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jueves, 19 de julio de 2012

V. Parte II


 Me acerqué a ella rápidamente, olvidando mi plan inicial de no hacer ruido alguno. Ella no se percató de mi presencia hasta que toqué con mis manos sus pálidas mejillas. Abrió sus ojos verdes, tan intensos y fríos que me hizo palidecer a mí.
 -¿Quién eres? – Su voz era melodiosa y tranquilizadora. No sonaba alterada para mi sorpresa, y no había ningún atisbo de debilidad en su voz. Ni en su mirada.
 -Te voy a sacar de aquí. – Ella escrutó una sonrisa irónica.
 -Edgar no lo permitirá. Si lo haces te buscará y te matará, y a mí volverá a traerme aquí para hacer volar a cientos de yonkies estúpidos que disfrutan metiéndose mi sangre en sus venas de mierda.
 - ¿Sangre? – Perdí por momentos la noción, olvidándome de que estaba tratando de rescatar a una chica en apuros. Una chica hermosa -. ¿Así es como hace el V? ¿con sangre? – No se lo preguntaba a ella claro, si no a mi imaginación que tantas cosas me había contado acerca del V.
 - Resulta que mi Hércules es un puto yonkie al que le gusta mi sangre, tal vez padezcas vampirismo guapo – seguía con la serenidad en su voz, parecía la persona más sensata de la tierra -. ¿Ya dudas de si rescatarme será una buena idea? – Rompió a reír su propio chiste, a mi no me hacía ninguna gracia.
 - No…, yo… ¿dónde guarda las llaves de esas cadenas?
 - Aquí.
 La voz de Edgar a mis espaldas paralizó todo mi sistema. Me gire lentamente hacia la puerta roja, presa del miedo y de la vergüenza, y allí estaba él. Me apuntaba con un Magnum 375, digno de un gran gánster de los ’60, dispuesto a dispararlo sin vacilar. La estridente risa de la chica se había alzado de nuevo, y llegaba a mis oídos como si estuviese a quilómetros de distancia de ella. La voz queda de Edgar se proclamó sobre su risa, y sobre mi silencio.
 - Cierra esa boca puta – dijo señalándola con el cañón del arma -, y tú – se giró para apuntarme a mí de nuevo -. A ti te daré dos opciones por haber sido mi adinerado conejillo de indias. Puedes irte y olvidar lo que has visto, seguir dejándote tu dinero en comprar mi mierda, y sobre todo no hacer experimentos en casa – esbozó una amarga sonrisa, como si estuviese hablando con un hijo revoltoso -.  O puedes no olvidarlo, y entonces morirás ahora mismo. Y no olvides que sabré si mientes, no lo olvides en ningún momento hijo de puta.
 - Lo olvidaré todo – para mi vergüenza suprema, cuando dije eso, mis levi’s azul celeste ya había coloreado una mancha azul oscura en torno a mi entrepierna -. Lo siento, tío. No sé por qué lo he hecho… - seguí escupiendo palabras estúpidas, mientras caminaba hacia la puerta roja sin perder de vista el cañón de esa reluciente Magnum 375. Cuando salí de la habitación, corrí como un perro detrás de un humeante trozo de carne hacia mi coche. No volví la vista atrás, pero escuchaba la risa de la chica, era una melodía llena de locura (y como para no serlo), y juraría que Edgar no dejó de apuntarme hasta que me vio desaparecer con mi preciado coche lejos de allí, muy lejos.

 Dos semanas después, mi abstinencia pedía a gritos V, pero había agotado el que me quedaba. Reuní el valor necesario para llamarle (pesé a ser un yonkie tengo mi orgullo), marqué su número pero no hubo respuesta. Una operadora me indicaba que el número que al que estaba llamando no existía. Volví a marcarlo suplicando que me hubiese equivocado de número, pero de nuevo la operadora me indicaba que no existía dicho número. Unas horas más tarde, pesé a las claras indicaciones de Edgar, me acerqué a su casa. Estaba deshabitada. L puerta de la entrada estaba abierta, entré y pude ver con mis propios ojos que allí no había nada, ni rastro de vida humana. Incluso la puerta roja había desaparecido.

 Ahora ocho meses después de mi visita a su casa vacía, sólo ahora puedo comprender las palabras de Kurt, todo son excusas. Y son las que me doy cada día para no sentirme una mierda miserable por no haber ayudado a aquella desgraciada chica. No dejó de darme estúpidas excusas (No tenías opción, ¡él tenía un arma!, no era tu problema…), y no hago más que empeorar la situación. Así que decidí hacer algo, tenía que hacer algo. He encontrado una voluntaria, le hablé del V, y de cómo se hacía (en realidad, de cómo creo que se hace porque sólo sé que necesito sangre), y aquí está, delante de mí, atada con gruesas cadenas y amordazada. Tiene un cuerpo bonito, extremamente delgada pero es bonito, he de admitir que está yonkie me pone cachondo. Ahora empiezo yo mi experimento.











Esteban N. Santos

lunes, 9 de julio de 2012

V. Parte I

Me inyecté un poco de V, el poco que quedaba en la última cápsula que tenía. Era suficiente. Comencé a notar como mi cuerpo se olvidaba de la gravedad, y se sentía ligero e inmortal. Me olvidaba del tiempo, este se paraba para mí. Sentía la voz de Kurt vibrar en cada nervio de mi cuerpo, y coincidía con él, todo son excusas. Me sentía como una nota de su guitarra, flotaba y bailaba en mi cabeza como si fuese un bailarín del ballet ruso.
 Pero no voy a aburriros con más descripciones de lo que el V me hacía, de lo que el gran V hace.
 Me había quedado sin más cápsulas, el efecto tardó en marcharse, pero cuando se fue, necesitaba desesperadamente hacerme con más. Le llamé durante horas por teléfono, mi desesperación se incrementaba. Pero no sé, si cansado de escuchar la melodía de su móvil, o porque acababa de alcanzarlo, lo cogió.
 - Edgar necesito más.
 - Lleva su tiempo, ya te lo he dicho cantidad de veces. Tienes que avisarme con al menos dos semanas…
 - Algo tendrás, aunque sólo sean dos cápsulas…
 - Maldita sea, sí. Nos vemos mañana a las ocho. Ya sabes dónde.
 - Joder Edgar, si me dijeras como se hace ya no te tocaría más los huevos.
 - No seas idiota, no te voy a decir cómo se hace, este es mi puto trabajo. Vete a la mierda ahora, y mañana ven a por ella.
 Colgó. El muy cabrón estaba alterado. Sólo el producía el V, era un hijo puta listo, y yo sólo quería saber de dónde venía esa maldita droga, que más que una droga, era una magia para mí.

 Al día siguiente, a las siete, yo ya estaba allí bajo el puente. Le esperaba agotando cigarrillo tras cigarrillo, ansioso por mis cápsulas. Dieron las ocho y llegó. Hicimos el intercambio (trescientos malditos euros por ocho cápsulas, vaya un hijo puta). Me marché directo a mi BMW 530, y esperé a que el pasará. Conducía un coche viejo, un Renault 19, era listo, sabía pasar desapercibido. Pero yo me creía más listo, y le seguí. Tuve la suerte de que iba directo a su casa. Y tras una hora de recorrido por tortuosas carreteras, llegamos. Una pequeña casa blanca de tan sólo una planta, nada excepcional. Todo lo que el tío tenía era común, nada ostentoso. Esperé allí, con mi impecable BMW escondido entre la maleza. Hasta que por fin ¡por fin! Se fue. Desapareció por la carretera cuando el sol comenzaba a ponerse, y el crepúsculo ya centelleaba en el cielo. Corrí sigilosamente hasta la puerta de la entrada, levanté el paragüero donde le había visto depositar la llave. Abrí.
 Su casa era normal, mierda, todo era normal, no había nada que reprocharle a ese tío. Pero yo necesitaba encontrar su laboratorio, si es que operaba allí, yo tenía esperanza, y ella me correspondió. Una puerta roja al fondo del pasillo captaba mi atención, y la de cualquiera que allí hubiese entrado. Era lo único que podría llamarse anormal en aquella casa tan común. Caminé hacía ella, mi corazón golpeaba en mi pecho con tal fuerte que parecía que fuese a reventar y escaparse el mismo de mi cuerpo. Pero se mantuvo. Toqué el pomo de la puerta, y la giré lentamente. No quería hacer ruido algo. Asomé mis ojos hacia el interior de aquella estancia, y lo que vi…
 Fue una chica con el pelo corto y negro como la ceniza, no tendría más de veinte años, y estaba atada de pies y manos a una cama. No llevaba más ropa que un camisón de esos que te hacen poner en el hospital. La única luz que se filtraba en aquella habitación era a través de la persiana cerrada, supuse hasta su tope. Y la estancia tan oscura, quedaba iluminada por esa tenue luz. Pero pude distinguirla claramente, yacía dormida, y volví a suponer que agonizando de dolor.










Esteban N. Santos