a seguir anhelando que vuelva a suceder. No controlo mi vida, no controlo mis fallos, y no controlo lo que sucederá dentro de dos minutos si quiera. Pero las imágenes de aquel día vuelven una y otra vez a mi memoria, no quieren irse, no se irán. Sueño con ellas mientras duermo, y también lo hago cuando estoy despierto.
 Y después de ese acontecimiento, yo, al igual que todos no he vuelto a hablar del tema hasta ahora. Y yo, al igual que algunos, ahora me siento más pequeño que antes, menos dueño de mis actos, menos dueño de mi vida. Es la consciencia de sentir que alguien te controla, lo que me hace temer por mí, y por los que me rodean. Es la consciencia de sentirte víctima de una película donde un espectador te está observando, y piensa rebobinar la cinta para recrearse en algo que probablemente no te concierna.
 Porque podemos ser más diminutos de lo que creemos.








Esteban N. Santos.

domingo, 10 de febrero de 2013

Transparencias de un amor inocuo.


 La conocí en una situación extraña, ella llevaba una rosa y yo latigazos en la espalda, ella estaba impecable con sus vestiduras, yo sucio y casi desnudo. Su piel era pálida y sus ojos se avergonzaron de verme; mi piel era oscura y mis ojos se avergonzaban de ser vistos. Había huido al paso del bosque para que nadie pudiese verme, y ella también, pero para encontrarse con su amante. Que no era yo.  Escondió con un impulso la rosa detrás de su vestido azul, lejos de mis ojos; y yo cubrí mi cuerpo con los brazos y bajé la cabeza, ocultándolo de los suyos. No había nadie más en kilómetros, seguramente el amante de la chica, pero estaría escondido en algún lugar del bosque que se levantaba a mi espalda. Me resultaba desagradable el sol que hurgaban incansable entre las yagas recién abiertas de mí espalda, y me hacía sudar llenándome de un hedor que incluso a mí me resultaba repulsivo. En cambio a ella, el sol la hacía todavía más deslumbrante, era como las hadas que me había imaginado de los cuentos que me había contado mi madre años atrás. Fue un momento pequeño en el tiempo, casi inexistente, pero preservé su figura, perfilada con tal delicadeza que debilitaría al más fuerte de los hombres, así la preservé en mi memoria.
 Ella se fue, siguió su camino y desapareció entre el bosque. Yo la seguí con la mirada, agazapado al amparo de una solitaria roca, allí me quedé, observando como se iba, y así me quedé una vez la hube perdido de vista. Creí ver sus ojos mirándome desde la maleza del bosque, pero seguramente fue producto de mi aciaga imaginación. Seguramente.






Esteban N. Santos.