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lunes, 31 de diciembre de 2012

Llamémoslo transición.

Sobre el tiempo y su fugacidad.
 Sobre los recuerdos y su desvelo.
 Sobre los momentos enmarcados dentro de otros doce meses pronto olvidados. Las metas planeadas, las caídas inesperadas, personas fugadas, miedos nuevos, sueños no calculados. Es difícil, como todo, pero el tiempo pasa y doce meses dan para cambiar muchas cosas, tanto dentro de ti, como en lo que te rodea. Ideas cambiadas, otras mutiladas. Tus pensamientos más necios marchitos, y otros nuevos acechan con la intención de sustituirlos en su misma agonía. Al final un año, doce meses, no es más que tiempo, una franja de tiempo que alguien insistió en embotellar, como si pudiésemos controlarlo. Propio de la vanidad de los humanos. No supone nada emocionante para mí cambiar de año, el tiempo yo lo envuelvo entre mis caídas y entre mis insistencias para levantarme. El suelo es más frío que el invierno. Lo envuelvo entre los golpes y los aciertos. Entre el dolor y la ilusión. Podría seguir enumerando cientos de adjetivos contrapuestos y ocuparía tal vez una página, tal vez más. Pero es al final todo una espiral del camino de nuestra vida, nuestro camino, y podría ponerme melancólico al recordar todo lo que he dejado atrás, todo lo que abandono, lo que me abandona, lo que consigo, lo que me regalan... Odio, amor, fracaso, éxito, miedo, ilusión… Tantos sentimientos, todos distintos y todos experimentados en una franja que se reduce en: 8.784 horas, 527.040 minutos y 31.622.400 segundos.
 Eso son doce meses, y siempre esperamos que el tiempo próximo sea mejor que el pasado, por eso celebramos este cambio, como si por cambiar de año las cosas mejoraran inevitablemente.
 Así que aferrémonos a esa esperanza otro año más. Que las cosas mejoren.









Esteban N. Santos.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Polos magnéticos.


 Los polos magnéticos me atraen siempre hacia mi peor situación. Choco decidido contra una superficie metálica e irrompible, me resulta aun así de lo más atractiva. Veo en ella formas ilusorias que tal vez sólo mi ojo perciba, me quedo embelesado esperando a que un nuevo golpe me despierte de este transitorio letargo. Me hace sentir emociones de lo más dispares, y creo así una cúpula de fantasías en torno a esta superficie que sin pretenderlo me ha atrapado. Espero de todos modos cuando mi sentido más realista despierta, el nuevo y certero golpe que rompa las fantasías de la superficie y me conduzca al epicentro de la realidad más adusta, donde no existen ni polos magnéticos, ni gravitaciones inesperadas.







Esteban N. Santos.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Cuando todo es más grande de lo que parece.


 Creó una palabra y la llenó de un significado duro y cruel. A veces reconfortante e incluso esperado, pero al final desesperante. Es por eso que no descoloco los objetos que cubren mi escritorio de trabajo, no quiero perturbar yo también su calma, su cosmos, su felicidad. También recorrí un trecho oscuro con vistas al exterior, o eso me habían dicho, pero no veía nada en las afueras del pasadizo que recorría. Llegaron a mi organismos que no se iban a quedar por mucho tiempo, se fueron antes de que aprendiese la leyenda de los abecedarios del miedo. Y avanzo, comprendiendo que con cada segundo estoy más cerca del último aliento, y con la certeza de que todo es más grande de lo que la ignorancia nos quiere dejar saber. Motas de polvo. Nos transformamos como si de una ley de vida se tratase, algunas veces las mutaciones nos convierten en nuestra mejor versión, otras veces en una versión desactualizada y caducada. Muchos no entienden su magnitud, pero la palabra – dura, cruel, reconfortante e incluso esperada – es soledad, y ella está también llena de un poder oscuro y brillante. Todo son contradicciones en los significados, enfocados desde los focos más íntimos de nosotros mismos, los humanos. Por eso la soledad te salva y te mata. Y así lo concibo, como un animal de costumbres como soy, sin entender la mayor parte de las cosas que nos rodean y nos limitan. La fiel soledad, y el silencio impuro que nunca llega cumplir la realidad de su significado. Como encerrados en una caja de cristal, y así muchas veces, donde sólo podemos ser observadores del caos que nos rodea, donde los organismos que nos rodean a su vez, ignoran las yagas que bañan nuestro cuerpo y nuestra mente.
 Y así es, que siempre llega alguien que quiere dar nombre a algo, y crean palabras a las que otorgan ciertos significados que varían con el tiempo, con la perspectiva de las personas y de las situaciones. E incluso la soledad, que parecería obvio que todos compartiésemos la plenitud de su significado, no podemos abarcarlo todo, porque ella está repleta de caminos desconocidos para muchos, y para todos. Las definiciones crecen con las personas, y el tamaño es siempre más grande de lo que nunca podremos llegar a tocar.










Esteban N. Santos.


viernes, 21 de diciembre de 2012

El misericordioso Clay. Capítulo 1.


 Tenía que hacerlo. No fue nada personal, pero estaba escuchando vuestros pensamientos y este era el modo en que tenía que terminar.
 El bisturí siempre lo llevo en el interior de mi chaqueta marrón, pero esa estaba llena de sangre por culpa de mi estomago. Tuve que rebuscar en mi armario hasta toparme con mi vieja chaqueta de cuero negro, me hace sentir más poderoso, pero hacía tiempo que no necesitaba ese poder. Me la puse, me sentaba bien, me gustaba, y en el bolsillo interior de esa chaqueta me encontré con una pequeña pistola. No entiendo mucho de esto, pero es un pequeño revolver como el que llevan las femme fatale en las películas norteamericanas. La limpié minuciosamente, siguiendo todo el proceso de puesta a punto para poder usarla si era preciso. Puede que pierda cierta masculinidad al llevar esta arma que tan asociada está a las mujeres, pero es muy útil, sabe pasar desapercibida.
 Salí de mi casa y vagué por las calles entre cuerpos que se movían a mí alrededor con una prisa que nunca he terminado de comprender. Llegué al establecimiento al que quería ir desde el momento en que encontré esta poderosa chaqueta. Era una sala de reuniones a la que tantas veces había acudido. Estaban las sillas para los oyentes y participantes, y el estrado donde algún que otro genio exclamaría sus palabras de queja. Comenzaron entonces a quejarse estos ricos pobres de todos los problemas que molestaban sus vidas. Uno por uno, fueron subiendo al estrado y no dejaban de orar incongruencias tan molestas que tomé la decisión. Atranqué la puerta de la entrada, que era naturalmente la misma que la de salida, no había puerta de emergencia. Ninguno se percató de mis movimientos, estaban hipnotizados con sus problemas que consideraban tan transcendentales, y comencé a escuchar los pensamientos de los veinte hombres que allí estaban. Pude escuchar lo que cada uno tenía que decir y comencé a gritar, todos se volvieron hacia la puerta, y la poca luz que caía sobre esa zona me debía de estar otorgando un aire ciertamente lúgubre. Saqué el arma. Empezando por los de atrás, las balas comenzaron a incrustarse en sus cráneos. Avance lentamente mientras ellos trataban de huir o esconderse, al tanto que yo recargaba el arma una y otra vez. No quería malgastar ninguna de las balas, y no lo hice. Se quedaron los veinte cuerpos ensangrentados haciendo figuras extrañas en el suelo, y en la puerta comenzaron a sonar unos golpes de alguien que quería entrar y no dejaba de gritar desde el otro lado. Ya no me quedan balas.








Esteban N. Santos.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

No lo olvides.

 Pero puedes sentir cualquier otra emoción, no importa lo lejos que estés de encontrar esa ocasión, parece que nadie tiene lo que necesita ni tampoco lo que quiere. Encendí las luces que dibujaban su nombre en la estructura del edificio en ruinas del descampado. Unos quieren demasiado, ahogan a los más indefensos, a los más débiles, los invitan a cortarse cierta aorta que cruza su cuerpo. La suerte, las ideas, los esfuerzos, los baches y trampas, las ciénagas oscuras, los parásitos que te absorben. La mediocridad. La justicia ha caído y nadie la quiere levantar, estaba espléndida con sus ojos vendados y con esa balanza sopesando la culpabilidad de la humanidad. La balanza se ha quebrado en dos. Las luces con tu nombre siguen brillando y nadie parece querer leer sus letras. Me levanto angustiado, y me acuesto asustado. Miles de cuerpos ensayan una batalla al son de tus pies descalzos, debatiéndose quién podrá escalar la muralla del ascenso a las nubes del viento. Sé que puedes sentir cualquier otra emoción, planeas sobre el cielo y escupes tus miedos. Las luces aun brillan en la oscuridad de la noche pero nadie parece divisarlas, y ellas gritan bien alto, pero aun así el eco no resuena en otras bocas, están ocupadas en la batalla. Unos intentan escalar, otros intentan sobrevivir, y alguien intentó volar. Compartir el frío y no el calor. Observa el desastre de la derrota, contempla el desastre de la victoria. Las luces con tu nombre siguen brillando en la espesura de la noche, Libertad, se lee bien grande. Todos las ignoran, han olvidado quien era.






Esteban N. Santos.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El borroso tiempo inconcreto.


 No recuerdo el momento, la frustración del intento. Despierto nauseabundo, con el alcohol aún en mi cuerpo, las manecillas del reloj son las homicidas de mi tiempo. Imágenes borrosas se mueven distantes en mi memoria, las ordeno como puedo. Pero nunca es suficiente. Como la melodía del viento, fugaz, feroz o suave. Así es el tiempo, así son los intentos. Muros frágiles a la corriente del miedo. Hurgo dentro de mí, buscando una respuesta, un camino para aquella historia alejada del invierno. No encuentro nada, sólo figuras grotescas que desafían a las marionetas que caminan como humanos de este tiempo.









Esteban N. Santos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Saboreó el momento.



 La abrazó una vez más. Le susurró al oído una frase que llevaba planeando desde que la había conocido. A ella le recorrió un extraño escalofrío por las extremidades de su cuerpo. Él sonrío complacido. Posó su mano agrietada, sobre las finas manos de ella. Suaves, dulces, y cálidas. Las suyas solían estar frías. Le gustaba el contacto con su piel. Llevaba tiempo esperando ese momento. Lo recordaba con exactitud. Ahora, sus dos cuerpos solos, ajenos a la civilización, perdidos en la cueva salvaje del ático de la casa abandonada. Tétrico, singular, temerario. - ¡Hay fantasmas! - decían – ¡Está encantada! - exclamaban. Y por eso ahí estaban. Lejos de las miradas, lejos de las palabras. Lejos de todos estando tan cerca. -Bésame -, le dijo ella con su voz rasgada. Él vaciló, saboreó el momento. Trató de mirar dentro de sus ojos, pero descubrió que no podía averiguar sus pensamientos. Palpó sus labios. Saboreó el momento.






[Fotografía de Andrea Muñiz: http://www.flickr.com/photos/ans_photos/ ]








Esteban N. Santos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Consejos delatores.



 Espero que ahora no te queden dudas. Dudar puede ser peligroso y terriblemente dañino. Tu cabeza siempre te ha engañado, y parece que no quiere dejar de hacerlo. Sólo son los barrotes de una cárcel de la que no sabes salir, de la que no tienes llaves, ni fuerza para romper esos trozos de metal. El riesgo dejó hace mucho de ser una opción para ti, ahora estás en ese recóndito y oscuro rincón agazapado, por tu bien, no es momento de salir.
 Todos somos caminantes, ciegos a nuestro futuro, dicen que así es mejor. Que equivocados están, tú quieres saber cuando tu corazón va a dejar de latir. Es posible que te quede poco tiempo, o demasiado, pero eso no lo ves tan claro. A veces tienes la impresión de que sabes algo sin tener motivos para creerlo, y a menudo aciertas, ¿por qué no ibas a tener razón con esto?
 Te desvías, te pierdes en tus pensamientos. A veces olvidas que sigues existiendo, tu razón se nubla, y a través de esa niebla espesa crees ver toda clase de falsas fantasías. Sí, eres ingenuo, pero eso ya lo sabías. Al menos en eso no te equivocas.
 Te prometiste una vida ociosa, la misma que veías en la cara de los mayores cuando eras un muchacho. Buscabas la cima, y tuvieron que sacarte a golpes esos fantasiosos delirios. Tardaron en dejarte en el lugar en el que deberías estar, pero ese lugar parecía estar esperándote desde hacía largo tiempo. Ahora te sientes bien ahí, es la costumbre, dicen que somos animales de costumbres. Tú no eres la excepción. - Debajo de la piedra no se está tan mal -, me dijiste el último mes. Te dije que no te subieras a esa cinta de correr. No me vas a negar que no haciendo nada se está tan mal, te aseguré que tu deber era limitarte a observar. Patético. No eres suficientemente fuerte para mover una piedra de tal calibre. Has perdido todas las guerras de plástico en las que has intentado alzar la voz, y aún me dices que quieres volver al campo de batalla… No sé si reírme o llorar. Tu ingenuidad parece no tener final.
 Espero que no te queden dudas. Quizás no deberías de haber tratado de ser diferente a él, aunque a ninguno de los dos nos agradaba esa idea, y recuerda que tendrías que cumplir una tétrica promesa.
 Sólo quédate así, entre los barrotes sin llaves, y bajo esa inmensa piedra. Es un consejo de un fiel amigo que sabes que no te abandonará, porque no puede.




[Fotografía de Andrea Muñiz: http://www.flickr.com/photos/ans_photos/ ]




Esteban N. Santos.

martes, 6 de noviembre de 2012

La hazaña de Clay. Capítulo 0.



 El desagradable nudo. El molesto subir y bajar del estómago revuelto. Parece que todo arde ahí dentro. Primero fue la sangre la que salió disparada de mi boca, después los dientes, y luego salió ansioso mi estomago a trompicones. Miro el desastre que he dejado sobre la mesa blanca de la cocina. Pienso en lo que pensará cuando lleguen y vean mi nuevo cuadro expresionista. Yo lo llamo arte oscura. Al igual que su magia, esa extraña magia que me clavo un zumbido en la oreja derecha para no olvidar. Estoy hambriento, pero no tengo lugar para alimentos, ni dientes para triturarlos. Escucho sonrisas que se filtran a través de la ventana de la cocina, son más dañinas que el maldito zumbido. Les grito que se callen, pero parecen no escucharme, es difícil hablar en estas circunstancias. Ya no debería de sentir dolor en mi estomago, está sobre la mesa, pero la cerilla que engullí debía de estar prendida. Lo examino, el estómago, parece no estar dañado por fuera. Agarro el bisturí que siempre llevo encarcelando en el bolsillo interior de mi chaqueta. Efectuó un ligero corte en la superficie. Más sangre. Alguien golpea la puerta y me aparta de mi hipnosis. Gritan. No consigo levantarme, y vuelvo a caer en la silla, embarrando las mangas de la chaqueta en la sangre que cubre la mesa. Escucho el graznido de un cuervo, y a continuación un fuerte aleteo cruza mi espalda. Siento dos espeluznantes garras posarse en mi hombre. Levanto levemente la cabeza, y la giro con la misma lentitud. Es él, le llamo Heraldo, es mi mensajero más fiel. Está sangrando por una de sus alas, la sangre le desciende por las patas hasta descender por mi brazo y confundirse finalmente con mi sangre. Sonrío irónico, él también lo hace a su manera. Golpean de nuevo la puerta.








Esteban N. Santos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Pies fríos.




 
Pies fríos. La confusión se abalanza como unas nubes espesas cargadas de tormenta. Yo no veo luces brillantes cuando la noche avanza, tampoco veo a mi enemigo el sol cuando el día se proclama. Miedo a lo desconocido, pánico a lo que conocemos. Medimos las palabras. Los superhéroes fuero creados para que los solitarios no se sientan tan desdichados. Conocernos, ardua tarea que parece nunca terminar. Cierra los ojos.
 Siento el aire frío en mis labios, en mis manos, en mis venas. Desconecto para desplazarme a un mundo opuesto, no sé si enseñarte las puertas para que lo conozcas, tal vez te vayas antes de que mi cronómetro cese su cuenta. El contacto con tu piel, la electricidad que sólo me recorre a mí. Distante. Esperar, mientras las manecillas del reloj se mueven con esa exasperante lentitud. La lluvia, ese amor especial que siento por el sonido de las gotas contra el suelo, contra los árboles, confundiéndose con su sangre. Abre los ojos.
 Tranquilidad. La noche me aplasta, con sus confusas e inalcanzables estrellas. Brillan. Callan. Desconozco si tengo algún don que me rapte, desconozco si cantar en sueños es otro síntoma de mi inminente locura. Desconozco más cosas de las que conozco.
 Mis pies fríos, empapados por la lluvia fría. No los siento, no los corto. Siguen buscando el camino al reino prohibido. Al reino de mi mundo utópico. Allí todos sois reyes y reinas. Te enviaré una invitación. Cuando sienta los pies.






Esteban N. Santos.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Malsana.



 El viejo olmo llevaba acogiendo a los prepotentes adolescentes en su empresa del amor desde que desplegó sus raíces en esa tierra infértil. Kilómetros de campos verdes, y el viejo olmo, es el paisaje que siempre sedujo a los vecinos de la localidad. Un lugar por donde los malhumorados ancianos ya no se dejaban ver. Y ahí estaban. Ella de un lugar desconocido, él del pueblo vecino. Ella ejecutando una hipnótica danza al amparo de las grises nubes del otoño. Su vestido blanco y sin adornos, se mueve con ella, al son de una música que sólo sus oídos escuchan. Su pelo, largo y negro, cae delante de su rostro, ocultando sus ojos azules. Y él, la mira con una ancha sonrisa en su cara, pensando sólo en sus movimientos, en sus labios, en sus suaves manos, en bailar con ella. Pero es demasiado vanidoso como para tratar de interrumpir un baile hermoso con sus torpes movimientos.
 Se para en seco, se gira hacia él y dibuja una sonrisa en su inocente rostro. Camina hacia él y le tiende la mano. Y así, con la prepotencia de los adolescentes que ignoran cuán aplastante es el mundo, coge su mano, y la sigue valle abajo hasta alcanzar  un pajar abandonado muchos años atrás.
 Ella entró delante, con la seguridad con la que siempre hacía mover su cuerpo. La imaginación del chico vagaba hacia el futuro inmediato que aún no había alcanzado, imaginándose los sentimientos que recorrerían su cuerpo cuando pudiese palpar su pálida y perfecta piel. Atrancó la puerta con una podrida tabla que un tiempo atrás había sido la encargada de sellarla, y ahora volvía orgullosa a ejercer su antigua función. Se volvió sonriente y excitado para buscar de inmediato los rosados labios de la chica. Y ella así lo esperaba, inmóvil y a sus espaldas con su inquebrantable sonrisa en su cara. Se sobresaltó al encontrársela tan próxima a él. Dejó caer su cabeza, ansioso por sentir ya el roce de sus labios. Cerró los ojos, y ella esperaba expectante ese momento. Su rostro se desfiguró, de sus impecables dientes blancos aparecieron dos colmillos largos y puntiagudos que antes nadie había advertido. Todo pasó a una velocidad desorbitada. Clavó sus colmillos en el grasiento cuello del chico, la sangre comenzó a brotar como si alguien hubiese abierto algún grifo. Abrió los ojos presa del dolor, trató de zafarse del abrazo mortal de la chica, en vano cualquier esfuerzo.

 Dos días después encontraría el más anciano de los ancianos del pueblo vecino el cuerpo del chico. Desconocido a su ojo, desconocido a cualquier ojo que lo mirase. Yacía en el pajar, con la puerta abierta de par en par, despojado de sus ropas, despojado de su piel, y despojado de su sangre.
 Nadie supo que había sido la chica desconocida, aunque el anciano más anciano de los ancianos del pueblo vecino, advirtió quién había sido. Tantos años después había vuelto. Su hermana no había apagado su sed.








Esteban N. Santos.

martes, 30 de octubre de 2012

La parálisis de los límites.



 
Se suspendieron sus palabras en el aire mientras el jarrón se hacía añicos contra el suelo. En la habitación contigua alguien gritaba, y a través de sus gritos, se escuchaban las cadenas que le aferraban. Las palabras siguieron suspendidas, y ellos inamovibles. Escucha. Hay más sonidos de los que crees, hay más palabras de las que te limitan. Las piezas del jarrón se dispersaban por la alfombra roja. En otra habitación, contigua también a esta, se escuchaban los gorgoteos de alguien que se ahogaba en un vaso de agua. Fiebre. Hay más conexiones de las que crees, la carne te limita. Quería el jarrón ser leyenda, y se convirtió en olvido. La boca abierta, apunto de escupir calumnias, apunto de caer en la arena, y las piezas dispersas lloran por la inminente separación.




[Imagen: David DeFigueredo - A Stain of Mind]





Esteban N. Santos.