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lunes, 23 de abril de 2012

La lupa ciega.


Me pregunto ¿por qué? ¿Por qué he nacido? ¿Cuál es el motivo de vivir? ¿Morir? ¿Hay algún otro? ¿Existe la felicidad? ¿O es tan sólo una invención para las películas o la literatura?
 Deseamos cosas que no podemos tener, detestamos cosas que tenemos, ¿detestaríamos también esas que deseamos si las tuviésemos? Son preguntas estúpidas, las mismas estúpidas preguntas de siempre, dirás tú, pero, ¿acaso alguien las ha contestado? A mí al menos no me la han confesado.
 Nos rompemos para recomponernos, somos instrumentos que creamos máquinas, ¿instrumentos de qué? ¿Para quién? Huir y morir lejos de esta sociedad, ¿es posible escapar? Tenemos cosas que no necesitamos, ¿las echaríamos de menos si nos faltaran?
 Engañamos, y nos engañan, ¿somos mejores, o peores? Te hacen daño, y lloras, sufres y maldices al causante de tu dolor, ¿cuánto dolor has causado tú? ¿Te lo has preguntado? ¿Qué te da derecho a juzgar? Nada. Pero aún así, juzgamos, y no queremos ser  juzgados. La lupa del qué dirán.
 Me pierdo en los ríos de mi vida, y acabo en un mar tan inmenso como desconocido. No somos nada, ¿y a quién le importamos? ¿Perdurará mi nombre en la memoria de alguien? ¿Qué importancia tendrán nuestros actos en la posterioridad? ¿Tendrán alguna, o seremos indiferentes al tiempo? Si, puedes seguir pensándolo, son incógnitas estúpidas, y no digo nada que no se haya oído antes, nada que no te hayas preguntado antes. Las preguntas siempre han estado ahí, pero las respuestas… ellas se niegan a aparecérsenos.







Esteban N. Santos

lunes, 16 de abril de 2012

Nexo.

La tan espesa lluvia me quemaba, como si desde el cielo me lanzaran aceite hervido. Las gotas bajaban costosamente por mi cara, una cara llena de pecados, dirían los de arriba más tarde. Mis lágrimas, secamente hipócritas vagaron por mi rostro, no sentía lástima por ellos, pero como un estímulo de mi cuerpo, ellas escaparon de mis ojos para fundirse en mis empapadas mejillas.
 Era una noche sin estrellas, y la luna estaba bien escondida, castigándome por mis sucesivos pecados. La lluvia buscaba venganza, apagando el fuego del edificio y dejando al descubierto mis víctimas calcinadas. Antes o después los reconocerán, a la gente “importante” pronto la reclaman.
 No soy un asesino, yo me considero un justiciero. Pero los medios de comunicación no me tratarán como tal.
 El sistema está corrompido y nadie hace nada, todos se quejan. Pero yo he actuado, y esta es mi primer gran obra. No busco someter a nadie, no quiero mandar tampoco; pero nuestros líderes tampoco deben hacerlo.
 Escribo estas palabras, porque matar nunca es fácil y no puedes confiar en nadie cuando se trata de esto, pero necesitas hablar con alguien de ello. Si encuentras esto, debes saber que no soy un monstruo, pero fui criado bajo el poder de ellos.


   Raúl Vargas.





Esteban N. Santos.

martes, 10 de abril de 2012

Patri y Mario VIII. Revelaciones.


 Un único y potente foco ciega a un hombre que permanece atado a una silla. Cabizbajo, se despierta lentamente de un mal sueño, para aparecer en uno mucho peor. Miguel cegado por la luminosa luz del foco busca en balde al causante de su estado. Paulatinamente unos tacones resuenan en la oscura sala. Miguel sonríe sarcástico, a sabiendas de quién son los pasos que se dirigen hacia él. Lía
 - Debo de reconocer mi asombro, no pensé que consiguieses dar conmigo – Las palabras salían de su boca en un esfuerzo sobrenatural -. ¿Y ahora que piensas hacer?
Lía se acercó hasta que su aliento bañó la cara de Miguel.
- La tengo. La tenemos. – Su maléfica sonrisa inundó su enigmático rostro.
 La sarcástica sonrisa de Miguel se borró al son de las palabras de Lía. Trató de soltarse de las cadenas que le ataban, pero todo esfuerzo era un derroche de su última reserva de energía. Lía sacó una pequeña y afilada navaja del interior de su chaqueta, la posó lentamente en la garganta de Miguel.
 - Vamos, a que esperas – Miguel se aproximó un palmo más a la navaja que rozaba su piel, y la sangre comenzó a brotar de su garganta -. No te daré lo que quieres.
- Ya tengo lo que quería, lo tengo todo, y tú lo has perdido todo.
 La navaja se desplazó minuciosamente por su garganta hasta hacer un diminuto río de sangre. Miguel siguió luchando por sobrevivir. Pero la muerte llamó a su puerta.

 Con lágrimas en los ojos Patri trata de levantarse del blanco y prolongado pasillo del Hospital Psiquiátrico. El agujero negro se cerraba a sus pies, y entre gritos llamaba a Miguel una y otra vez. Dos enfermeras corrieron a ayudar a Patri. Con suavidad la arrastraron a su habitación.
 - Vamos, tranquila Patri – Dijo la enfermera de mayor edad – Tomate esto y duerme un rato, te vendrá bien.

 - ¿Es usted Mario? – Desde el umbral de la puerta, dos hombres vestidos de etiqueta miran inquisitivos a Mario.
 - Así es, ¿quién lo pregunta?
 - Disculpa, soy el agente Almunia, y este – dijo señalando al joven de tez oscura que le acompañaba – es mi compañero, el agente Fuentes.
- ¿Y qué es lo quieren de mi? - Preguntó Mario confuso.
- Tenemos una noticia que darle. Su hermano, Miguel, dimos con él esta mañana en un almacen. Muerto.
- Pasen, hablaremos dentro. – Los condujo hasta los sofás del salón, y los tres hombres se sentaron- . ¿Quieren beber algo?
- No, no se moleste. – Espero a que Mario se sentara antes de continuar -. Como le iba diciendo, lo encontramos muerto, degollado. No solo estaba su cuerpo, sino que también se encontraron los restos de personas desparecidas hace mucho, mucho tiempo. Incluso de aquella famosa criatura, Abadón.
 - No era una criatura, era una persona. – Interrumpió Mario al agente Almunia, y este se levantó momentáneamente.
- No tengo más que decirle, le damos nuestro pésame. Pase cuanto antes para hacer el reconocimiento, aunque ya ha sido más que reconocido.
 Los policías abandonaron el piso de Mario quedando este hundido en el sofá, con la cabeza escondida entre sus manos rompió a llorar.

  Apenas unas horas después de este furtivo encuentro entre Mario y los policías, este se dirigía a toda velocidad hacia el Hospital donde Patri estaba internada.
 - Mario, Mario he tenido una visión, he visto como Lía mataba a Miguel – vaciló un instante antes de continuar -. No ha sido una pesadilla, ni estoy loca, tú lo sabes, sé que lo sabes.
- ¿Cómo se supone que murió?
- Ella le degolló -. Mario enmudeció, ¿sería una simple casualidad o existía la posibilidad de que eso fuese posible?
- Miguel murió esta noche, degollado como dices. – Miró a su alrededor analizando el lugar -. Te sacaré de aquí.
 Mario echó a correr, y salió del Hospital dejando a Patri con la palabra en la boca -¿que querría decirme? se preguntaría más tarde-, para esconderse en el interior de su viejo coche. Presionó el acelerador, y el rugido del motor hizo despertar a algunos de los pacientes que comenzaron a gritar estrepitosamente.

 La noche comenzó a levantarse en el cielo, todo comenzó a oscurecer, y en el Hospital todos yacían dormidos, todos menos Patri. Las luces se apagaron, y Patri entreabrió silenciosa la puerta de su habitación. A hurtadillas consiguió alcanzar la puerta trasera del Hospital - la puerta por la cual entraban los pacientes más perjudicados -. Sacó una copia de las llaves que llevaba pegada en el interior de su muslo derecho, y echó a correr por el bosque. Como una loca.

 Mario llegó a casa, lentamente entró, y sin encender ninguna luz se fue a la cocina. Escuchaba resonar en todo el piso los gritos de placer de su nuevo huésped, el tío de Patri. Abrió una cerveza y se hundió en el sofá donde horas antes había estado llorando la muerte de su hermano. La puerta de la vieja habitación de Miguel - ahora del tío -, se abrió produciendo un molesto sonido. El tío, caminó hasta la entrada, mientras unos tímidos pasos le seguían; sonriendo, exhausto y satisfecho encendió la luz del pasillo. Mario le observaba desde su butaca, y la feliz sonrisa del tío se desfiguró fugazmente. Una niña de no más de diez años se dejó ver detrás del tío.








Esteban N. Santos