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jueves, 30 de agosto de 2012

No se callarían.


  El sonido de esa voz en mi cabeza me quemaba, me deshidrataba. Eres débil, dijo de nuevo. Sólo pude asentir. El bello de mis brazos se erizaba con el roce de su sombra, me hostigaba por mis pensamientos, me hostigaba ella, mi conciencia. Siempre presente, siempre alerta. - Mírala –, volvió a decirme esa voz dentro de mi cabeza, obedecí como una mascota sumisa. Ella se alejaba a paso lento entre carcajadas, ¿con quién camina? - ¿Acaso importa? Ella solo se va, y tú quedarás aquí sollozando como un patético crío -. Terminó la frase entre risas perversas. Evoqué la imagen de la vieja Smith & Wesson que mi anciano abuelo había escondido tantos años bajo la almohada de su cama, y pensé en callar las voces que rugían dentro de mi cabeza como cuervos hambrientos. Pero las voces volvieron a reírse, se reían de la estúpida idea que se me había ocurrido. – No puedes morir aún, lo sabes. Hay cosas que hacer -. Volvía a reír, la idea de volarme los sesos le había parecido de lo más graciosa. Entonces lo comprendí. No se callarían, las voces que me hostigaban seguirían ahí hasta que completará el plan. No se callarían.











Esteban N. Santos.

lunes, 27 de agosto de 2012

Aspiraciones carbonizadas.



Los aullidos del dolor impaciente que hacía sangrar mis pulmones cada crepúsculo, cada amanecer. Hemos ganado el deleite de nuestros errores, hemos sangrado lágrimas negras con ellos, hemos reído carcajadas ciegas por ellos. Algo se retuerce en mi estomago, ¿lo oyes?, pide un tiempo muerto, y yo le digo que me moriré a tiempo. He comido todos los regalos afanosos, y también los rencorosos. Pude olor perfumes delirantes, disfrutarlos, y luego odiarlos. Pude también despreciar el perfume de tu piel para luego poder amarlo. He reproducido más de doscientas veces mi canción favorita, bueno, mis canciones favoritas. Si he llorado no lo has sabido, y si he sonreído al mirarte rezagado en mi insufrible soledad lo has ignorado. Si vivo intensa o lentamente puede que no lo sepas más que cuando entres en el sótano de mis ojos. Se me han atragantado más de mil doscientas veintitrés veces las palabras que quería escribir. He comenzado más de veinte historias distintas, y no he terminado ni diez. Me he avergonzado al ver sus ojos clavarse en mis pasos, y mi piel roja les gritó bien alto - ¡dejad de mirarme! -. He buscado impaciente tesoros incipientes, no encontré ninguno, pero la búsqueda valió la pena. Soy lo que no sabes, y lo que yo ignoro. He sido odioso, y me siguen odiando. He sido la fachada de un viejo edificio en ruinas que trataba de encajar entre los más relucientes de la ciudad. Comencé una búsqueda extraña, ignorante de que tardaría tal vez dos de mis cortas (o largas) vidas en zanjarla. Seguiré hablando en mis sueños, pero prometo no volver a engañarme cuando esté despierto. Promesas vacías y perdidas, en eso siguen nuestras vidas. Metas, oportunidades, partidas… todo es un juego macabro que conduce al pozo negro del violador de los sueños. Ganar o perder. La vida es más amplia, puedes caminar con los ojos cerrados, pero siempre tienes que llevar tu sexto sentido alerta. Siempre espero que el espejo me dé alguna respuesta. Pero todos callan. Y yo sigo como en cada crepúsculo, lejos del sol de las noches ingratas, y cerca del paraíso de mis dimensiones imaginarias.






Esteban N. Santos.

viernes, 24 de agosto de 2012

Crónicas de la Bruja de Hielo I.



 
Volvían a clase después de las tan ansiadas vacaciones de Navidad. Abel caminaba un metro por delante de su hermana pequeña, Annie. No le gustaba tener que hacerse cargo de ella, y mucho menos que la viesen con él. Tenían trece y doce años respectivamente. Abel era el chico guay de su curso, con su flequillo a la moda, su ropa ceñida e impoluta, y las marcas de cada una de sus prendas habrían cegado a una mosca a miles de kilómetros. Annie sin embargo era todo lo opuesto a Abel. Ella era tímida e insegura, no iba nunca a la moda, le gustaba leer y aprender, Annie era sumamente inteligente. Ella ignoraba que era bonita por dentro y también por fuera, pese a que su madre no se cansaba de repetírselo, Abel siempre estaba preparado para hundirla en la más desagradable miseria. Ahora caminaban con el mínimo metro de distancia el uno de otro, ella agarraba una serie de carpetas y libretas contra su pecho, caminaba cabizbaja sumida en su mundo de fantasía. Pronto los amigos de Abel le abordaron, alguno le dedicó a Annie alguna que otra mueca, pero la trataban como si ella no estuviese allí. Ella le había dicho a su madre un montón de veces en estas últimas vacaciones que ya estaba preparada para ir sola caminando a clase, pero su madre insistía en su negativa y la obligaba a ir a clase con su hermano. Soportaba ya las burlas como un molesto zumbido de una mosca en pleno verano, pero no le gustaba en absoluto.
 La madre de Abel y Annie era inglesa, había conocido a Tomás, su marido, en una peregrinación que había hecho con algunos amigos, y con su anterior pareja. Ella se llamaba Bonnie, era pelirroja, de tez muy blanca, pecas y ojos azules, Annie era igual que ella. Sin embargo Tomás tenía el pelo negro, la tez morena, y los ojos marrones, Abel había heredado todo esto excepto el color de los ojos, que había heredado también el azul de su madre.
 En el último paso de peatones antes de cruzar las murallas de la escuela, Abel se giró para ver si su hermana le había seguido, no le dedicó ninguna palabra, ni gesto alguno. En cuanto vio que ella iba detrás corrió adentro y se adentró en su corro de amigos. Annie siguió caminando con su paso lento, subió las escaleras de piedra, y espero en el patio de la entrada, se acurrucó contra una pared a la espera de que sonara la campana. A los pocos minutos se acercó a ella una niña de pelo negro y ojo marrones, se llamaba Inés, y era una de las pocas amigas que Annie había conseguido hacer desde que estaba en ese colegio.
 - ¡Annie! – Exclamó Inés eufórica al verla. Annie le devolvió el saludo y juntas comenzaron a hablar de las vacaciones recién pasadas. Mientras hablaban, un niño que a simple vista parecía más joven que ellas, se acercó a ellas dubitativo. Su pelo rubio le caía por delante de los ojos, y su piel era para sorpresa de Annie tan pálida como la suya. Eso la alegro un tanto.
 - ¿Quién eres? – Le preguntó Inés cuando estuvo lo suficientemente cerca para poder oírlas.
 - Hola… soy Mateo – balbuceó el niño.
 - ¿Cuántos años tienes?
 - Doce, ¿vosotras? ¿Vais a ir en mi clase?
 - Si. Yo soy Inés, y esta es Annie.
 - Hola Annie.
 - Hola. Puedes acercarte, algo me dice que vamos a ser buenos amigos.
El pequeño Mateo pronto perdió su vergüenza con las dos chicas, y comenzó a contestar más locuazmente a las preguntas que ellas le hacían. Era nuevo en el colegio, por motivos de trabajo su padre había tenido que trasladarse en este invierno, y le habían admitido en el colegio. Su conversación se vio interrumpida por el tintineo de una campana que los llamaba. Los tres iban en la misma clase, y ese fue uno de los mejores días en el colegio para Annie, no sólo hizo de nuevo amigo a Mateo, si no que los mellizos Silvia y Juan, se acercaron a ella en la salida, y la acompañaron a casa. Cuando llegó a casa, Abel la esperaba en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y la pierna derecha flexionada contra la pared.
 - Mamá dice que tengo que hacerme cargo de ti, pero parece que hoy te has escapado con tus amiguitos.
 - Conozco el camino de vuelta.
 - Mira que eres tonta, todos los niños que se hacen tus amigos es para después reírse de ti. No eres más que un bicho raro. ¡Bicho raro! – Abel comenzó a saltar, y a gritar a sus espaldas mientras ella abría la puerta. Subieron las escaleras, y el siguió insultándola - ¡bicho raro! -, hasta que cerró la puerta de su habitación, y él quedó del otro lado rompiendo en carcajadas. Se tiró en su cama y comenzó a llorar desconsoladamente, las palabras de su hermano se repetían en su cabeza como uno de esos discos que están irremediablemente rayados.
 Una hoja se había filtrado por su ventana del exterior, sus lágrimas vagaban inconsolables por su cara, una pequeña gota cayó en picado sobre la hoja. El agua de su lágrima comenzó a correr por entre la hoja, segundos después esta comenzó a estirarse, convirtiéndose en un tallo de una flor, las espinas se perfilaban a lo largo del tallo que siguió creciendo hasta que unos pétalos de un rojo oscuro, casi negro, frenaron el crecimiento del tallo, y comenzaron a nacer más y más petalos, hasta crear un abanico de estos. La flor quedó tendida sobre la cama, Annie había dejado de llorar, absorta ante lo que acababa de presenciar.






Esteban N. Santos.

Melodía de las últimas flores heladas.


La sentía como una forma asimétrica del amor. Era fría y caliente, agresiva y dulce, era alegría y melancolía, era inteligente, muy inteligente. Pero lo que más me gustaba de ella era su vida, estaba llena de vida. Era como los últimos versos de una canción triste, como los primeros versos de una canción alegre. Pero nunca la compararía con una canción del verano. Podía ser una melodía, o convertirse en el estridente sonido de una lavadora que cae desde un quinto piso. Deberíais de poder verla a través de mis ojos, todos los colores bailan con su cuerpo. El tiempo nunca se congela, pero yo lo congelo en mi memoria. Y así los colores siempre bailaran con su cuerpo, esbelto y singular.








Esteban N. Santos.

sábado, 18 de agosto de 2012

Lo que arde sin fuego.


 La sentía fría y firme desfilando entre sus músculos, sacando sangre inútil de su cuerpo. Había pensado en la muerte tantas veces que ahora se sentía estúpido, triste, y en cierto modo ese sentimiento que no conseguía descifrar supuso que sería cierta felicidad. Era de día, pleno sol en el cielo, reinando ahí arriba, ninguna nube perturbaba su radiación, y lo inesperado volvía a pasar. En el extenso parque, lleno de campos verdes, con una visibilidad apabullante de lo que hacía el individuo de la camiseta blanca de tiras que estaba hurgando con su dedo índice en la nariz en el otro mismo extremo del parque. Bien, ese era el parque.
 Un día de calor, donde la gente que no tenía nada mejor que hacer (mucha), salía a pedirle al sol un poco de su pasión. Pero él no había salido para broncear su piel, ni para hurgar en su nariz en busca del oro del Rey Midas, sólo era parte de su medicina, de la medicina que el doctor Álvarez le había recetado. Sal, relaciónate con la gente, necesitas hablar y no estar siempre en casa, eso no te ayudará a mejorar. No has hecho nada malo. No has hecho nada malo.
 Pero él nunca había sido un chico afortunado, no lo fue en el colegio, no lo fue con su familia, no lo fue en el instituto, no lo fue en la universidad, y no lo fue en su trabajo, no lo fue en el amor, ni tampoco en la amistad. Debería de daros algo de pena, pero yo tampoco creo en vuestra compasión.
 Su tez blanca como el hielo ignoraba que pronto podría experimentar el frío sabor de la muerte. Caminaba con la cabeza gacha y cubierto con una chaqueta, no quería que nadie viese en sus brazos sus absurdos intentos adolescentes por llamar la atención. Y ahí entre sudores (gracias al sol y a su desagradable chaqueta), cruzaba la última calle antes de llegar al parque, pensando solamente en llegar a casa, y ver el nuevo capítulo de Fringe. Pero todos sus pensamientos se evaporaron muy pronto. Levantó la cabeza (algo completamente inusual en él), miró hacia el sol y cerró los ojos, sonrío como un niño que descubre algo nuevo. Y mientras su cuerpo y su mente exhalaban ese momento de felicidad, la navaja entró en su cuerpo, frenó sus pies, borró su sonrisa, apagó sus planes, y escribió las últimas líneas de su vida.
 Se fue como vino, solo y sin nada que decir.






Esteban N. Santos.