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viernes, 29 de junio de 2012

Vacío intransigente.












 Un parpadeo neutro
en un vacío bipolar,
el silencio una utopía
la sangre no te va a engañar.

 Tu pulso se precipita
y la surrealidad te va embargar,
caes en el abismo
para que tus mentiras te vuelvan a raptar.

 Tu vida no tiene sinfonía,
pero tú te empeñas en buscar
una extraña melodía
que te haga caminar.

 Tu cuerpo no encuentra movimiento
eso no es novedad…
Mientes a los cuatro vientos
para creer tu realidad.

 La realidad siempre varía,
depende de la brújula mental:
en unos es sinfonía,
en otros es funeral.

 De rojo se tiñe tu esperanza,
la esperanza es una fuga mental.
 Presionas tu próxima alabanza,
oscuridad en el hipotético final.






Esteban N. Santos

sábado, 23 de junio de 2012

Patri y Mario XI. Epílogo. Parte II.


 Patri no tardó en despertarse, y la pequeña familia se emergió en el festivo desayuno que Marta había preparado para celebrar su mayoría de edad. Hablaron de nimiedades mientras comían pausadamente. Al terminar Patri y Mario corrieron a cambiarse, y al cabo de unos minutos la pareja desapareció de los límites de su propiedad con el ronroneo del todoterreno que conducía Mario. Dejaron a Marta disfrutando de tener toda la casa para ella sola toda la larga mañana. Se asomó al balcón para ver como el coche de su padre desaparecía en una curva cubierta de grandes árboles.

 Mario dejó a Patri en el centro de la ciudad, y se despidió de ella sin hacer mención de la visita de Nando ni de la amarillenta carta firmada por su difunto hermano. Tan sólo le dijo “tengo unos asuntos que atender, te recogeré al mediodía”.

 Una mano se posó en el hombro desnudo de Marta, y esta se volvió con un sobresalto.  A sus espaldas Nando la miraba firmemente y una sonrisa se dibujó en su cara.
 - ¡Qué susto me has dado! – inspiró lentamente tratando de serenarse, y le propinó un golpe a Nando en el hombro -. Podías dejar de darme esos sustos.
 - Podría intentarlo. Por cierto, felicidades. – Sus ojos se cruzaron, y sus sonrisas se intercambiaron. Ella se colgó de su cuello, y acercó sus rosados y simétricos labios a los de Nando, que se enfrascaron en un beso lento e intenso.

 Patri caminaba a paso ligero para salir de la tienda cargada de diversas bolsas. A sólo unos pasos de la salida un pequeño destello negro llamó su atención. Amainó su paso, pero a medida que se acercaba al destello negro, este aumentaba su tamaño, pero parecía que solo había captado la atención de Patri. Cuando estuvo a sólo un paso de pisar esa mancha negra, su mente vagó fugazmente hasta aquel supermercado olvidado. Ya era tarde para retroceder, había vuelto a abrazar su conciencia, y sus ojos no podían apartarse de esa oscuridad, sus pies resbalaron, y el agujero negro la atrapó con toda su majestuosidad.
 Caminaba forzosamente agarrándose su crecida barriga, mientras algo golpeaba en su interior. No reconoció el oscuro paraje por el que caminaba. La imagen comenzó a difuminarse, y pronto se vio en la charca de un pozo hondo, muy hondo. Como una imagen proyectada en una pared, el rostro de Lía apareció en la boca del pozo. Escrutaba su sonrisa más sombría, y se acercaba más, y más a Patri; y cuando estaba tan cerca que casi podían tocarse se difuminó como humo contra la pared.

 Su corazón palpitaba con fuerza y sus nervios no dejaban de incrementarse. Mario bajaba las viejas escaleras que tantas veces le habían llevado hasta su amigo Abadón, cuando era tan solo un niño. Su linterna le iluminaba el camino que debería de elegir, busco por los sitios más obvios, pero no encontraba nada de lo que Miguel decía en la carta. Tras unos minutos recorriendo el sótano sin encontrar nada, se apoyó lentamente contra la pared que sostenía las escaleras, e iluminó con su linterna la pared que tenía delante de sus ojos. Unas letras captaron su atención. Talladas en el bloque de la pared rezaban: Si vis pacem, para bellum.
Buscó, y no tardó en encontrar la forma de descolgar el bloque de la pared. Iluminó el hueco que el bloque había dejado, y una pequeña bolsa impermeable esperaba solitaria que alguien la rescatase. Sacó la bolsa, y volvió a dejar todo en su lugar. Corrió al exterior sin mirar atrás, y no fue hasta que estuvo en el interior del coche cuando se decidió a abrir la pequeña bolsa. Un viejo cuaderno con las solapas negras gastadas, un par de antiguallas de la familia, y el resto estaba repleto de billetes rosados y algunos cuantos cheques con muchos ceros. Un coctel de dispares sentimientos se precipitó en su interior mientras una lágrima zigzagueaba sobre su cara.

 Nando encendió un cigarrillo interrumpiendo brevemente su conversación de jóvenes amantes. Una mujer saludaba desde el otro lado del pequeño muro, tendría unos cincuenta años y sus ojos centelleaban de curiosidad sobre el balcón.
 - Debes tener cuidado, hay personas que quieren hacerte daño, y es difícil a veces reconocer la mirada de los que quieren dañarnos.
 Ambos miraban al horizonte, meditando en silencio. La señora seguía caminando por el camino y no separaba los ojos del balcón, por eso, no vio el viejo poste que le asestó un golpe en toda la frente haciéndola retroceder dos pasos hasta hacerla caer en el suelo.
 - Tampoco puedo estar escondida en una urna de cristal.
 - Cierto – Nando perdió su mirada en los profundos ojos de Marta, y dejó entrever la preocupación que le atormentaba en su rostro -. Quiero que recuerdes lo que tantas veces te he dicho, y no debes olvidarlo. El mal nunca muere.


Fin;





Esteban N. Santos.

martes, 5 de junio de 2012

Patri y Mario X. Epílogo. Parte I.


 El sonido de las ruedas contra el asfalto apartó a Mario de su ensimismamiento. Una furgoneta acababa de adentrarse en los límites de la vieja casa en la que ahora se encontraba Mario, allí, clavado en las escaleras.  La furgoneta paró frente a él. Patri con una sonrisa dibujada en su cara, salió alegremente despidiéndose del anciano, y corrió a los brazos de Mario.
 - Te están buscando en el Hospital – miró a los cristalinos ojos de Patri -. No deberías haberte escapado.
 - Quería ayudar, pero llegué tarde, y la tormenta por fin se ha ido – sus ojos se clavaron en la vieja casa a las espaldas de Mario -. ¿Por qué en casa de mis padres?
 - No era buena idea volver a nuestra casa, de hecho, quiero deshacerme de nuestro piso.
 Ella asintió, y se internaron en el interior de la casa.

 Patri lloraba mientras Mario le contaba todo lo que había ocurrido. Lía, el tío, la niña…
 - Quiero adoptar a esa niña. Haré todo lo posible para adoptarla – miró a su alrededor hasta clavar sus ojos en una vieja fotografía -.  Nunca lo pensé, lo de tener hijos, pero esa niña… Quiero cuidarla.
 Patri asintió, y le dedicó una sonrisa a Mario. La noche se alzó, y ellos se dejaron abrazar por su silencio y su tranquilidad.

 Ocho años después.
 El sonido del timbre resonó por las paredes de la casa alterando el parcial silencio que allí reinaba. Eran las siete de la mañana de un sábado de Marzo, una hora cuánto menos imprudente para molestar a alguien un sábado. Volvió a sonar el timbre. Mario con sus holgados pantalones de pijama, bajaba las escaleras de la casa con un ritmo pausado mientras maldecía por lo bajo y se limpiaba las legañas. El timbre rezumbo de nuevo en la casa.
 - ¡Ya va, ya va! – Gritó Mario enérgicamente.
Abrió la puerta, y en el porche, un joven de unos veinte años con un semblante atormentadoramente serio miraba a Mario, como si esperase una señal para hablar.
 -¿Qué quieres, chico? – Preguntó Mario enojado.
 - Siento molestarle, señor – bajó su mirada a sus manos, en las que llevaba un sobre amarillento -. Hace años un hombre que usted bien conoció, me dio claras referencias de que no me olvidara nunca del veintitrés de Marzo, en especial, de este veintitrés. Me pidió que le entregara esto, ahí están las respuestas, o eso me temo – le tendió el sobre a Mario, y este confuso lo cogió. El chico se dio la vuelta y antes de bajar los escalones se volvió ligeramente -. Me alegro de volver a verle -. Sonrió enigmáticamente y se marchó caminando despacio, haciendo caso omiso de las llamadas de Mario.

 Desde la ventana que daba al patio principal, por donde el chico estaba caminando, una joven de pelo largo, liso, que dejaba que sus cabellos del color de la miel cayeran por su rostro. Con curiosidad observaba al chico que se dirigía a la salida de su casa. El chico se giró lentamente antes de salir por el portal, y sus ojos se posaron en la chica. Ella ahogó un grito por el sobresalto, no esperaba que pudiera verla desde allí, sin embargo, el chico le sonrió, y volvió a retomar su camino.

 Mario nervioso y confuso se movía por el salón con el sobre amarillento en sus manos. Cuando se pudo sosegar parcialmente, se sentó en el cuidado sillón de su despacho, y lentamente comenzó a abrir el sobre. La carta rezaba:

   Hola hermano.
 Si lees esto, es que seguramente haya muerto, no es de extrañar, me lo tengo merecido. Mi última voluntad es sencilla. Me cuesta decirte esto, pero una vez tuve una hija, y la madre de esa niña no fue otra que la hermana de Patri. No podía cuidarla después de la muerte de Ana, mi precaria vida sólo la conduciría a una muerte prematura. La dejé en un orfanato, me encargué de que estuviese bien atendida, eso te lo aseguro. Quería pedirte que vuelvas a la vieja casa de los Iglesias. En el sótano donde Abadón vivía dejé a buen resguardo una cantidad de dinero que tenía pensado entregarle a la niña cuando hubiese nacido. En los siguientes papeles te indico el modo que tendrás de encontrarla. Espero que me perdones todo el mal que he causada, y todas las heridas que he abierto y en las que he hurgado.
 Tu hermano, Miguel.
 PD. El chico que te entrego la carta no es otro que Nando, aquel chico que te dije que me recordaba a mí.
 Saluda cordialmente a Patricia de mi parte.

 Unas frías lágrimas descendieron por el rostro de Mario. Dejó la carta en su escritorio, y comenzó a hurgar entre los papeles que precedían a la carta.
 - Marta, mi Marta…
Desde la puerta del despacho, la chica del pelo de miel, miraba curiosa a Mario.
 - ¿Ocurre algo Papá?





Esteban N. Santos

lunes, 4 de junio de 2012

Las franjas oscuras.


¿Nunca has pensando en todo lo que has olvidado? ¿En lo que ocurrió en esas franjas oscuras que tu memoria no consigue descifrar?
 En algún momento nosotros, y nuestra memoria, tomamos la decisión de que hay ciertas cosas que no queremos recordar, y en el momento en que quieres avivar esos recuerdos, sólo encuentras una franja oscura bañada con destellos de tu inocente imaginación.
 No sentir el dolor de un recuerdo no es bueno, yo no lo considero bueno. Olvidar es un error. Disfrazar el pasado, es otro error. Tener todos tus recuerdos listos para atenuarse cuando desees, eso sería para mí, lo acertado.  Pero es cierto que a veces estamos mejor lejos de algunos de nuestros recuerdos…
 Esto me lleva a una clara y sencilla pregunta: ¿Es mejor recordarlo todo, o hay cosas que es mejor olvidar?






Esteban N. Santos