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martes, 22 de mayo de 2012

Patri y Mario IX. Oscuridad ensangrentada.

 El tío huyó escaleras abajo lanzando a la niña hacia Mario para entorpecer su persecución. Bajaba apresuradamente, mirando fijamente la puerta que le conducía a la calle, y no lo vio venir. Una gruesa barra de metal golpeó su cabeza haciéndole caer aparatosamente sobre el suelo. Lentamente, un pequeño individuo encapuchado se colocaba sobre él, la hoja de una navaja centelleó en la oscuridad para terminar surcando el cuello del tío. La sangre brotaba lentamente del hilo que había trazado sobre su cuello, y entre gemidos el tío comenzó a escupir sangre de su boca. El encapuchado no satisfecho con el retrato del pederasta, agarró fuertemente la navaja ensangrentada y la hundió en la entrepierna del tío. Unos acelerados pasos por las escaleras hicieron al encapuchado salir a toda prisa del edificio, dejando la navaja sobre la entrepierna del tío.
 El taconeo sobre la calle vacía producía un eco atormentador, Lía se desplazaba como una víbora calzando zapatos caros hacia la casa de Mario. Sumergida en sus más desagradables pensamientos tampoco lo vio venir. El encapuchado caminaba apresuradamente cabizbajo hasta que tropezó contra el espigado cuerpo de Lía.
 - ¡Mira por donde andas niñato! – Ella vertió su mirada más arrogante al encapuchado. Los ojos de ambos se cruzaron, y la cara de Lía se convirtió en una máscara de miedo. - Nando… - Susurró asustada.
Una enigmática sonrisa inundó el inocente rostro de Nando. Ella no lo vio, seguramente siempre se pregunte como fue capaz de esconder un chuchillo tan grande, y haberlo sacado del interior de su chaqueta a semejante velocidad. Nando plantó el cuchillo en el plano vientre de Lía, lo retorció, y allí se lo dejó. Se escapó corriendo y se perdió en la oscuridad de la siguiente calle.

 La cara de Mario se convirtió en una máscara de asombro. Admiraba la obra que habían hecho con el cuerpo del tío. Corrió afuera cuando hubo salido de su ensimismamiento buscando al artista. Pero no lo encontró. Sus ojos terminaron clavándose en un cuerpo tirado contra la pared de la calle. Lía. Corrió cuanto sus piernas le dejaron.
  - No pidas ayuda. - Las palabras salían forzosamente de la boca de Lía. Una mano se posó sobre los hombros de Mario, que se volvió rápidamente.
 - ¿Qué haces aquí? Te dije que te quedaras arriba…
 - Ella… ella… - Las palabras de la niña atajaron a Mario.
 - Calla niña.
 - ¿Qué ocurre aquí?
 - Mario eres sorprendentemente más tonto de lo que pareces – dirigió su agria mirada a la niña - . ¿Qué tal con el tío, cielo?
 - ¿Qué? ¿Tú lo sabías? – Mario no salía de su asombro. Lía hurgó entre los bolsillos de su chaqueta y sacó un pequeño frasco granate.
 - El mal nunca termina Mario. – Bebió apresuradamente el líquido y se desplomó en el suelo. Mario llamó inmediatamente a emergencias.

 La calle pronto se vio iluminada por las sirenas de las ambulancias y de la policía. Las ventanas de los edificios se llenaron de luz, y pronto cientos de ojos miraban curiosos a la calle. Los reporteros hacían saltar sus flashes al son de las negativas de la policía. Pero Mario y la niña ya no estaban en la escena del doble crimen.

 Patri seguía su carrera ciega. Corría por la espesura del bosque, hasta que una tenue luz de un choche le mostro la carretera a solo unos metros de donde se encontraba. Apuró un poco más su paso, y unos pasos la arrancaron del efusivo descubrimiento. Tras ella, el crujir de las hojas se iba intensificando con un paso lento pero firme. El miedo paralizó su sudoroso cuerpo. Lentamente volteo su cabeza. Un lobo blanco la miraba unos palmos más debajo de su cara. Apenas tardó un minuto en reconocer a ese animal, nadie olvidaría a un animal como ese. Antes de que todo se volviera tan torpemente ambiguo, antes de que todo cambiara..., lo había visto. Ese lobo era el motivo por el que ella había tenido que caminar con las muletas. El cercano rugido de un motor puso en alerta al lobo. Este comenzó a correr hacia la carretera como si estuviese poseído por el sonido del motor. Ella hipnotizada, le seguía de cerca. Los frenos de la furgoneta chirriaron en la desierta carretera. Un hombre se bajó apresuradamente en busca del animal. – Oh dios mío, oh dios mío. – No dejaba de repetir.  Rodeó la furgoneta buscando al animal, pero no lo encontró. En su lugar encontró a una chica en la cuneta de la carretera, con un camisón blanco y tiritando de frío. Corrió hacia ella.
 - ¿Necesitas ayuda?
 - Por favor…
El anciano tendió su chaqueta a Patri, y le ayudó a subirse a la furgoneta de inmediato.

 Las puertas de la comisaría se abrieron, Mario y el agente Almunia estaban más serios que de costumbre.
 - Necesito ver a esa niña agente.
 - Ya le he dicho que no es posible. La niña no está en condiciones de verte, ni a ti, ni a nadie. Debes irte.
 El agente Almunia le dio la espalda a Mario y despareció en el interior de la comisaría. Mario se escondió en su coche y encendió el móvil que estaba apagado desde que había salido del Hospital Psiquiátrico. Un mensaje nuevo.
 - Patri, qué has hecho…







Esteban N. Santos

miércoles, 9 de mayo de 2012

Anomalías frenéticas.


Desgasto pensamientos con problemas irresolubles. Una fuga en mi memoria me hace olvidar las palabras que querías escuchar. Busco en balde esas palabras mágicas. La puerta de la entrada se cierra estruendosamente, mientras yo sigo plantado en el sillón buscando esas malditas palabras.
 El humo se despide de mi boca y traza ondulaciones contra los barrotes de aquella cárcel. El eco de unos pasos resuena en mis oídos. Comienzo a gritar y aporrear los barrotes. Un fuerte olor a humo entra por mis fosas nasales. Me giro lentamente – mierda -, susurro como un estúpido. Nadie abre la verja. Miro el fuego que cubre mi colchón, me lanzo sobre las llamas. Diez hombres con unos trajes de lo más elegantes me miran especulativos desde el otro lado de los barrotes. - Vaya cabrones -, pienso apaciblemente antes de sumirme en un sueño profundo.
 La botella de vodka se hace añicos contra el espejo que me miraba segundos antes. Entre jadeos agarro el más afilado de los fragmentos del espejo que me abre una profunda herida en la palma de mi mano izquierda. La risa de una mujer a mis espaldas consigue que el fragmento del espejo se hunda más en la palma de mi mano. Me giro. Una mujer blanca como el hielo, con un pelo negro como el carbón que no llega a sus hombros, y se le revuelve por toda su cabeza. Entre risas delirantes apaga el cigarrillo en su vientre plano. – Vaya una loca -, pienso. Vacilo unos instantes mientras me miro mis manos. – Yo también.
 Doscientas personas están arrodilladas en una iglesia que desconozco. Todos murmullan palabras incomprensibles. El sacerdote nos observa a todos con sus mejillas rojizas. Comienza a hablar y sus palabras se ven entrecortadas por sus constantes hipos. Comienzo a reírme. Me tiro por los suelos mientras mi risa resuena en el eco de la iglesia. No puedo frenar mi risa. – ¡Lleva el diablo dentro! – Grita el sacerdote. Su hipo vuelve a resonar en la iglesia. Mi risa no cesa y mil ojos me miran indignados y temerosos.
 Dos hombres encapuchados me golpean enérgicamente en el fondo de un callejón olvidado, mi sangre desciende por mi cara hasta colarse por las comisuras de mis labios. Revuelven en mis bolsillos. – ¡No tiene nada! – grita el más bajo de los dos, pobres idiotas que no saben a quién roban. Les miro fijamente pero no distingo sus caras. Otro golpe desciende hasta mi cabeza y cierro los ojos instantáneamente.
 La fuga de mi memoria se convierte en un túnel de grandes proporciones. Pierdo la noción del tiempo. No me esperes.




Esteban N. Santos

jueves, 3 de mayo de 2012

Cuervos y cuerpos.















Los cuervos llegaban
y los cuerpos callaban.
 Tu figura ausente
en el cielo se desplomaba.

 Vives y mueres
en tu vida incompetente,
no sabes lo que eres
y desde el cielo te advierten:
¡No mires, no hables!

 Ignoro sus palabras,
y las mías se atascan,
congelo mis venas
y mis ojos me arrancan.

 Piedras en el camino,
baches y trampas.
 La niebla lo oculta,
el camino está en llamas.

 Los cuervos rodeaban
mi sangre de escarcha;
no espero la vida,
la vida sola se marcha.


No hay salida,
la oscuridad me arrastra,
mientras los cuervos disfrutan
y los cuerpos se arrastran.





 Esteban N. Santos