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viernes, 30 de noviembre de 2012

El borroso tiempo inconcreto.


 No recuerdo el momento, la frustración del intento. Despierto nauseabundo, con el alcohol aún en mi cuerpo, las manecillas del reloj son las homicidas de mi tiempo. Imágenes borrosas se mueven distantes en mi memoria, las ordeno como puedo. Pero nunca es suficiente. Como la melodía del viento, fugaz, feroz o suave. Así es el tiempo, así son los intentos. Muros frágiles a la corriente del miedo. Hurgo dentro de mí, buscando una respuesta, un camino para aquella historia alejada del invierno. No encuentro nada, sólo figuras grotescas que desafían a las marionetas que caminan como humanos de este tiempo.









Esteban N. Santos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Saboreó el momento.



 La abrazó una vez más. Le susurró al oído una frase que llevaba planeando desde que la había conocido. A ella le recorrió un extraño escalofrío por las extremidades de su cuerpo. Él sonrío complacido. Posó su mano agrietada, sobre las finas manos de ella. Suaves, dulces, y cálidas. Las suyas solían estar frías. Le gustaba el contacto con su piel. Llevaba tiempo esperando ese momento. Lo recordaba con exactitud. Ahora, sus dos cuerpos solos, ajenos a la civilización, perdidos en la cueva salvaje del ático de la casa abandonada. Tétrico, singular, temerario. - ¡Hay fantasmas! - decían – ¡Está encantada! - exclamaban. Y por eso ahí estaban. Lejos de las miradas, lejos de las palabras. Lejos de todos estando tan cerca. -Bésame -, le dijo ella con su voz rasgada. Él vaciló, saboreó el momento. Trató de mirar dentro de sus ojos, pero descubrió que no podía averiguar sus pensamientos. Palpó sus labios. Saboreó el momento.






[Fotografía de Andrea Muñiz: http://www.flickr.com/photos/ans_photos/ ]








Esteban N. Santos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Consejos delatores.



 Espero que ahora no te queden dudas. Dudar puede ser peligroso y terriblemente dañino. Tu cabeza siempre te ha engañado, y parece que no quiere dejar de hacerlo. Sólo son los barrotes de una cárcel de la que no sabes salir, de la que no tienes llaves, ni fuerza para romper esos trozos de metal. El riesgo dejó hace mucho de ser una opción para ti, ahora estás en ese recóndito y oscuro rincón agazapado, por tu bien, no es momento de salir.
 Todos somos caminantes, ciegos a nuestro futuro, dicen que así es mejor. Que equivocados están, tú quieres saber cuando tu corazón va a dejar de latir. Es posible que te quede poco tiempo, o demasiado, pero eso no lo ves tan claro. A veces tienes la impresión de que sabes algo sin tener motivos para creerlo, y a menudo aciertas, ¿por qué no ibas a tener razón con esto?
 Te desvías, te pierdes en tus pensamientos. A veces olvidas que sigues existiendo, tu razón se nubla, y a través de esa niebla espesa crees ver toda clase de falsas fantasías. Sí, eres ingenuo, pero eso ya lo sabías. Al menos en eso no te equivocas.
 Te prometiste una vida ociosa, la misma que veías en la cara de los mayores cuando eras un muchacho. Buscabas la cima, y tuvieron que sacarte a golpes esos fantasiosos delirios. Tardaron en dejarte en el lugar en el que deberías estar, pero ese lugar parecía estar esperándote desde hacía largo tiempo. Ahora te sientes bien ahí, es la costumbre, dicen que somos animales de costumbres. Tú no eres la excepción. - Debajo de la piedra no se está tan mal -, me dijiste el último mes. Te dije que no te subieras a esa cinta de correr. No me vas a negar que no haciendo nada se está tan mal, te aseguré que tu deber era limitarte a observar. Patético. No eres suficientemente fuerte para mover una piedra de tal calibre. Has perdido todas las guerras de plástico en las que has intentado alzar la voz, y aún me dices que quieres volver al campo de batalla… No sé si reírme o llorar. Tu ingenuidad parece no tener final.
 Espero que no te queden dudas. Quizás no deberías de haber tratado de ser diferente a él, aunque a ninguno de los dos nos agradaba esa idea, y recuerda que tendrías que cumplir una tétrica promesa.
 Sólo quédate así, entre los barrotes sin llaves, y bajo esa inmensa piedra. Es un consejo de un fiel amigo que sabes que no te abandonará, porque no puede.




[Fotografía de Andrea Muñiz: http://www.flickr.com/photos/ans_photos/ ]




Esteban N. Santos.

martes, 6 de noviembre de 2012

La hazaña de Clay. Capítulo 0.



 El desagradable nudo. El molesto subir y bajar del estómago revuelto. Parece que todo arde ahí dentro. Primero fue la sangre la que salió disparada de mi boca, después los dientes, y luego salió ansioso mi estomago a trompicones. Miro el desastre que he dejado sobre la mesa blanca de la cocina. Pienso en lo que pensará cuando lleguen y vean mi nuevo cuadro expresionista. Yo lo llamo arte oscura. Al igual que su magia, esa extraña magia que me clavo un zumbido en la oreja derecha para no olvidar. Estoy hambriento, pero no tengo lugar para alimentos, ni dientes para triturarlos. Escucho sonrisas que se filtran a través de la ventana de la cocina, son más dañinas que el maldito zumbido. Les grito que se callen, pero parecen no escucharme, es difícil hablar en estas circunstancias. Ya no debería de sentir dolor en mi estomago, está sobre la mesa, pero la cerilla que engullí debía de estar prendida. Lo examino, el estómago, parece no estar dañado por fuera. Agarro el bisturí que siempre llevo encarcelando en el bolsillo interior de mi chaqueta. Efectuó un ligero corte en la superficie. Más sangre. Alguien golpea la puerta y me aparta de mi hipnosis. Gritan. No consigo levantarme, y vuelvo a caer en la silla, embarrando las mangas de la chaqueta en la sangre que cubre la mesa. Escucho el graznido de un cuervo, y a continuación un fuerte aleteo cruza mi espalda. Siento dos espeluznantes garras posarse en mi hombre. Levanto levemente la cabeza, y la giro con la misma lentitud. Es él, le llamo Heraldo, es mi mensajero más fiel. Está sangrando por una de sus alas, la sangre le desciende por las patas hasta descender por mi brazo y confundirse finalmente con mi sangre. Sonrío irónico, él también lo hace a su manera. Golpean de nuevo la puerta.








Esteban N. Santos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Pies fríos.




 
Pies fríos. La confusión se abalanza como unas nubes espesas cargadas de tormenta. Yo no veo luces brillantes cuando la noche avanza, tampoco veo a mi enemigo el sol cuando el día se proclama. Miedo a lo desconocido, pánico a lo que conocemos. Medimos las palabras. Los superhéroes fuero creados para que los solitarios no se sientan tan desdichados. Conocernos, ardua tarea que parece nunca terminar. Cierra los ojos.
 Siento el aire frío en mis labios, en mis manos, en mis venas. Desconecto para desplazarme a un mundo opuesto, no sé si enseñarte las puertas para que lo conozcas, tal vez te vayas antes de que mi cronómetro cese su cuenta. El contacto con tu piel, la electricidad que sólo me recorre a mí. Distante. Esperar, mientras las manecillas del reloj se mueven con esa exasperante lentitud. La lluvia, ese amor especial que siento por el sonido de las gotas contra el suelo, contra los árboles, confundiéndose con su sangre. Abre los ojos.
 Tranquilidad. La noche me aplasta, con sus confusas e inalcanzables estrellas. Brillan. Callan. Desconozco si tengo algún don que me rapte, desconozco si cantar en sueños es otro síntoma de mi inminente locura. Desconozco más cosas de las que conozco.
 Mis pies fríos, empapados por la lluvia fría. No los siento, no los corto. Siguen buscando el camino al reino prohibido. Al reino de mi mundo utópico. Allí todos sois reyes y reinas. Te enviaré una invitación. Cuando sienta los pies.






Esteban N. Santos.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Malsana.



 El viejo olmo llevaba acogiendo a los prepotentes adolescentes en su empresa del amor desde que desplegó sus raíces en esa tierra infértil. Kilómetros de campos verdes, y el viejo olmo, es el paisaje que siempre sedujo a los vecinos de la localidad. Un lugar por donde los malhumorados ancianos ya no se dejaban ver. Y ahí estaban. Ella de un lugar desconocido, él del pueblo vecino. Ella ejecutando una hipnótica danza al amparo de las grises nubes del otoño. Su vestido blanco y sin adornos, se mueve con ella, al son de una música que sólo sus oídos escuchan. Su pelo, largo y negro, cae delante de su rostro, ocultando sus ojos azules. Y él, la mira con una ancha sonrisa en su cara, pensando sólo en sus movimientos, en sus labios, en sus suaves manos, en bailar con ella. Pero es demasiado vanidoso como para tratar de interrumpir un baile hermoso con sus torpes movimientos.
 Se para en seco, se gira hacia él y dibuja una sonrisa en su inocente rostro. Camina hacia él y le tiende la mano. Y así, con la prepotencia de los adolescentes que ignoran cuán aplastante es el mundo, coge su mano, y la sigue valle abajo hasta alcanzar  un pajar abandonado muchos años atrás.
 Ella entró delante, con la seguridad con la que siempre hacía mover su cuerpo. La imaginación del chico vagaba hacia el futuro inmediato que aún no había alcanzado, imaginándose los sentimientos que recorrerían su cuerpo cuando pudiese palpar su pálida y perfecta piel. Atrancó la puerta con una podrida tabla que un tiempo atrás había sido la encargada de sellarla, y ahora volvía orgullosa a ejercer su antigua función. Se volvió sonriente y excitado para buscar de inmediato los rosados labios de la chica. Y ella así lo esperaba, inmóvil y a sus espaldas con su inquebrantable sonrisa en su cara. Se sobresaltó al encontrársela tan próxima a él. Dejó caer su cabeza, ansioso por sentir ya el roce de sus labios. Cerró los ojos, y ella esperaba expectante ese momento. Su rostro se desfiguró, de sus impecables dientes blancos aparecieron dos colmillos largos y puntiagudos que antes nadie había advertido. Todo pasó a una velocidad desorbitada. Clavó sus colmillos en el grasiento cuello del chico, la sangre comenzó a brotar como si alguien hubiese abierto algún grifo. Abrió los ojos presa del dolor, trató de zafarse del abrazo mortal de la chica, en vano cualquier esfuerzo.

 Dos días después encontraría el más anciano de los ancianos del pueblo vecino el cuerpo del chico. Desconocido a su ojo, desconocido a cualquier ojo que lo mirase. Yacía en el pajar, con la puerta abierta de par en par, despojado de sus ropas, despojado de su piel, y despojado de su sangre.
 Nadie supo que había sido la chica desconocida, aunque el anciano más anciano de los ancianos del pueblo vecino, advirtió quién había sido. Tantos años después había vuelto. Su hermana no había apagado su sed.








Esteban N. Santos.