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miércoles, 29 de febrero de 2012

Pasajeros IV.


 
Éramos dos, hasta que quedó sólo una. Relatar mi muerte no es tan duro como contaros lo que fue luego su vida. Siempre estuvimos juntas, incluso antes de que empezaran a contarse nuestros años. Demasiado unidas, demasiado tiempo juntas. ¿Habéis oído hablar de eso de la telepatía? Imagino que sí, entre nosotras era como si existiese esa conexión. Nos mirábamos en silencio y por alguna incomprensible razón, ella sabía lo que yo estaba pensando, y yo sabía también sabía lo que ella estaba pensando. Sólo una mirada.
 Además de en lo físico, apenas nos parecíamos, yo era tímida e insegura, Zaira era extrovertida y vertía seguridad por allí por donde pasara. Podría seguir durante páginas y páginas describiendo nuestras diferencias, pero esas diferencias nunca fueron suficientes para alejarnos a la una de la otra.
 No tardé mucho en entender que había muerto, me faltaba ella, me faltaba mi conexión con la realidad. Nuestro mundo, nuestra realidad.
 Para mí fue muy duro verla llorar, verla perdida, nunca la había visto así… tan perdida, tan sola… Ella dejó de ser como era, todo por mi culpa. Había roto el equilibrio. Había dejado que la muerte me ganara, que nos ganara.
 Tardé en ser capaz de apartarme de su lado, tardé mucho. También recuerdo a mi padre llorando – mi madre había muerto hacía tres años -, el también sufrió mucho, lo sé, lo pude sentir. Pero la que más sintió mi pérdida fue mi hermana. Sentía su dolor, era proporcional al mío. Estaba con ella sin estarlo. No podía hablarle, no podíamos mirarnos, nada. Estábamos en dos mundo distintos separados por un grueso cristal, un cristal irrompible.
 Después de mi muerte dejó de ser como era ella, y empezó a convertirse más en lo que era yo, pero sobrepasó un límite que yo no había pasado, no lo había hecho porque ella estaba a mi lado. Comenzó a estar ausente, perdida, adiós pretendientes, adiós popularidad, adiós todo. Yo había muerto físicamente, pero ella estaba muerta mientras vivía.
 Finalmente, la muerte no siempre es peor para aquel que muere, sino para aquellos que quedan con vida. Aunque yo me retuerzo de dolor cada vez que mi hermana sufre, cada vez que mi padre llora. Daría lo que fuese por poder decirles que estoy aquí, que no sufran más… pero de todas formas, no tengo nada que dar.
 Sólo espero mi turno en este viaje, y también que su sufrimiento cese, y así el mío se marchite con el suyo.


Firmado: Laura. La Pasajera 206. Sección WL. 2011.






Esteban N. Santos

lunes, 27 de febrero de 2012

Gritos silenciados.













Grita el silencio olvidado,
las palabras mal usadas,
los tiempos solitarios.

 Miedo e incertidumbre
en este futuro incierto,
alcohol y humo
en un cuerpo desierto.

 Gritan señoras encarceladas,
gritan caballeros carceleros,
las almas más insospechadas
revelan sus secretos muertos.

 Me escondo de las obligaciones,
mi valor se dilata, y
tú bebes de mis manos
las sombras que me atan.

 La suerte no es un don
y el azar siempre nos engaña,
engaña a los poderosos,
y a los pobres los atrapa.

 Grito, y grita conmigo
hasta que las cenizas
cubran tu cama,
y tu cuerpo yazca en llamas.

 Olvida el miedo y la incertidumbre
porque es lo que a todos,
nos mata.



Esteban N. Santos

jueves, 23 de febrero de 2012

Patri y Mario V. Recuerdos enlatados


 La mañana pasaba factura a una noche alcoholizada. Mario dormía plácidamente en el sofá, Patri descansaba a sus anchas en su cama. ¿Miguel? No se encuentra en estos noventa metros cuadrados. Se despertaron casi al unísono, y ambos desayunaron en silencio en la cocina, cada uno con los remordimientos que la memoria les hacía recordar.
 El sonido de una llave en la cerradura de la puerta les hizo sobresaltarse, pero no moverse; y esperaron en la cocina a la llegada del individuo que abría su puerta. Miguel, ¿quién iba a ser sino?
 - He salido a despejarme, correr un poco y eso. – Dijo Miguel pasivamente, con la mirada perdida en ninguna parte-. Me encontré con un niño al que conocí en el hospital, me recuerda mucho a mí…- Ante la ignorancia de sus receptores, dejó que volviese el silencio a la sala.
 - Tráelo un día por aquí, así podremos saber cómo eras tú de pequeño, al menos, yo podré saberlo.- Patri ejecutó una sonrisa que a su cara le costó estirar.
 - Vale. – Asintió Miguel aún con la mirada perdida y corrió a la calle de nuevo.
 Ellos siguieron comiendo, y sobretodo bebiendo, sin hablar de nada pero sin dejar de pensar.
 - ¿Qué tal anoche? – Golpeó Patri el gélido hielo.
 - Bien, ¿y tú?
 - También.
Le siguió un silencio sepulcral, ambos sumidos en sus recuerdos, ¿arrepentidos?, ¿asustados? Sólo ellos lo sabían, y tú muy pronto.
 El tiempo se desplazó lentamente mientras ellos deseaban que se moviese más rápido. Pasó el mediodía, y la tarde se alzaba silenciosa, hasta que Miguel interrumpió la hipnótica situación en la que se encontraban. Sentados ambos en el sofá, mirando la televisión sin mirarla. Un niño caminaba a su lado, tendría unos doce años como mucho y un pelo largo y alborotado.
 - Mirad, este es Nando. Del chico del que os he hablado.
Ambos ignoraron la presencia y el comentario de Miguel, y de su joven amigo. Miguel llevó al chico a su habitación, y antes de desaparecer de la estancia los ojos del niño y los ojos de Patri se cruzaron, y un recuerdo les embargó a ambos.
 Miguel condujo al chico hasta su habitación, cerró la puerta y le pidió que se sentase. En silencio hurgó bajo su cama hasta desenterrar una caja metálica sellada con una cerradura.
 - Tengo aquí algunos recortes, y alguna pieza que puede que te interesen.
Abrió la caja y comenzó a sacar recortes de periódicos antiguos, crucifijos, y alguna que otra reliquia de difícil definición.
 - Mira este, - le tendió al chico un recorte en el que una foto mostraba a una extraña criatura -, ese es Abadón. Ya te conté la historia, era la criatura que mi hermano protegía. – Vaciló un segundo antes de continuar -. Un día me adentré en el interior de aquel sótano, y le vi. Le toqué, y pude ver todo el mal que iba a hacer, a toda la gente a la que iba a matar. Dos días después bajé con un machete y no paré hasta verlo muerto… Mi hermano jamás superó su muerte, ignora que fui yo, ignora que yo conocía su existencia – tendió otro recorte a Nando, una esquela-. Ese era mi padre, fui el último que le vio antes de morir, no me enorgullezco de ello. Me pidió que fuese a visitarle, necesitaba hablar… en cuanto le toqué y vi lo que pensaba hacer quise matarlo. Esa misma noche le ahogue mientras dormía. No me siento orgulloso de todo lo que he tenido que hacer, te lo cuento para que sepas a lo que te enfrentas ahora que tienes ese don, tienes que destruir el mal antes de que aparezca.
 Nando se quedó aturdido unos segundos, tratando de asimilar lo que le había contado, y observando el resto de titulares y esquelas, personas que seguramente Miguel había ajusticiado antes.
 - Yo vi como moría Patri.
 - ¿Qué?
 - No sabía quién era, fui al supermercado y cuando me cogió el dinero vi muchas cosas – vaciló antes de continuar, asustado y nervioso -. Vi como un hombre la mataba, un hombre mayor, ella le conocía. Luego vi cosas de su pasado, un agujero negro y te vi a ti en él matándola a ella, pero eso no es posible, ella estaba viva, no pueden matarla dos personas.
 Miguel se quedó atónito, desconocía la futura muerte de Patri, comenzó a pensar que su don se estaba marchitando.
 - No era Patri a la que me viste asesinar; era su hermana, su hermana gemela. – carraspeó antes de continuar -. Ella jamás supo que existía, yo la amaba, pero tuve que matarla.
 - Confío en que me contarás el motivo.
 - Descuida, muy pronto...
 Miguel y Nando, maestro y aprendiz, se quedaron en la habitación, justicieros incomprendidos de un futuro venidero.

 En el salón Patri se había quedado sola con el televisor, y el recuerdo del beso que le había regalado a Miguel reinaba en su mente. A pesar de sus dudas acerca de lo que había pasado anoche entre su amiga y Mario, decidió no pensar en ello, confiaba en él, confiaba en ella… Pero, la desconfianza a veces es previsora de malas noticias.






Esteban N. Santos

martes, 7 de febrero de 2012

Pasajeros III.

 No creo ni que haga falta que os diga que estoy muerta. Hasta yo lo habría sabido a estas alturas.
 En el momento en que me enteré de que había muerto lloré sin descanso, día y noche, si es que ahora se puede considerar así. Echaba de menos a mí madre, a mi padre, mi abuelita…
 También lo pasé realmente mal antes de enterarme de que ya no estaba viva. Lo primero que recuerdo después de morir, fue estar en mi habitación, sola, y cuando alguien entraba yo hablaba y nadie me contestaba, sólo lloraban, y yo les acompañaba con mis sollozos. Fue la primera vez que les vi llorar, hasta entonces pensaba que los padres no lloraban.
 Cuando conseguí armarme del suficiente valor, seguí a mi madre a través de la puerta de mi habitación. Me subí al coche, detrás de ella, ya no estaba mi silla, me senté en el asiento, me sentía mayor. Llegué a pensar que había muerto algún familiar nuestro.
 El coche paró en el cementerio.
 Poco después pude ver como mis tíos y mi padre, cargaban una caja blanca en sus hombros, no era muy grande, pero la llevaban entre los cuatro. Yo tenía nueve años para entonces, y no era muy alta, sigo sin serlo. Me gustaba jugar al escondite, siempre buscaba los lugares más extraños para esconderme y nunca me encontraban. La última vez me escondí en al aserradero de papá. Lo primero que pensé al ver la caja fue que sería un buen escondite, y tanto que lo sería…
 El sol me cegaba, y toda la gente que allí había también me impedía ver. No pude ver como la caja blanca desaparecía en el interior de aquel trozo de piedra. Cuando todos se marcharon, sin reparar en mí en ningún momento, yo me acerqué corriendo para ver yo también de cerca lo que toda esa gente había estado mirando. Debo admitir que leía bastante bien para mi edad. Miré, y leí lentamente, y las letras fueron acoplándose unas tras otras en mi cabeza, en mi boca: Mariana Reyes. Al fin leí mi nombre, al fin comprendí que yo estaba muerta y encerrada en esa caja blanca.
 Ahora nadie me sacaría de mi escondite.


 Firmado: Mariana. La Pasajera 205. Sección WL. 2011.






Esteban N. Santos

viernes, 3 de febrero de 2012

Patri y Mario IV. La noche metálica.

  Los días pasaban, y como mundos distintos Patri y Mario se encontraban cada vez más distantes el uno del otro. Por su parte, Mario y Miguel no dejaban de revolver en el pasado desenterrando cada vez los más recónditos acontecimientos, los más recónditos secretos.
 Sentados en el sofá, con la tenue luz de la lámpara, los dos hermanos hablaban entre susurros como solían hacer para evitar que nadie oyese sus más privadas conversaciones.
 - Mario, va siendo hora de que me cuentes lo que pasó en aquella casa… dijiste que me tenías que proteger, pero ya no tienes que protegerme de nada, dime, ¿qué pasó?
 - Supongo que tienes razón, el tiempo ha pasado y de nada sirve que te lo siga ocultando - vaciló un instante y comenzó su narración -. Papá me había agarrado y me había arrastrado hasta el interior de la casa, y tú te habías quedado allí en el suelo, eso lo recuerdas. Cuando entramos, abrió una puerta que yo nunca había visto cuando jugábamos en casa de los señores Iglesias. Bajamos por unas escaleras que conducían a un sótano oscuro, sólo unas cuantas velas daban luz a aquel sitio, las únicas y diminutas ventanas que había estaban tapiadas. Lo recuerdo como si lo estuviese viviendo ahora mismo, el olor a podrido ocultaba el olor a cerrado, la ausencia de ruido, como si aquel sótano estuviese aislado de todo el mundo exterior. Papá me arrojó al suelo, y gritó un nombre, como si llamase a un perro. Entonces escuché las cadenas, y de la oscuridad emergió él, Abadón.
  >Una figura encadenada se movía hacia papá y hacia mí, yo intenté escapar pero él me sujetó con fuerza por la nuca. La débil luz de las velas fue esclareciendo su deformado rostro, sus diminutos ojos apenas podían verse en medio de los bultos que se levantaban en toda su cabeza; la nariz a su vez se perfilaba de grandes dimensiones, al igual que su boca, llena de unos dientes negros y afilados. Su tamaño asustaba, sobretodo combinado con sus grotescos movimientos que eran repelidos constantemente por las cadenas que le ataban. Se acercó a mí, me miró fijamente a los ojos y abrió su boca. Grité. Me volteé para escaparme, pero papá me retuvo.

 La conversación fue interrumpida de pronto por el sonido del timbre. Patri dejó la comid al fuego y se fue corriendo a abrir la puerta. Lía con una botella de vino sonreía desde el umbral.
 - La cogí prestada del super. – Ambas rieron y se adentraron en la casa.
 Patri condujo a Lía hasta el salón, donde Mario y Miguel se levantaron apresuradamente para conocer a la amiga de Patri. Interesante se tornó a los ojos de ambos. Lo que a las mujeres les resultaba siniestro en ella, despertaba un curioso interés en los hombres.
 Pronto se lanzaron a la comida que Patri había preparado, era una buena cocinera, aunque no soportaba tener que cocinar. Al principio, la situación en la pequeña mesa redonda del salón se hacía un tanto incómoda. Pero con el alcohol moviéndose impetuoso por sus cuerpos, pronto la situación empezó a perder la tensión que había doblegado el ambiente.
 Al terminar de comer, todos se fueron directos a los sofás. Mario y Lía hablaban animosamente, ella parecía mostrar más interés por Mario que por Miguel, aunque no paraba de enviarle discretas miradas a este, o no tan discretas. Pese a todo, Patri no se percató del coqueteo de Lía con Mario, ni de las miradas que le enviaba esta a Miguel. Pronto se quedó dormida, y las manos de Lía empezaron a temblar por los brazos de Mario. Miguel se sentía incómodo con esa situación, se escondió en el baño esperando que Lía se marchase pronto… y así fue.
 - Va siendo hora de que me vaya.
 - No te preocupes, puedes quedarte a dormir aquí – vaciló antes de continuar-. Hay sitio de sobra.
 - No, gracias– dijo dirigiéndose a la puerta-. Será mejor que me despierte en mi casa, ¿me acompañas abajo?
 - Por supuesto, ¡no puedes bajar sola a estas horas!
 Bajaron las escaleras del edificio mientras Lía envolvió su mano en la de Mario,  y entre susurros hablaba de cosas que Mario no recordaría jamás, ya que estaba demasiado expectante por lo que pasaría a continuación. Quería poseerla, era lo único en lo que pensaba. Finalmente no sólo la acompañó hasta el portal, sino que siguió hasta el coche, y allí se quedaron hasta que los cristales se hubieron empañado y fue imposible diferenciar si había alguien en el interior de aquel Ford.

 Mientras, Miguel aprovechó el sonido de la puerta para salir del baño, volvió hasta el salón, y se encontró a Patri desparramada en el sofá, sumida en un profundo sueño, no tardó en saber lo que su hermano estaba a punto de hacer y miró a Patri, con una mirada que no terminaba de aclararse si quería ser de pena o de asco, o de ambas. Apenas vaciló, la cogió en brazos y la llevó a su habitación, la acostó en la cama sobre la colcha azul petróleo, y ella entreabrió sus ojos negros. No hablaron, sólo se miraron. Sus rostros no estaban a más de un palmo, y ella empujó sus labios hacia Miguel. En un segundo, él la correspondió, pero al segundo siguiente despegó sus labios de los de ella y se escabulló hasta la puerta, miró de nuevo hacia la cama, y el odio salió de sus ojos como un rayo capaz de atravesar cualquier cuerpo humano.
 La noche había hecho su trabajo, había sacado los deseos ocultos con la ayuda de un mensajero, el alcohol, y había dejado que los deseos ocultos floreciesen forzosamente. Así había quedado el cuadro, deseos que se manifestaban a oscuras y en secreto.





Esteban N. Santos