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lunes, 30 de enero de 2012

La ruta de siempre.


  Caminaban ausentes por las calles de siempre, los cielos anunciaban tempestades, eso no es una novedad en Santiago. Pero caminaban ausentes con sus historias revoloteando en sus mentes, ajenos a todo, excepto a las ingenuidades que siempre invaden nuestras mentes.
 Él volvía a casa, ella también; direcciones distintas para un resultado semejante.
 Allí se cruzaron, en un sitio normal, sin música de fondo, sólo las pisadas en la calle, sólo sus cuerpos moviéndose por costumbre al lugar donde duermen.
 Por un segundo vaciaron sus mentes, y sus cuerpos se cruzaron, sus ojos se atraparon mutuamente al son de sus pulsos que se agitaron ferozmente.

 Él desapareció escaleras abajo, ella escaleras arriba. El uno ignoraba lo que había pensado el otro, y los dos sintieron la ruda tempestad de no ser valientes.
¿Nos vemos mañana en el lugar de siempre?




Esteban N. Santos

sábado, 28 de enero de 2012

Escenas turbias de vidas insanas.

 Tú has nacido para sufrir, susurran los árboles,
tú has nacido para ver al mundo fingir,
fingir felicidad.
 Tú no eres suficiente para ser un héroe
ni tampoco para ser un villano.
Eres la nada.

 Miras a tú alrededor, pero nadie mira tu cara.
Figura anti decorativa.
Ensucias cuanto tocas y siempre se enfadan,
embelleces un excremento y con la indiferencia te pagan.
Esos mismos que antes te castigaban por tus fracasos,
ignoran ahora tus victoriosos triunfos.

 Tú has nacido para sufrir, susurran los árboles,
tú has nacido para ver al mundo fingir,
fingir felicidad.
 Tú no eres suficiente para ser un héroe
ni tampoco para ser un villano.
Eres la nada.

 Tu sangre circula por monotonía
no por ambición, ilusión,
dulce equivocación.

 Tus lágrimas no conducen a nada,
no curan heridas,
no enamoran a las brujas prohibidas,
no ganan batallas.
 Sólo nacen y mueren,
como tú les enseñaste, aunque no lo recuerdes.

Huye de los árboles susurrantes,
huye de los que fingen sus vidas,
huye de los héroes,
y huye de los villanos

Eres la nada.
Y de la nada,
nacen los días y se alimentan las noches.




Esteban N. Santos

martes, 24 de enero de 2012

Patri y Mario III. Predicción.

 El reencuentro entre los hermanos, pasó de ser un acontecimiento a ser una carga pesada, al menos para Patri que pasaba los días como una intrusa en su propia casa, escuchando las conversaciones de Miguel y Mario, viendo la tele cuando Miguel y Mario se lo permitían (tampoco se lo pedía), se sentía tan intimidada que ya apenas hablaba. Sólo cuando era la hora de dormir podía intercambiar algunas palabras con Mario, pero este, siempre estaba muy cansado a esas altas horas y no le apetecía hablar más que para expresarle lo feliz que estaba de tener a su hermano pequeño en su casa.
 Patri marchaba cada tarde a su trabajo, en el supermercado, y era para ella el mejor momento, ya que allí podía entonar todas sus historias sin esperar que nadie la interrumpiese, y siempre ante los atentos oídos de su compañera Lia, sin embargo a pesar de estar tantas horas en un supermercado, no le contó la historia del agujero negro, ni tampoco el motivo de que hubiese tenido que llevar muletas. Esa información era sólo para ella. A veces Patri sabía guardar secretos, sobre todo, si esos secretos hablaban sobre ella. Lia apenas hablaba, se limitaba sobre todo a escuchar, eso se le daba bien, tenía una mirada compleja, misteriosa… el resto de sus compañeras decían de ella que era siniestra. Para Patri no lo era.  Eso sí, el malestar que le producía la estancia de Miguel se lo manifestaba cada día.
 - Desde que llegó su hermano apenas me hace caso, por no decir que no me hace nada de caso, apenas hablamos, y ya te has dado cuenta de que ¡yo necesito hablar! – Se calló brevemente mientras observaba el rostro pensativo de Lia.
 - ¿Y si me lo presentas? – Inquirió Lia curiosa.
 - ¡Oye! – Dijo con una gran sonrisa en su cara. – Es una buena idea.
 Un niño interrumpió a Patri que no había reparado en su presencia hasta que el niño le habló.
 - ¿Puede cobrarme esto por favor?
 Patri asintió de mala gana mientras cogía los Chetos del niño y los lanzaba al otro extremo de la caja. Patri cantó el precio y extendió su mano para que el niño depositara ahí el dinero, este colocó las monedas despacio como si temiese que fuesen a romperse si las tiraba, y en una fracción de segundo los dedos del niño tocaron la piel de Patri. Su rostro quedó envuelto por una máscara de terror y de miedo. Cogió las cosas que había comprado y escapó corriendo sin esperar el cambio. Patri y Lia apenas se sorprendieron, y siguieron con sus rutinarias conversaciones.
 El día pasó sin más acontecimientos extraños, más tarde la conversación de las mujeres se vio interrumpida por la marea de gente que salía de sus trabajos e iba a hacer la rutinaria compra semanal.
 Tras el cierre Patri y Lia abandonaron ansiosas el supermercado. Salieron a la calle y el frío invernal azotó sus caras y por un segundo en todo el día mostraron reaccionar a algo más que a los cotilleos. Se despidieron en la puerta, una seguía un camino y la otra el opuesto, vivían en lugares dispares. Patri echó a caminar calle abajo, la oscuridad reinaba en el cielo, pero las calles iluminadas apenas dejaban lugar para esconderse de la luz.
 No fue hasta que torció la última calle que enfilaba hacia su casa cuando notó que alguien la perseguía. Esas cosas por alguna extraña razón la gente dice que las nota, cuando alguien te clava la mirada, cuando alguien te persigue… Y ella lo notó, y en cuanto notó esa sensación se giró rápidamente, pero no vio a nadie, al menos frente a ella, pero unos palmos más abajo el niño raro del supermercado estaba allí petrificado en el suelo y mirándola fijamente con unos ojos tiernos llenos de miedo y tristeza.
 - ¿Qué haces niño? – Preguntó con su tono más descortés Patri. – ¿Acaso quieres que te devuelva el dinero que dejaste? Vas apañado…
 - No señora, – vaciló un instante antes de continuar – sólo quiero decirle que tenga cuidado, alguien malo quiere matarla.
 - ¿Te estás burlando de mí?
 - No señora, le digo la verdad. – Dudo sobre seguir hablando, y decidió que debía contárselo. – Cuando toco a alguna gente veo lo que va a pasarles. Cuando la toqué a usted en el supermercado pude ver a un señor mayor que hablaba con usted y parecía enfadado, se conocían del pasado. Debe creerme…
 - Vete a tu casa, no ves el futuro ni nada parecido. Yo nunca he tenido problemas con nadie. – Escrutó una enigmática sonrisa. – Niños…

 El niño se marchó como ella le había pedido, y se fue con miedo, pero no miedo por él, miedo por esa ingenua mujer incapaz de creer en la palabra de nadie más que en la suya.
 Por su parte Patri, entró en su casa, y lo hizo sabiendo que aunque lo que el niño decía resultaba demasiado fantástico, había un hombre del pasado que la odiaba, aunque ella le odiaba todavía más. Lo último que pensó antes de entrar por la puerta y convertirse en un mueble más, fue la idea de que por mucho que corras y te escondas, los problemas que no resuelves siempre vuelven para atormentarte.




Esteban N. Santos

sábado, 21 de enero de 2012

Fracasar.

 Hoy voy hablar del fracaso. Algunos lo conocen, bueno, en cierto modo todos lo hemos conocido alguna vez, pero muchos no aceptamos que lo hemos experimentado.
 Ese era yo, al menos lo fui durante más tiempo del que quiero aceptar.  A veces te sientes triunfador, te sientes en la cima, probablemente a alguno os haya pasado y haya sido real, lo mío era ficción.
 Yo me sentía triunfador, cuando mi único triunfo era la ignorancia.
 Yo me sentía triunfador, y tardé mucho en ver que estaba más perdido que nadie.  Había cavado mi propia tumba llena de bonitos recuerdos, pero todos los recuerdos se apagan, pierden su color y poco a poco van convirtiéndose en algo tan lejano y borroso que tienes que preguntarte si es real esa imagen que baila en tu memoria.
 El fracaso es duro. No hay muchas cuerdas en ese agujero a las que puedas agarrarte, y  muchas veces los adornos de ese agujero son tan reales y complacientes que jamás pensarías que estás enterrado.
 Enterrado en tu fracaso.
 Yo todavía no he triunfado, de hecho, es realmente improbable que llegue a hacerlo. Crecemos con sueños grandes, y son esos mismos sueños los que nos destruyen.
 Tal vez haya algún triunfador leyendo esto, tal vez un perdedor, o tal vez nadie; no sé si alguien se siente identificado con lo que escribo, o si realmente a alguien le interesa lo que escribo. Es difícil saberlo con certeza, mucha gente te miente para encubrir tu fracaso. Ahora intento sobretodo eso, ignorar la aprobación de los demás, seguramente sea ese el ingrediente secreto del denominado éxito.
 Al fin y al cabo, el éxito es tan solo un punto de vista. Todo objetivo es difícil, no es más difícil conseguir un Oscar que conseguir una vida tranquila con una persona a la que quieras, y que ese amor sea recíproco. De hecho muchas veces las personas que se sienten por encima de los demás por haber cumplido un objetivo millonario, se sienten solas por no haber conseguido otros objetivos que consideraban menos importantes.
 Así, ningún objetivo es fácil y el fracaso se encuentra en todos ellos, lo que hagamos para evitar caer en ese agujero es lo que nos definirá. Porque sólo hay dos tipos de personas: las que se arriesgan, y las que no.
 Todo es cuestión de valor.



Esteban N. Santos

miércoles, 18 de enero de 2012

Pasajeros II

Nunca me había sentido como en aquel momento. No tenía hambre, no tenía sed, no tenía frío, no tenía miedo… Respiraba el aire como si fuese la primera vez que a mis pulmones llegaba tal magia.  Pero a pesar de esta situación de ensueño para mí y para mis sentidos, tuve que obligar a mis ojos abrirse y percibir esa magia por otro sentido más.  Pero lo que me encontré no me ilustró, me decepcionó. Eran las calles por las que me había movido toda mi vida, nunca había salido de ellas. Con mis padres muertos, todo un alivio para mí, sólo quedaba yo en la familia, y no supe salir adelante. Lo perdí todo.
 Las mujeres siempre se habían fijado en mí, hasta que todo eso pasó, perdí el coche, perdí la casa, lo perdí todo, y comencé a vagar por la calle durmiendo cada noche en un lugar distinto. Desde entonces, todas aquellas mujeres que me miraban, no volvieron a hacerlo; todas aquellas mujeres que me deseaban, no volvieron a desearme; todos aquellos amigos con los que me emborrachaba, no me tendieron una mano… Me quedé solo.
 Es cierto que desde entonces no volví a ser el mismo, mi perspectiva había cambiado, y como no iba a hacerlo… Empecé a robar alcohol para olvidar, buscaba comida en las basuras cercanas a algún restaurante, me pasaba horas delante de edificios esperando que alguien se dejara el portal abierto y poder dormir una noche bajo un techo.
 Mi vida siempre fue así, el aire que yo respiraba estaba más gastado que el de los demás, mi cuerpo más demacrado, por dentro y por fuera, hasta este momento. Ahora camino por mi calle de siempre, nadie me mira, pero ya no echo de menos esa adulación. Camino sin rumbo, aunque parece que mis pies y mi inconsciente quieren seguir un rumbo en concreto. Ellos mueven el resto de mi cuerpo, vuelven al lugar donde tantas veces había dormido como el perro que vuelve al dueño que le maltrata. Y allí pararon, pude ver alguno de mis compañeros sin nombre con los que de vez en cuando intercambiaba palabras y algún que otro trato, cada uno en su porción de cartón, todos dormidos, todos soñando con una vida mejor. Y allí al fondo vi a uno al que nunca había visto, me acerqué despacio, algo me resultaba familiar en él, me acerqué más, me acerqué por su retaguardia hasta ver su cara. Me resultaba realmente familiar, y no tardé en reconocerle.
 Era yo. Estaba algo cambiado desde la última vez que me había mirado a un espejo, pero eso no era un espejo. Mi cuerpo yacía inmóvil en el suelo, mi ropa no se movía con mi respiración, porque no había respiración.
 Algunos se habrían asustado en esta situación, yo me limité a quedarme allí mirándome a mi mismo con el asombro que eso causa a cualquier persona que se mira así mismo con unos ojos externos. Y entonces lo sentí, sentí una calma que nunca había sentido, tal vez también sentí felicidad, no lo puedo recordar con claridad, pero fue el momento más embriagador que había sentido nunca antes.
 No temí lo que pudiese pasar a continuación, yo ya había vivido mi infierno, no podía haber algo peor.


Firmado: Agustín. El Pasajero 204. Sección WL. 2011.




Esteban N. Santos

martes, 17 de enero de 2012

Esperas inválidas.


Eché un último vistazo por la ventana, pero ya no estabas.
El tiempo está pasando más rápido de lo que quiero reconocer,
lluvia, nieve, frío, y al final el maldito sol vendrá a quemarnos de nuevo.

 Levanta tus ojos la próxima vez,
mi ventana está abierta, no sé si quieres escalar,
pero mi valor disminuye con cada ciclo lunar.

Cada noche volveré a esperar,
esperar una palabra de tu boca,
una mentira de tus palabras.
No importa, sólo háblame esta noche,
y no te calles nunca.





Esteban N. Santos

lunes, 16 de enero de 2012

Patri y Mario II. El pasado siempre vuelve.


 Mario tan poco expresivo como siempre hablaba con Patri sin apartar la vista del televisor, era su programa favorito, y Patri lo detestaba. Siempre era igual. Cuando emitían el programa favorito de Mario, es decir, los Deportes, ella no paraba de hablarle, justo en ese preciso instante recordaba todas las anécdotas, aventuras o pequeños datos curiosos que le habían acontecido a lo largo de su aburrido e insignificante día. Mario nunca se enfadaba, todo se lo tragaba, odiaba que ella le molestara en ese momento, pero nunca le había dicho nada. Cuando acabaron los amados Deportes de Mario, se dignó a mirarla y a hablarle seriamente.
 - Mi hermano vendrá y se quedará unos días. – Fue una afirmación en toda regla, no había lugar para la opinión de ella, cuando se trataba de su hermano no.
 - ¿Cuál de los dos? – Indagó ella, ocultando su desagrado.
 - El pequeño, Miguel.
 - Ah vale, vale. Así podré conocerle. – Vaciló un instante antes de cambiar de conversación radicalmente. – He conseguido trabajo, de cajera en un supermercado. No en el que me caí naturalmente, ahí no querría trabajar nunca…
 Empezó a desperdiciar palabras y saliva casi en la misma proporción y mientras, Mario dejó que su cabeza vagara entre sus recuerdos para llevarle a su infancia, en la que tantos momentos había compartido con su hermano Miguel.

 Dos niños corrían indiscretos en la finca de una casa de grandes proporciones, corrían como corren los niños. Fieros y felices. Mario y Miguel. Tenían casi la misma edad, pero Mario era el mayor, él mandaba, Miguel obedecía. Batallaban con palos de madera y ramas de árboles luchando contra esos malvados invisibles que querían atemorizarles, y como siempre terminaban la batalla ganando. Miguel efusivo por haber ganado, lanzó su palo lejos de allí, y este en un último intento de luchar contra los villanos, rompió una de las ventanas de la casa. Ambos niños se miraron, cambiaron su furiosa felicidad, por un miedo atroz. Inmediatamente salió un hombre por la puerta trasera de la casa. Vestido con ropas de trabajo caminaba loco de ira, con el palo en su mano, directo hacia los niños.
 - Papá perdón, fue sin qu… - Las palabras de Miguel se cortaron con el golpe que su padre promulgó en su diminuta cara.
 - Siempre estáis rompiendo cosas… ¡Como os tengo que decir que esta no es nuestra casa! – Se tomó un segundo para tranquilizar su agitada respiración – El castigo no os gustará, sobre todo a ti Miguelito, y en cuanto a ti  Mario…
 - Papá… - Interrumpió Mario indeciso – Yo tiré el palo, no fue Miguel.
 Miguel, tumbado en el suelo no decía nada, sólo lloraba lleno de miedo.
 - Me da igual cual de los dos haya sido. Os castigaré a los dos. – Señaló a Miguel como si señalara a un súbdito. – Tú te quedarás aquí hasta que nos vayamos, y espero que no se te ocurra moverte. En cuanto a ti… – dijo girándose hacia Mario – tú vendrás conmigo, ¡vamos!
 Y dándole la espalda al pequeño Miguel, Mario se marchó con su padre al interior de la casa. Miguel le escuchó gritar, todos lo oyeron, pero nadie hizo nada.
 Ya había oscurecido cuando Mario se asomó por la puerta trasera de la casa, directo hacia Miguel, que tiritaba de frío acurrucado allí, en el mismo lugar. Mario le alcanzó, le abrazó y ambos lloraron juntos, sin más palabras que las mismas lágrimas que bañaban sus inocentes rostros.
 - Gracias. – Dijo Miguel mientras se deshacían del abrazo.
 - Eres mi hermano. Tengo que protegerte. – Se secó las lágrimas antes de hablar de nuevo. – Pero ahí dentro he visto algo horrible. No puedo contártelo, tengo que protegerte… sólo puedo decirte que siempre tendré miedo.
 - Tú tampoco te creerías lo que vi aquí, desenterré esto. – Alzó un crucifijo, lleno de adornos góticos. – Cuándo lo toqué vi cosas que nunca antes había visto.

 El sonido del timbre despertó a Mario de sus melancólicos recuerdos. Cansado y enfadado por haberle apartado de sus recuerdos, se dirigió hacia la puerta detrás de Patri, está abrió la puerta. Todo su cabreo despareció cuando vio entrar por esa puerta a su hermano. Había crecido desde la última vez que Mario le había visto, era un hombre alto, su pelo corto y su fornido cuerpo le daban un aspecto militar. Pero no, os puedo asegurar que no era un soldado ni mucho menos. Y así en el medio de pasillo el hermano pequeño y el hermano mayor se miraban el uno al otro, rememorando viejas sensaciones en sus cabezas. Finalmente se abrazaron.
 Hay personas que llevas tiempo sin ver, pero cuándo las vuelves a ver es como si no hubiese pasado el tiempo. Aunque vuestros cuerpos cambien, el tiempo pase y lleveis tiempo sin hablaros, cuando os miráis de nuevo a los ojos, todo vuelve a ser igual, y eso es lo que les pasaba a ellos. Unidos por la sangre, unidos por el dolor, unidos por la lucha.




Esteban N. Santos

domingo, 15 de enero de 2012

Live.


Ahora recuerdo que cuando era pequeño, es decir, no tenía ni diez años, estando en clase seguramente de Religión, recuerdo que habían dicho algo como que si te bautizaban una vez que ya eras mayor se te absolvería de todos tus pecados.
 Recuerdo que lo primero que pensé fue, “entonces habría preferido bautizarme cuando fuese mayor”.
 Recordé esto ayer, antes de dormir gracias a un libro que empecé a leer hace poco. Ahora veo más claro que nunca el colosal circo que la Iglesia ha construido con el fin de dominar. Al fin y al cabo, todos quieren dominar.



Esteban N. Santos

viernes, 13 de enero de 2012

Pasajeros I.




Sólo veía gente con caras melancólicas, llorando, rezando, o perdidas en el interior de sus mentes. El color negro dominaba en cualquier lugar, incluso parecía el día más oscuro de cuántos había vivido.
Después de un rato meditando, me decidí a investigar porque ese ambiente era tan tétrico, y dejé que mis pies me guiasen por el interior de aquella casa abarrotada de gente. No conocía a nadie, tampoco nadie reparaba en mí. Luego de un rato deambulando entre ese laberinto de personas, que más que personas parecían cuervos en un funeral, me topé con mi hermano, Pablo. Le hablé, pero no me contestó, le zarandeé varias veces, pero no se inmutó, traté de sacarle del abismo en que su cabeza se hallaba, pero cualquier intentó que hiciese era un derroche de energía. Y allí le dejé, cuánto me arrepiento de no haberle dicho cuánto le quería.
Seguí por ese laberinto de cuervos humanos hasta hallar en la meta del mismo un altar, en el que un ataúd se sentía como el rey de esos pobres condenados. Flores, y más flores le rodeaban, fotos y más fotos le escoltaban, y por último en un perfecto semicírculo la gente sentados en sillas a su alrededor le admiraban. Pude ver a mis ancianos padres de espaldas a mí, y lentamente me acerqué a ellos. Apoyé mi mano en el hombre izquierdo de mi madre, y ella, al tacto se estremeció, pero no volvió su cabeza. Insistente me acuclillé a su lado, y pude ver en ella la misma mirada que había visto en mi hermano Pablo. Mi padre y mi hermana pequeña, sentados a su lado, tenían la misma mirada. Todos perdidos en el abismo de sus mentes, imperturbables a nada externo. Faltaba Marta, mi otra hermana. No la había visto en aquella casa fúnebre. El primer y terrible pensamiento que me embargó, fue la posibilidad de que ella fuese la que durmiese plácidamente dentro de ese imponente ataúd. Y así, decidido a desplazar esa horrible posibilidad me acerqué vacilante al ataúd. Lo primero que vi, cuándo estuve sobre él, no fue a mi hermana, fue mi reflejo. No sé si eso me relajó, o me asustó, sería todo un logro recordarlo. Pero fijé bien mi mirada en el interior de ese ataúd, y sólo pude cerciorarme de una cosa, esa no era mi hermana. Era yo. Vestido con el traje negro que ahora llevaba, era yo, y eso no era un sueño. Sé cuando estoy soñando, y no era un sueño, claro que no. La confusión me apoderó de mí, ¿por qué estaba yo muerto?, ¿cómo he muerto?, y sobre todo, ¿por qué estaba ahí, en mi funeral?
Lo que pasó a continuación, todavía escapa a mi entendimiento, pero os lo contaré tal y como lo presencié. Fugazmente, y no miento, todo desapareció, es decir, fue como si me hubiese desplazado a otro lugar. Como cuando eres niño, y coges un juguete que está en un mundo y lo llevas a otro con otros muñecos. Eso fue lo que pasó, pero claro, yo no era un juguete, espero que eso os quede claro. Aparecí en el hospital, pero tranquilos, no era un flashback. Allí en esa habitación, en la cama más pegada a la ventana, mi hermana Marta, odiándose con la mirada, si pudiese escupirse, os aseguró que lo habría hecho, y con los más leves susurros que una persona puede reproducir, ella repetía unas palabras, que habrían parecido una oración, si no me hubiese acercado y escuchado con total claridad.
- Jero, Jero, ¿por qué tú? Debería haberme muerto yo, debería haberme muerto yo, debería haberme muerto yo, debería haberme muerto yo.
Volví a mi desconcierto, ahora estaba perdido, más perdido de lo que había estado nunca antes, es decir, más perdido de lo que había estado mientras vivía. Me acurruqué en una esquina de aquella habitación, y allí me quedé; ignorando, porque mi hermana lloraba; ignorando, el motivo de mi muerte; ignorando lo que pasaría ahora.

Firmado: Jerónimo. El Pasajero 203. Sección WL. 2011.



Esteban N. Santos

miércoles, 11 de enero de 2012

Patri y Mario I. El agujero negro.



Patri y Mario, llevaban juntos el tiempo suficiente como para considerarse una pareja. Estable.  El uno para el otro y el otro para el uno. Se parecían más bien en pocas cosas, ella era la reencarnación de la pereza. Seguro que conocéis a alguien como ella. Utilizaba toda su inteligencia para seleccionar en su mando las teclas necesarias para que cualquier aparejo se accionara. Desde hacía unos meses era más vaga que nunca antes, de hecho, en el último año había ganado unos kilos, ¿y quién no los habría ganado? Vivía con Mario, su novio, y estaba conforme con estar en el paro, ni siquiera se esforzaba en buscar trabajo, ¿para qué? ¿Acaso no vivía bien? En este último año un acontecimiento puntual había cambiado brevemente la vida de Patri. Un extraño día en el que su cabeza quiso cambiar de actitud y empezar a imprimir energía a su vida, salió a la calle con la ropa de deporte más holgada que encontró en el interior de su caótico armario y salió así a la calle. Pero no entró otra vez por esa puerta hasta una semana más tarde, y lo hizo con dos viejas muletas sosteniendo su cada vez más prominente cuerpo.
 Mi intención era contaros lo que un día cualquiera le ocurrió a esta pareja cuando iban al supermercado a hacer la compra semanal. Él le había insistido demasiado a Patri para que le acompañase y dejase al sofá un par de horas en su particular nirvana. Mario estaba feliz, había conseguido sacar a su novia de ese sofá, y hacer la compra semanal tan pasionalmente juntos como quería.
 Se desplazaban entre los pasillos del supermercado lanzando al carro: chocolate, cacao, cereales, galletas, leche desnatada (hay que cuidarse), pizzas congeladas, hamburguesas, etc, etc. Hasta que ella recordó que algo se le olvidaba.
 - ¡Oh mierda! No hemos cogido la crema de cacahuete.
 - Tranquila cariño, voy yo, espérame aquí.
 Y así se quedó Patri, en el medio de la sección de Limpieza, esperando apoyada en sus muletas a que Mario regresara. Estaba absorta en un desechable recuerdo cuando un destello que provenía del suelo sedujo sus negros ojos. Se acercó hacía ese tenue destello, ella y sus muletas, hasta alcanzarlo y quedarse tan sólo a unos centímetros del mismo. Miró agitadamente a su alrededor, pero no había nadie en lo largo de ese pasillo, solamente ella y nadie más. El brillante destello siguió abrazando su conciencia y  sus ojos ya sólo podían observarlo. Pronto ofreció una hipnosis más acentuada, mutando de color varias veces y convirtiéndose así en un espectáculo para sus ojos. El destello aumentó su tamaño lentamente, hasta convertirse en un agujero negro con un marco brillante. En el oscuro agujero comenzaron a reproducirse imágenes y Patri no tardó en reconocerse, pero al que no reconoció fue al hombre que se encontraba con ella, un hombre de espalda ancha y pelo ocre, hablaban amistosamente, pero no podría reconocer el lugar en que hablaban, la imagen era demasiado nebulosa. Tampoco pudo descifrar lo que hablaban, pero no le hizo falta descifrar lo siguiente que el agujero negro le mostró: la Patri del agujero comenzó a sangrar abiertamente, mientras el hombre de espalda ancha la apuñalaba animosamente hasta convertir su cuerpo en un colador de sangre.
 Las viejas muletas cedieron al peso de Patri y rompieron en dos tirándola al suelo sobre el agujero negro, que desapareció súbitamente con la estrepitosa caída de Patri. Las viejas muletas fueron muy oportunas, se rompieron en el momento en que al hombre de espalda ancha comenzaba a distinguírsele su cara.
 - Cariño, ¿estás bien?
 - Si.
 - Estás llorando…
 - No pasa nada de verdad. – Comenzó a reírse sonoramente. – Acabo de tener una alucinación, supongo que será por la pierna.
 - Vamos, te llevaré al médico.
 Pero ella aún debatió con su mente sobre si lo que acababa de ver era una alucinación, o había pasado realmente. Mientras caminaba apoyada sobre Mario y despidiéndose de la sección de Limpieza, dedicó una última mirada al fondo del pasillo, pero el destello y el agujero negro ya habían desaparecido. Solo quería pensar que había sido una simple alucinación.



Esteban N. Santos

lunes, 9 de enero de 2012

Noches de insomnio.



 Quiero dormir. Cierro los ojos con tal intención, pero se abren como si un resorte los manejase a su vil antojo. Algo perturba mi mente y acelera el palpitar de mi corazón para no conseguir esta noche sumirme en un apacible sueño. Vueltas, vueltas y más vueltas, pero mis ojos siguen abiertos, y el sueño no me visita esta noche.
 No hay ningún resquicio por donde pueda filtrarse ni la más tenue luz del exterior. Solo la luz de mi mente en esta noche, solo las palabras que se mueven en ella sin orden ni control. Solo los golpes de mi agitado corazón hacen temblar mi cuerpo, solo y nada más. En la soledad de esta noche ansío la llegada de un delirante sueño, o de una perturbadora pesadilla. Tan solo espero que algo apague el brillo de mis ojos esta noche.


Esteban N. Santos

domingo, 8 de enero de 2012

Enmascarados.


Despertó  en su ciudad de siempre, con sus húmedas calles, sus edificios gastados, las pedantes reformas… Era la ciudad de siempre, si, pero algo había cambiado. La gente. Se movían imperturbables a su alrededor, mientras él permanecía clavado en el suelo como una estatua de mármol recién terminada. Pudo distinguir los ojos de alguna de esas extrañas gentes. Pudo apreciar unos ojos vacíos, inexpresivos, ojos muertos lo miraban, ojos, que se escondían tras máscaras hurañas, con prominentes narices como si de un pico se tratase. Un pico de un mentiroso. Negras, blancas, rosas, verdes, azules, amarillas… Cientos de colores relucían ante él, colores que se movían, colores con vida artificial. Colores en movimiento.
 Cuando hubo huido de su shock inicial, comprendió que debía de buscar una respuesta a la incongruencia que estaba presenciando. - ¿Estoy soñando? – Preguntó a su cabeza, como cualquiera habría hecho en su lugar. Se golpeó varias veces en la cara. Primero despacio y finalmente más fuerte, pero el dolor de sus golpes le hizo desistir (y las miradas de los enmascarados). La calle no tardó mucho en quedarse parcialmente desierta, y el sol invernal brillaba en las numerosas charcas que se alzaban allá donde podían. Sus ojos se movieron nerviosos por la calle donde había crecido, y donde ahora no podría reconocer a ninguno de sus amigos, a ninguno de sus vecinos, no podría reconocer a nadie. Así nervioso y sudoroso, aún clavado en el mismo lugar donde había permanecido ya largo rato, divisó una minúscula anciana, sin una máscara que ocultara su rostro. Ella solitaria, concentrada en sus recuerdos, en los recuerdos de toda una larga y apasionada vida, esperando, solo ella sabe a qué, permanece con su espalda apoyada a una pared, esperando. Él, se dirigió hacia ella, todo lo rápido que la insólita situación se lo permitía.
 - Disculpe señora, ¿por qué todo el mundo lleva máscaras?- La anciana observó al chico con sus ojos ausentes, que emitieron un tenue brillo cuando lo vio.
 - ¿De dónde eres para hacer una pregunta tan absurda?
 - Yo… no lo sé. Yo nací aquí, me críe en estás calles… Pero… ¿máscaras? Nosotros solo usábamos máscaras en carnavales, y bueno, en Halloween también, supongo.
 - Llevo mucho tiempo viviendo aquí, y cuando yo era una niña empezaron a usarse las máscaras. Ahora no tengo mucho tiempo, pero creo que no mientes, asique te mereces una explicación.- Vaciló un instante antes de continuar.- Todo empezó como una moda, la gente llevaba máscaras para expresar lo que sentía, lo que le gustaba. Años después se convirtió en una forma de vida, en todos los niveles de la sociedad se empezaron a usar, “es mucho mejor” decían. Mentían, pero ellos no sabían que mentían.
 >Yo siempre estuve en contra, y nunca llevé máscara. El mundo me considera una mujer… rara, sí, es lo más agradable que me han llamado. Pero pobres de ellos, desconocen que las máscaras son como una biografía de sí mismos. Solo con ver que máscara llevan, puedes saber todo, todo o casi todo acerca de esa persona. No hay secretos si llevas una máscara, solo una etiqueta. Nosotros, los que no llevamos máscara, somos los que tenemos el derecho de tener secretos, ¿y por qué? Porque no llevamos una etiqueta.
 A pesar de ser un notable escalador y un aventurero sobresaliente, nunca había estado tan perdido, sentía como si hubiese perdido su brújula en medio de la noche más oscura, y entre los bosques más densos.
 - Creo que tardaré un rato en asimilar todo lo que me ha dicho.
 - Tendrá que ser rápido, le dije que tenía poco tiempo.
 - De acuerdo, de acuerdo… ¿Podría decirme en qué año estamos?
 - Dos mil diez naturalmente, ¿en qué año sino?- Con una incrédula sonrisa la señora contestaba a las preguntas dél chico, el cual sin embargo cada vez tenía más miedo.
 - Es el año en que yo vivo, dos mil diez...
 - Suerte en tu camino chico. – Dijo la señora alzando un paso al frente.- Ahora si se acabó mi tiempo.
 - ¿Y qué voy hacer?
 - Todos tenemos que buscar nuestro camino.
 La mujer se marchó, caminando con su paso lento por la amplia acera. El chico se quedó clavado de nuevo, antes de sorpresa, y ahora de miedo, tenía tanto miedo que no quería ni moverse. Siguió allí parado, hasta que una vasta luz blanca cubrió las húmedas calles, los edificios gastados, a los escasos enmascarados que caminaban ahora por esa calle, incluso cubrió a la sabia anciana, todo quedó cubierto por esa vasta luz blanca. Pero solo él la vio, y con ella, se esfumó como había venido.
 La calle siguió igual, nadie notó la ausencia del chico. La anciana siguió caminando, pudo ejecutar exactamente tres pasos más, tres pasos antes de caer inerte al suelo. Esperaba la muerte, ella lo sabía, y quiso llevarse sus secretos con ella, sus mentiras, sus verdades, todo se lo llevó. Pero lo que le hacía sentirse más feliz, aún cuando sabía que caminaba hacía su muerte, fue saber que moría sin una máscara, moría siendo ella, sin esconderse.



Esteban N. Santos.