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domingo, 23 de septiembre de 2012

Organismos independientes.



Nuestro mundo está repleto de submundos. Todos vivimos encerrados en esferas invisibles en las que estamos unidos a las personas que comparten nuestras ideas, o que tienen unas muy parecidas. Sin embargo, los habitantes de éstos submundos (nosotros) somos insensibles a los otros, a los que no conocemos ni comprendemos. Pero que tampoco nos esforzamos por comprender. Encerrados bajo estas cúpulas – que no podemos ver, ni tocar, pero sí sentir – juzgamos a los que residen en los otros submundos, creyéndonos siempre mejores que los otros. Pero en cierta medida es comprensible, no aceptable, pero sí comprensible, ya que los seres humanos tenemos tendencia a pensar que nuestras ideas son mejores que las de los demás, y muchas veces, de forman inconsciente menospreciamos a las otras (y otras muchas de forma consciente). Craso error, aunque cierto. Lo peor llega cuando los que estamos encerrados en el mismo submundo – ideas, aficiones, creencias… similares – creamos discrepancia entre nosotros por cosas realmente insignificantes. Y así aparecen personas marginadas, aparecen luchas incomprensibles, y aparece el clásico esfuerzo por encajar.
 Todos vivimos en un mundo, después creamos submundos, y en ocasiones incluso micro-mundos. Pero al final parece que nos negamos, u olvidamos aceptar que somos organismos independientes. Todos distintos, ninguno repetido, cada uno con sus virtudes (para unos) y sus defectos (para otros). Y en éste mundo que parece tan desarrollado, y tan civilizado, aún no somos capaces de aceptar a las personas que no piensan como nosotros.
Sólo pienso que todos nos merecemos un poco de comprensión, y no tantos juicios y prejuicios. Al fin y al cabo, somos organismos independientes encerrados en el mismo mundo.



(Imagen de Andrea Muñiz: http://myphotographicaddiction.blogspot.com.es/ )





 Esteban N. Santos.

martes, 18 de septiembre de 2012

Tic.













Tic-tac.
 El crepúsculo se alza de nuevo
antes de que lleve mis ojos al cielo,
tempestades se precipitan,
noches tormentosas sin pausa se abalanzan.

Despierto, y ya ha vuelto
a desplegar la luna sus curvas,
perfectas y lineales desde la oscuridad,
desde la noche, desde la lejanía de los mundos.

Tic-Tac.
 El humo sale del cigarrillo,
el humo sale de mi boca,
el humo sale de tu cuerpo,
el humo sale de nuestro tiempo.

Camino por senderos olvidados
que algún diablo puede recordar.
Doy mis primeros pasos con la luz del alba,
doy mis tres últimos con la negrura de la noche.

Tic-tac.
 Las palabras se atragantan en mi boca,
los proyectos se atascan en el desagüe.
El desfiladero de la mente se colapsa,
las soledades humanas presentan el arca.

 Las manecillas desfilan bien entrenadas,
soldados del tiempo a los que mandan.
 Los dirigentes del tiempo siguen escondidos,
pero siempre mandan.

 Incluso desde las sombras.
Tic-tac.



                                            -Tac.








Esteban Neira Santos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Precisión incauta.





Mi tiempo no es preciso, un día me miente, al siguiente me engaña. Yo estoy hecho de hielo, tú estás hecha de fuego. Congelo las horas, pero aún así ellas se van. El infinito está perdido buscando su principio. La sangre resbala por las yagas de viejas heridas, caliente y fría. Los extremos se atraen y se repelen con la misma sencillez, pero al final los extremos siempre serán extremos. Pregunto, ¿quién? Fue el que quiso reescribir las viejas historias olvidadas, borrando el futuro escrito y colocando una moneda de oro sin ninguna cara, sin ninguna cruz. Mi tiempo no es preciso, no sé si comprendes que todo se va, la muerte será lo único que nos haga iguales, o al menos similares. Errores acumulados, ¿dónde está el final? Quiero cruzar un viejo portal podrido que me conduzca a mi mundo. Este no es el mío. Camino por una cuerda tensada sobre afilados clavos que llevan tiempo descansando. Y sí, mi placer es ver que el día se vuelve gris, que las nubes negras ocultan al prepotente sol de septiembre, y que las primeras lluvias vuelven a caer con fuerza, orgullosas de sí. Y tú eres de fuego, cualquiera se quemaría al tocar tu blanca piel de nieve. Hielo. Y ahí estás, con una sonrisa que quema, con una sonrisa que derrite el hielo. Y no hay tiempo, él no es preciso.









Esteban N. Santos.

martes, 11 de septiembre de 2012

El silencio de los amantes.



 El humo del cigarrillo ya casi ha perfumado toda la habitación. Dos pares de ojos están frente a frente, la guitarra fuera de su impecable funda verde yace en una esquina esperando a que uno de los dos punteé sus cuerdas, tiene mucho que decir. Pero sólo hay silencio. Él la mira a ella atentamente mientras enciende un cigarrillo; ella le mira a él atentamente mientras sostiene entre sus finos dedos su casi agotado cigarrillo. Sentados él uno frente al otro con las piernas cruzadas sobre la cama, despojados de sus ropas, con el mapa de sus cuerpos esperando a ser surcados de nuevo por el cálido aliento de sus bocas. Se miran en silencio, diciéndolo todo a través de sus ojos, no hay palabras, faltan palabras para decir lo que los amantes sienten en la electricidad de sus inocentes sentimientos.







( Imagen: Hattie Watson. Hattie on the bed, de Art T )


Esteban N. Santos.

lunes, 10 de septiembre de 2012

La danza de las infinitas.




Desde las danzantes nubes del
cielo veraniego, se filtran rayos:
ilusorios y traicioneros.

Cuentan historias de aventuras
aladas. Hipnotizan y capturan
los deseos que mi boca calla.

Danzan ellas, y se transforman
en armas, haciendo guerras
de las que nadie se escapa.

En un movimiento que mis ojos
no captan, aparece el rostro de
la musa no encontrada.

Busco entre sus formas una respuesta
a mi propuesta, pero de nuevo
contestan con una burla molesta.

Ahí flota la sangre blanca
que de las heridas de cientos se escapa,
todos ellos civiles y prisioneros,

 ninguno de ellos traicionero.
Cuenta injusticias de las que nuestros ojos
no querían ser testigos.

Recita la poesía del júbilo
de un nuevo ser nacido,
y del dolor, de la muerte de un amigo.

Danzan ellas y cantan su brío,
con el que amanece cuando llueve miedo,
con el que anochece cuando sangra sal.








Esteban N. Santos.