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martes, 30 de octubre de 2012

La parálisis de los límites.



 
Se suspendieron sus palabras en el aire mientras el jarrón se hacía añicos contra el suelo. En la habitación contigua alguien gritaba, y a través de sus gritos, se escuchaban las cadenas que le aferraban. Las palabras siguieron suspendidas, y ellos inamovibles. Escucha. Hay más sonidos de los que crees, hay más palabras de las que te limitan. Las piezas del jarrón se dispersaban por la alfombra roja. En otra habitación, contigua también a esta, se escuchaban los gorgoteos de alguien que se ahogaba en un vaso de agua. Fiebre. Hay más conexiones de las que crees, la carne te limita. Quería el jarrón ser leyenda, y se convirtió en olvido. La boca abierta, apunto de escupir calumnias, apunto de caer en la arena, y las piezas dispersas lloran por la inminente separación.




[Imagen: David DeFigueredo - A Stain of Mind]





Esteban N. Santos.






martes, 23 de octubre de 2012

Entre las rejas de la memoria.


 El contacto con el hierro frío del ventanal le hizo despertar de sus ensoñaciones, regresó al presente, sin recordar como había llegado a ese rincón del salón.
 Pegó su rostro al ventanal y la vio caminando tranquilamente por los jardines del alrededor. Sonrío tímidamente, hacía tanto que no la veía, y ahí estaba, con su pelo negro ondeando con el viento, un jersey de cuello vuelto de color otoñal, y unas botas que le alcanzaban las rodillas. Nunca la había visto con unas botas tan elegantes, y tan altas. Siempre había usado zapatillas blancas, y sólo en alguna ocasión, zapatos de pequeño tacón.  Caminaba hacia él con paso decidido, y con su cuerpo encogido como un caparazón para paliar ese frío otoñal.
 - Claudia… - susurró el anciano. – Al fin has vuelto.
 Él la miraba ansioso, retorciendo sus dedos en el hierro del ventanal. Todas las arrugas de su rostro sonreían con cada paso que ella daba en su dirección. ¡Cuánto había deseado que llegara ese momento! Tenía tanto que contarle, tantas aventuras que narrarle desde que había desaparecido.

 La puerta del salón se abrió emitiendo un crujido molesto. El anciano se volvió bruscamente con la sonrisa figurando todavía en su cara.
 - Señor Salinas, es hora de tomar la medicación.







[Imagen de: Andrea Muñiz: http://myphotographicaddiction.blogspot.com.es]




Esteban N. Santos

jueves, 18 de octubre de 2012

En medidas desesperadas.


  No tengo la solución a esta cruda encrucijada, me deshidrata, me consume esta larga racha. No comprendo sus propósitos, tampoco los tuyos, y los míos son mi peor enemigo. Miro a través de mi ancha lupa, y no veo nada. Todos se van, regresar puede ser una trampa infernal. No tengo la solución. Por más que insisto en resolver este enigma no veo la escalera de incendios. Y ahí están las llamas cada vez más cerca. Todo empieza con insignificantes chispas, hasta que esas chispas empiezan a crecer y hacerte arder. Tan lejos, tan cerca, tan fuerte. Tanto miedo, un futuro tan negro, no hay espacios grises, sólo una fantasía que hace creer que podemos ser felices. Cuentos para niños. Engaños infelices. No mientas, no es la salida, sólo otra desgracia seguida. Apuro mis dedos por este teclado, pero por más rápido que pulse estas teclas no creo soluciones, sólo consigo una vía de escape para que mi cabeza desconecte un día más de sus tretas. Dolor, fracaso, lágrimas. Las suyas, después de mil capítulos de desdichas. Quiero secarlas y que nunca vuelvan a aparecer. Pero ellas son más fuertes que mi persistencia en esta encrucijada de sangre y poca miel. Todo se desmorona a su alrededor, mil cuervos picotean los recursos de su supervivencia. No encuentro la solución a esta marcha directa al hoyo de la podredumbre más muerta. Ya no es aliada esa que te acompañó toda su vida, huyó a los pozos huecos de los castillos de princesas mal entendidas. Te devolvería lo que fue, te devolvería lo que fuiste, a tu pasado para recomponer tus piezas, lejos de promesas inválidas e inciertas. Siento mucho no tener recursos para llevarte al paraíso oculto de los vivos, pero yo no abandono el barco ni cuando está hundido. Y buscaré hasta encontrar una salida adecuada y mientras no tomes medidas precipitadas.











Esteban N. Santos.

lunes, 15 de octubre de 2012

Crónicas de la Bruja de Hielo II.

Bonnie no pudo dormir hasta bien entrada la noche. El recuerdo de la lágrima y la rosa, venían a su cabeza como si un resorte impulsara dicho recuerdo. Bonnie, la madre de Annie, entró en su habitación cuando la pequeña ya se había dormido, y ella se había cansado de esperar a su marido en el salón con el televisor encendido y con un libro entre sus manos. Se acercó a ella, que estaba ya enfrascada en un dulce sueño – o eso pensó ella -, y la besó en la frente como hacía cada noche. Cuando irguió la cabeza dispuesta a irse vislumbró la rosa que descansaba sobre el escritorio. Una rosa de un color rojo oscuro, casi negro, pero no sólo eso. Muchas personas nunca se habrían fijado más allá de eso, pero ella reconocía esa rosa, la había visto hacía mucho tiempo, en un lugar muy distinto. La cogió entre sus manos y la acercó a la luz que se filtraba por el pasillo. Era roja oscura casi negro, sí, y con el tallo ancho y fuerte, sí. Pero además entre los pétalos, nacían diminutas flores anaranjadas. Dejó la rosa donde la había cogido, y se dispuso a salir de la habitación. Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, dedicó una última mirada a Annie, una mirada llena de consternación.

A la mañana siguiente, Annie seguía pensando en el suceso de la tarde anterior. Desayuno absorta en sus pensamientos, y sin prestar atención a las tonterías que salían de la boca de su hermano. Bonnie le sonreía a ambos, pero estaba especialmente preocupada por su pequeña.
Cuando salieron por la puerta, dispuestos a marchar para el colegio, se encontraron con el espectáculo de los últimos meses. Su padre yacía dormido en una esquina del porche. Bonnie les hizo una seña para que se marcharan, y esa mañana no hubo risas tampoco para Abel, le destrozaba ver a su padre en ese estado tan amenudo, y sentirse cada vez más alejado de él. Esquivó el camino que seguía siempre para llegar al colegio, tomando otro más largo. Annie por supuesto, le seguía dos metros detrás. Pero cuando ya vislumbraban el colegio, se volvió hoscamente hacia Annie, y cuando esta hubo llegado a su lado le dijo.
- No me hables en el colegio, ¿te queda claro, bicho raro?
Ella asintió, y volvieron a encaminarse hacia el colegio.

Se pasó la mañana con sus dos amigos, Annie y Mateo. También estuvo algún rato con los mellizos , Silvia y Juan. Y también tuvo que soportar as burlas del Manu, un niño muy parecido a su hermano mayor, y que de hecho trataba por todos los medios parecerse a él. Se peinaba igual que él, se vestía igual que él, y hacía las mismas bromas absurdas que su hermano. Y por eso se pasó todo ese largo día de clase haciéndole burlas a Annie. Ella sin embargo, no reacionó a ninguna de estas bromas absurdas, estaba acostumbrada, y además demasiado absorta pensando en lo que habría pasado con lo rosa, y en las peripecias de su padre.

Tomó el camino de vuelta con Silvia y Juan, como la tarde anterior, a excepción de que esta vez, Abel no la esperaba en la puerta para burlarse de ella. Subió a su habitación y pasó el pestillo. Se sentó frente a la rosa, y la estuvo observando un buen rato, hasta que descubrió las pequeñas lineas anaranjadas que su madre había visto la noche anterior. Pensó que de haber podido crear esa rosa, podría hacer muchas más cosas, y se quedó hasta que oscureció tratando de levantar su libro de matemáticas con la mente. Aunque no surtió ningún efecto para su desilusión.
Bajó a cenar, con la rutina de cada noche, pero a excepción de que esta vez estaba su padre en la mesa. No habló, en realidad nadie habló durante la cena, y cuando hubierón terminado, Tomás salió por la puerta sin decir ni siquiera adiós. Abel y Annie se encaminaron a sus camas, y Bonnie se quedó sollozando en el salón, tratando de recuperarse para ir a desearle a los niños sus buenas noches. Pero cuando llegó, ambos estaban placidamente dormidos. Por un lado le resultó un alivió, no tener que enfrentarse a ellos en ese momento, por miedo a que su debilidad le hiciese aflojar alguna que otra lágrima. Se enaminó hacia su cama, hasta que unos sonoros golpes en la puerta la despertaron de su sueño, para trasladarla a su pesadilla.
Corrió a la puerta, y quitó el cerrojo, en el umbral, Tomás estaba encolerizado y con las ropas hechas jirones. Le propinó un golpe tan fuerte, que la hizo arrastrarse un metro por el suelo, entró y cerró la puerta ruidosamente a sus espaldas.
Annie se despertó de inmediato con los ruídos que provenían del piso de abajo. Cristales rotos, golpes sordos, y gritos de su padre combinados con sollozos de su madre. Sin pensarlo, salió despedida de la cama y corrió escaleras abajo. Se encontró a su madre acurrucada contra el armario del televisor, un leve hilillo de sangre le bajaba de la nariz, y de su boca.
- Mamá... - susurró Annie aterrorizada, y corrió a su lado -. ¿Estás bien?
Esta asintió, y abrazó a Annie.
Detrás de ellas la abominable figura de su padre se alzó como una sombra sobre ellas.
- Sal de aquí pequeña, y eso no va contigo.
- ¡No! - Gritó Annie, asombrándose a si misma por la furia con la que habló – ¡Deja de pegarle!
Tomás comenzó a caminar encoerizado hacia ellas, alzó la mano para asestarle un golpe. Pero antes de que el brazo bajase hasta el pálido rostro de la niña, Bonnie alzó su mano con la palma abierta y Tomás salió despedido hasta la puerta de la entrada. Se llevó un golpe en la cabeza que le hizo caerse dormido.
- Mamá... - vovió a susurrar Annie mirando a su madre consternada.
Bonnie la aferró entre sus brazos, y Annie le devolvió el abrazo, asustada y asombrada.





Esteban N. Santos

viernes, 12 de octubre de 2012

Dispara.



¿Lo sientes? Lo ves, no entiendes. ¿Qué entiendes? Ignoras las paredes. Te pierdes. Saltas, caes, pierdes. ¿No puedes? El bloqueo, ahora lo entiendes. Te levantas, corres, tropiezas... resistes. Sonríes y ganas. Lloras y te ganan. ¿Otro intento, o lo llamaremos fracaso? Camino fallido, me adviertes. Eres fuerte, tu piel te retiene. Ahora tal vez lo sientes. Lo niegas, ¿lo niegas? Pierdes. Levanta, y vuelve a empezar. Camino es sinónimo de obstáculo. Recórrelo con los cinco sentidos. No dejes que te conviertan en ciego, sordo, y mudo. ¿Lo entiendes? Ciego, sordo, y mudo a los caníbales, a las trampas, al canto de las sirenas, a las órdenes mal empleadas. ¿Obedeces sin cuestionarte las órdenes? No asientas, porque volvemos al principio de la fórmula. Tijeras, cuchillas, y balas. Esquívalas todas, sé inteligente. No empujes a nadie, impúlsalos a todos. Impúlsate a ti. Feroz mientras te muerden. ¿El final del camino, preguntas? Nadie lo conoce, aunque muchos se empeñan en decir lo contrario. ¿La muerte? Tampoco sería fácil decirlo. Puede que no haya ni cielo, ni infierno. Pero el capítulo que sigue a la vida es un enigma para todo el que aquí siga. ¿Insistes? Adelante, cae, levántate. Tu persistencia son tus balas. Dispáralas.





[Imagen: David DeFigueredo - A little too late ]







Esteban N. Santos.

martes, 9 de octubre de 2012

Pasajeros V.

 Me muevo a ciegas, sin saber muy bien lo que quiero decir. Enciendo un cigarrillo mientras apago otro, y abro los ojos pero no hay nada nuevo. La soledad es cruel a veces, otras reconforta. Ahora está siendo cruel, no me ofrece tregua alguna.
  No he visto más seres vivos que algún animalillo hambriento (más hambriento que yo), con sus diminutas costillas perfilandose a través de sus huesos de cristal.
¿A dónde habían ido todos aquellos que habían formado esta triste civilización?
Ya no me queda alcohol en esa podrida cabaña en la que estoy viviendo desde hace una semana. ¿Poco tiempo, no? Ha sido más larga y espesa que ninguna a la que haya sobrevivido antes.

  Me desperté aquí sin recordar como había llegado, acostado sobre un viejo colchón que a nadie le daría ni el más mínimo placer. Descargué en mi boca el suministro de whisky que vivía encerrado en la única alacena de la cocina. Encontré dos cajetillas de tabaco, no tenían niguna inscripción, estaban minuciosamente teñidas de negro y ambas le faltaba algún que otro soldadillo. Ahora ya sólo queda uno, y está esperando a que termine de escribir estas letras mal compuestas.
  Tardé una semana en aceptarlo. Pero no habían sido producto de mis sueños las imágenes que se abalanzaban sobre mi cabeza.
  Había muerto, he muerto, estoy muerto. Lo repito para que quede bien claro. Fue fácil, una vez aceptado esto, ordenar esas crudas imáganes y desvelar el resultado final.
  No voy a dejar aquí escrito quien era. Ni tampoco mi nombre, ni la causa de mi muerte. Me iré en busca de algo, no sé de qué, pero ya no aguanto ni un día más en este extraño lugar. Ahora sé que no me moriré de hambre, ni tampoco de sed (pues ya estoy bien muerto), así que seguiré cualquier camino que me lleve a cualquier lugar.


      (Carta del pasajero perdido de la sección WL).






Esteban N. Santos.